domingo, 4 de octubre de 2026

El desconocido origen de la actual bandera española

 

Uno de los símbolos más reconocibles de todo país es su bandera. Aún recuerdo pasarme horas estudiando las banderas de los países que venían en las páginas centrales del diccionario Iter Sopena (los que habéis cursado la EGB sabéis de lo que hablo).

 

Hoy, como un homenaje al Real Decreto del 13 de octubre de 1843, en el cual se adoptaron los colores actuales para la bandera de España, voy a realizar un breve repaso sobre el origen y asentamiento de este símbolo.

 

Ejemplar más antiguo que se conserva de la bandera española  (colores actuales), perteneciente al navío Príncipe de Asturias, botado en los astilleros de La Habana en el año 1794 (Museo Naval, Madrid).

¿Os animáis a conocer un poco más del origen de nuestra bandera?

 

¿Dónde podemos situar el origen de nuestra bandera?

 

En mayo de 1785, el rey Carlos III decidió que los barcos de su Real Armada lucieran una nueva bandera que pudiera reconocerse a gran distancia. Han pasado ya 240 años desde aquel momento, y los colores elegidos —el rojo y el amarillo— dejaron de ser solo los de la Marina para convertirse, poco a poco, en los colores nacionales de España.

 

El Decreto, firmado por el rey el veinte y ocho de mayo de mil setecientos ochenta y cinco indicaba lo siguiente:

 

“Para evitar los inconvenientes, y perjuicios, que ha hecho ver la experiencia puede ocasionar la Bandera nacional, de que usa mi Armada naval, y demás Embarcaciones Españolas, equivocándose á largas distancias, ó con vientos calmosos con las de otras Naciones; he resuelto, que en adelante usen mis Buques de guerra de Bandera dividida á lo largo en tres listas, de las que la alta, y la baxa sean encarnadas, y del ancho cada una de la quarta parte del total, y la de en medio amarilla, colocándose en esta el Escudo de mis Reales Armas reducido á los dos quarteles de Castilla, y Leon con la Corona Real encima; y el Gallardete con las mismas tres listas, y el Escudo á lo largo, sobre quadrado amarillo en la parte superior: Y de las demás Embarcaciones usen, sin Escudo, los mismos colores, debiendo ser la lista de en medio amarilla, y del ancho de la tercera parte de la Bandera, y cada una de las restantes partes dividida en dos listas iguales encarnada, y amarilla alternativamente, todo con arreglo al adjunto diseño. …….”.

 

Modelo adoptado por Carlos III como bandera de la Real Armada española

Desde su primer izado en los buques de guerra, la acogida fue inmediata. En los puertos de Cádiz o La Coruña, aquella bandera era lo último que veían quienes despedían a sus seres queridos rumbo a ultramar, y lo primero que reconocían quienes los recibían en América o Filipinas. El rojo y el amarillo unieron pueblos, mares y esperanzas compartidas.

 

¿Era necesario cambiar la bandera?

 

En el ámbito marino, el pabellón naval es la bandera que identifica la nacionalidad de una embarcación, determinando el Estado bajo cuyas leyes opera según el derecho marítimo internacional. Representa tanto una obligación legal como una tradición esencial, pues otorga derechos y responsabilidades a la nave.

 

El uso de enseñas navales data del Neolítico, en embarcaciones que surcaba el rio Nilo, aunque su función como emblema surgiría durante el Imperio Romano. En las Cruzadas, entre los siglos XII-XIII, los blasones heráldicos comenzaron a aparecer en las banderas, convirtiendo los pabellones en símbolos de autoridad y poder.

 

Con el desarrollo de las marinas, las figuras heráldicas se simplificaron en favor de colores que fueran más visibles, facilitando la identificación de los buques en alta mar. A lo largo de los siglos, leyes y ordenanzas han regulado el uso del pabellón naval, consolidando una tradición que perdura hasta nuestros días.

 

En el siglo XVIII, el color blanco de los Borbones distinguía las banderas militares, pero su uso común entre potencias europeas causaba confusión en el mar. De ello nos informaba el capitán de navío de la Armada Española Cesáreo Fernández Duro:

 

“Las guerras que en esta época ocurrieron dieron a conocer los inconvenientes que tenía un distintivo nacional que solo en los cuarteles del escudo se diferenciaba de los de Francia, Nápoles, Toscana, Parma y otros estados regidos por la Casa de Borbón, que no siempre mantenían entre si la buena armonía de familia.

 

Por ser blancas sus respectivas banderas sucedían incidentes desagradables, no distinguiéndose en la mar los amigos de los enemigos hasta encontrarse a muy cortas distancias, y tanto se repitieron las ocurrencias de esta especie, que hubo de reconocerse la necesidad de adoptar otra enseña más visible.

 

Doce modelos se presentaron por el Ministerio de Marina a la elección del rey Carlos III, en once de los cuales predominaba el color rojo, y el soberano, que sin duda recordaba los que mejor simbolizan las glorias españolas, tuvo el buen criterio de no elegir ninguno de los signos de personalidad o de abolengo, que son perecederos, fijándose en los tradicionales de la nación, que debieran durar tanto como ella”.

Doce modelos propuestos de bandera.

 

Por ello, el rey Carlos III adoptó una bandera con colores claramente diferenciados, incorporando un escudo real simplificado. Esta medida daría origen a la actual bandera, cuyos colores nos identifican como nación.

 

A continuación, os muestro la evolución de banderas que ha tenido nuestra nación.

 

Evolución de las banderas españolas a lo largo de la historia

¿Por qué se eligieron esos colores?

 

El color rojo ha sido símbolo distintivo del pueblo español desde el proceso de reconquista y repoblación en la Península Ibérica. En la heráldica medieval, el rojo o gules fue el preferido para insignias y pendones militares. Rojos eran los estandartes de las tropas cristianas, las cruces de la Santa Hermandad y las aspas de Borgoña, emblema perdurable de los ejércitos españoles. Este color, presente en banderas y distintivos; la faja o banda servía como divisa para conocer de qué nación era quien la portaba: carmesí el español, blanca el francés, anaranjada el holandés, etc.

 

El amarillo, por su parte, tuvo protagonismo en los uniformes de la Guardia Real entre los siglos XVI y XVIII. En 1748 y 1781 se ordenó su uso en la arboladura y franjas de los costados de los buques, reemplazando el blanco borbónico. Así, los colores rojo y amarillo reforzaron la identidad naval española, diferenciándola de la monarquía francesa y aunque el decreto de 1785 no lo explicitó, la combinación de ambos tonos consolidó una bandera representativa de la nación española, desligada de influencias dinásticas.

Mi bandera (2014). De Ferrer-Dalmau. Museo Naval de Madrid.

 

Los teñidos de carmesí, rubio y gualda se conseguían de productos naturales muy vinculados con la historia textil española. Eran tintados muy estables a sol y a la humedad, lo que permitía que el tejido de la bandera no se aclarara, soportando las duras condiciones ambientales del mar.

 

¿Y la historia del escudo español?

 

Aunque una representación de Hispania en imágenes ya era patente en monedas romanas, no es hasta el siglo XII cuando se adopta la heráldica como sistema simbólico. A lo largo de los siglos, diversos emblemas identificaron los territorios gobernados por los monarcas que conformaron los Reinos de España, desde los visigodos hasta hoy.

 

En 1230 el rey Fernando III el santo, rey de Castilla y León, quiso unificar en su escudo la unión de los dos reinos, inventando el escudo en cuartelado con las armas de Castilla por un lado y León por otro, en una combinación que fue de tal agrado que en el resto de Europa se imitó esa forma de cuartelado.

 

Con la unión, siglos después, de los reinos de Castilla y Aragón, los Reyes Católicos adoptaron el escudo con el águila negra y los escudos cuartelados de Castilla y León, como hasta entonces, además de los escudos de la Corona de Aragón y las Dos Sicilias. También aparecía por primera vez una granada, símbolo de la conquista de este reino a los musulmanes, o las cadenas de Navarra.

 

Con el tiempo, se añadieron emblemas de los territorios europeos incorporados por sus sucesores. Con la llegada de la casa de los Austrias, el escudo pasa a «agrandarse» con la corona imperial y el águila bicéfala del Sacro Imperio Romano Germánico. A la amalgama de escudos ibéricos hay que añadirle ahora los de Austria, Borgoña, Brabante y Flandes. A partir de 1580 se añadiría el escudo de Portugal. Aparece también el Toisón de Oro.

 

Escudos heráldicos desde los Reyes Católicos hasta la actualidad

Con la llegada de los Borbones al trono español, se añadió en el centro del escudo un símbolo con las armas de la nueva dinastía. Como el diseño completo era muy complicado, se creó también una versión más sencilla, basada en los emblemas de Castilla, que representaba la unidad de España y sus territorios. Esta versión simplificada se usó en monedas, sellos, banderas y otros símbolos oficiales.

 

¿Qué expansión tuvo la medida de cambiar la bandera?

 

Desde su origen en 1785, los colores del pabellón naval se expandieron más allá de la Armada, convirtiéndose a lo largo del siglo XIX en un lienzo que plasmó la memoria colectiva de la nación.

 

De no haberse tratado de colores reconocidos y ampliamente aceptados como nacionales, difícilmente podría explicarse la rápida expansión de su uso hacia otras instituciones y, en poco tiempo, al ámbito popular.

 

La prontitud con que se emprendió la difusión y el cambio integral del nuevo pabellón de la Armada fue realmente destacable. Se emitieron las órdenes pertinentes para garantizar su pronta adopción y conocimiento tanto en el territorio nacional como en el extranjero.

 

Su empleo se generalizó con rapidez en los buques y dependencias de la Armada. Pronto, otras instituciones solicitaron autorización para utilizarlo, lo que evidencia que la percepción de una identidad nacional, concentrada en este símbolo, comenzaba a consolidarse favorablemente. Este proceso llevó a ampliar su uso a: «las Plazas Marítimas, para que no haya diferencia de Pabellón en la mar y sus costas» como indica la instrucción del ejército del 24 de mayo de 1786. Resulta especialmente interesante esta extensión, pues confirió al pabellón nacional un carácter de territorialidad que antes no se le atribuía.

 

Cabe destacar, además, que la disposición de sus colores en fajas o listas horizontales incrementó su visibilidad, así como la ubicación del escudo en el tercio próximo al asta, una disposición tradicionalmente naval.

 

¿Cuándo podemos considerar que nuestra bandera se adoptó definitivamente en nuestro país?

 

Durante el siglo XIX, la bandera rojigualda experimentó una profunda transformación: de ser un distintivo de la Armada pasó a convertirse en el emblema más representativo de la nación española. Este proceso se vinculó con el surgimiento de un sentimiento nacional durante la Guerra de la Independencia, cuando el pueblo dejó de ser vasallo para asumirse como ciudadano partícipe del gobierno y del destino común del país.

 

En efecto, durante la Guerra de la Independencia contra Napoleón surgió un sentimiento de identidad nacional recogido en la Constitución de 1812, y los colores de la bandera comenzaron a reconocerse en costas y fronteras, adquiriendo carácter de territorialidad.

 

En 1820, el liberalismo fortaleció esta nueva identidad al incorporar los colores navales en las banderas de la Milicia Nacional, cuerpo de ciudadanos armados creado para defender el régimen constitucional liberal. Estas banderas llevaban en su centro la palabra “Constitución”. Aquellas enseñas, bendecidas y juradas por los soldados, simbolizaban el compromiso con la libertad y los principios constitucionales, y se convirtieron en los primeros estandartes de alcance verdaderamente nacional.

 

Poco a poco sus colores se hicieron presentes en balcones y plazas, en fiestas populares, ceremonias religiosas, desfiles solemnes y bulliciosas verbenas. Entre farolillos, mantones y carteles, la bandera se confundía con el pulso del pueblo, izada en Palacio, Congreso y Senado, en edificios públicos, acompañando inauguraciones, misas de campaña, funerales, corridas de toros, cabalgatas y centros escolares.

 

El punto decisivo llegó en 1843, cuando la Monarquía española, recogiendo un sentimiento popular, igualó los colores de las banderas del Ejército y la Milicia Nacional con las de la Armada, lo que sería el primer paso para adoptar formalmente la bandera rojigualda como enseña del Estado.

 

El Real Decreto de 13 de octubre de 1843 estableció que:

 

“Las banderas y estandartes de todos los cuerpos e institutos que componen el Ejército, la Armada y la Milicia Nacional serán iguales en colores a la bandera de guerra española, y colocados estos por el mismo orden que lo están en ella”.

 

Desde entonces, la bandera pasó a representar simultáneamente a la Monarquía y a la Nación. Los viajes regios y actos públicos extendieron su uso por toda la península, ondeando en fortalezas, edificios oficiales y hogares particulares. Incluso durante la Primera República, su arraigo fue tan profundo que se mantuvo como símbolo nacional, limitándose los cambios a la eliminación de la corona y los escudetes dinásticos.

 

Así, a lo largo del siglo XIX, la bandera rojigualda se consolidó como símbolo de la monarquía constitucional y emblema de la unidad nacional española.

 

¿Se mantuvo inalterable esta combinación de colores desde entonces?

 

La verdad que no. En el siglo XX los intensos cambios políticos que sacudieron a nuestro país provocaron que la enseña nacional cambiara tanto la distribución de colores como el escudo.

 

Durante la Segunda República (1931-1939), se cambió el escudo, desapareciendo la corona, y también se cambió la última franja roja por la morada, en recuerdo del pendón morado de Castilla que enarbolaron los comuneros que se sublevaron contra Carlos I.


 

Tras la guerra civil española y la imposición de la dictadura franquista (1945-1977), en España se volvieron a utilizar los colores clásicos, aunque sustituyendo el escudo por uno muy parecido al que llevaron los Reyes Católicos, con el águila negra de San Juan y con las columnas de Hércules en la parte externa de las alas.


 

Por último, con el final del franquismo y la llegada de la democracia se volvió a cambiar el escudo, manteniendo los colores tradicionales. Para el escudo se decidió regresar también a la tradición histórica, representando los antiguos reinos peninsulares históricos: Reino de Castilla, Reino de León, Corona de Aragón, Reino de Navarra y Reino de Granada.

 


Además, se integra el escudo de armas de la casa de los Borbones, la corona real y las columnas de Hércules, que flanquean el escudo y soportan el lema de España: Plus Ultra (en latín, Más Allá).

 

¿Tiene futuro nuestra bandera en el siglo XXI?

 

Hoy, la bandera sigue viva: ondea sobre obras finalizadas, vibra en las selecciones deportivas y acompaña actos cívicos, recordándonos que es símbolo de identidad, memoria y orgullo, uniendo pasado y presente bajo sus históricos colores.

 


 Toda la información de este post se ha obtenido de la exposición temporal organizada por el Museo Naval, La Bandera que vino de la Mar. Los colores que nos iden­tifican (Diciembre 2025- Abril 2026).



Hasta la próxima

No hay comentarios:

Publicar un comentario