domingo, 8 de marzo de 2026

Anatomía ocular de una ballena

 

El próximo 12 de marzo se celebra el día mundial del glaucoma, la primera causa de ceguera irreversible en el mundo.

 

Y puestos a recordar este día de una manera diferente voy a realizar una asociación un poco particular, pues lo enlazaré comentando las particularidades que posee el ojo de una ballena.

 

¿Os interesa descubrir esta aparente locura?

 

Una de las partes más interesantes de la óptica, en mi opinión, es la posibilidad de estudiar anatomía comparada. Esto es, el estudio de las analogías y diferencias existentes entre el ojo humano y el de otras especies animales.

 

Recordando la visita que realicé, hace ya un tiempo, a una exposición sobre ballenas os voy a mostrar las peculiaridades que posee el ojo de una ballena.

 

Ballena (del latín ballaena) es el término coloquial con el que nos referimos a todos los grandes cetáceos marinos, a excepción de delfines y marsopas.

 

Se trata de animales mamíferos, de sangre caliente, totalmente acuáticos, siendo los ejemplares de ballena azul los animales más grandes conocidos (pueden llegar a medir 30 metros y pesar unas 200 toneladas).

 

Las ballenas evolucionaron de mamíferos que viven en tierra (orden artiodactil), y deben salir a la superficie regular para respirar aire, aunque pueden permanecer bajo el agua durante largos períodos de tiempo. El aire lo toman y lo expulsan a través de un agujero situado en la parte superior de su cabeza.

 

Algunas han logrado alcanzar los 20 nudos de velocidad y su hábitat preferido son las frías aguas del norte, emigrando solamente a la zona del ecuador para dar a luz a sus crías.

 

Centrándonos en el ojo de la ballena, indicaremos, en primer lugar, que se trata de un órgano relativamente pequeño para el gran tamaño corporal. Están colocados en los laterales de sus cabezas, por lo que la visión resultante es la de dos campos de visión distintos, careciendo de la visión binocular normal de los humanos. Esto es típico de los animales que no son cazadores y que priorizan un amplio campo visual frente a una mayor definición visual.

 

El ojo de la ballena guarda, estructuralmente, muchas similitudes con el ojo humano. Tal como vemos en la fotografía siguiente, ambas estructuras poseen una lente exterior llamada córnea, el iris que regula el paso de luz cuando salen a la superficie, una segunda lente, llamada cristalino, que sirve para enfocar las imágenes, una retina donde se concentra la luz del exterior y un nervio óptico que transmite la información recibida al cerebro para interpretarla.


Ahora bien, varias son las diferencias en esas estructuras que le otorgan una especialización al medio donde viven.

 

Al contrario que el ojo humano, el ojo de las ballenas no tiene conductos lagrimales y, por tanto, no segrega lágrima. Tampoco le es necesario, pues al estar en el interior del océano la función de hidratación corneal la tiene perfectamente compensada. Ahora bien, sí que tiene glándulas en los párpados capaces de secretar una sustancia aceitosa, la cual utilizan para lubricarse, mantener los ojos limpios y autoprotegerse de las impurezas flotantes.

 

Una curiosidad: el llanto de las ballenas, aun sin lágrimas mediante, se puede escuchar a muchas millas de distancia.

 

El ojo de la ballena es mucho más fuerte que el de los humanos, consecuencia de la adaptación a las altas presiones de las profundidades marinas. Ello lo vemos en la córnea (más gruesa y aplanada) y, sobre todo, en la esclera, una gruesa estructura de unos 4 cm encargada de proteger la retina.

 


Debido a que el índice de refracción del agua es similar al del interior del ojo, la córnea de las ballenas no posee la suficiente potencia como para enfocar correctamente la luz. Por ello su cristalino es mucho más potente que el de un humano y parecido a un ojo de pez.

 

Para la labor de enfoque también participa una estructura particular del ojo de las ballenas, el cuerpo cavernoso. Situado en la zona posterior del ojo, rodeando el nervio óptico a modo de una esponja, posee gran cantidad de vasos sanguíneos. Cuando los vasos se llenan de sangre aumenta su volumen y empujan el ojo hacia afuera del párpado, ayudando a enfocar. Por el contrario, cuando lo vacían, lo retraen guardando el ojo detrás de los párpados.

 

Al igual que en los humanos, la luz captada del exterior va a parar a la retina. Pero la misma es muy diferente. Una característica especial de la retina de la ballena es la existencia de un tapetum lucidum que les permite aprovechar al máximo la luz disponible en condiciones de escasa luminosidad.

 

La retina de las ballenas está invertida y la luz tiene que atravesarla para poder impactar en los fotorreceptores, situados en la parte más alejada de la entrada de la luz. Después, el mensaje regresa a las capas de la retina más superficiales, donde se encuentran las neuronas ganglionares de la retina, que impulsan el mensaje a través del nervio óptico hacia el cerebro, lugar encargado de procesar el mensaje visual.

 



En el caso de los humanos el haz de luz atraviesa las distintas capas de la retina y transmite la información hacia el nervio óptico sin tener que realizar esa “marcha atrás”.

 

Las ballenas no son capaces de ver los colores. Sólo diferencian el blanco y el negro. Pero su retina también es sensible a los cambios de luz, diferenciando el día y la noche perfectamente.

 

Lo anterior se debe a que la retina de las ballenas está compuesta, principalmente, por bastones, capaces de distinguir niveles de luz de muy baja intensidad, pero incapaces de ver en color. Los conos, las células que tenemos los humanos para distinguir los diferentes colores, apenas están presentes en sus retinas y carecen de pigmentos para las longitudes de onda cortas.

 

Por último, me gustaría indicar que el ojo de las ballenas, gracias al potente grosor de la córnea, está configurado para resistir los cambios de presión en el interior del ojo. El mantenimiento de la presión ocular correcta es algo muy importante, pues un aumento excesivo puede generar importantes daños en la retina.

 

A la enfermedad neurodegenerativa que provoca el aumento de la presión intraocular en humanos se le denomina glaucoma. Se trata de la primera causa de ceguera irreversible en el mundo.

 

En humanos, el aumento de la presión intraocular se produce por un aumento en el líquido interno del ojo, denominado humor acuoso. Este líquido está en constante renovación. Producido por las células del cuerpo ciliar, circula hacia la parte anterior del ojo a través de la pupila, evacuándose a través del llamado canal de Schlemm.

 

Si este canal se obstruye y no deja salir el líquido correctamente la presión ocular aumenta. La principal y nefasta consecuencia de ello es la muerte de las células de la retina encargadas de enviar el mensaje visual al cerebro.

 

La muerte celular comienza por las capas más periféricas de la retina, por lo que las personas no se dan cuenta del problema hasta que es demasiado tarde y la muerte celular comienza a afectar a células involucradas en el campo más central. La consecuencia final, de no tratarse, es la muerte celular retiniana completa y la ceguera total.

 


Puesto que aún no somos capaces de regenerar el tejido celular de la retina dañado, la prevención del glaucoma cobra especial relevancia. Por ello, resulta muy recomendable medirse periódicamente la presión intraocular y visitar la consulta oftalmológica para realizar un fondo de ojo donde observen el estado de nuestras retinas.

 

Por tanto, puesto que no tenemos los ojos tan fuertes como las ballenas, compensemos tal circunstancia con revisiones periódicas de los mismos para evitar enfermedades tan terribles como el glaucoma.

 

Hasta la próxima

 

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