El próximo 12 de marzo se celebra el día mundial del
glaucoma, la primera causa de ceguera irreversible en el mundo.
Y puestos a recordar este día de una manera diferente
voy a realizar una asociación un poco particular, pues lo enlazaré comentando
las particularidades que posee el ojo de una ballena.
¿Os interesa descubrir esta aparente locura?
Una de las partes más interesantes de la óptica, en mi
opinión, es la posibilidad de estudiar anatomía comparada. Esto es, el estudio
de las analogías y diferencias existentes entre el ojo humano y el de otras
especies animales.
Recordando la visita que realicé, hace ya un tiempo, a
una exposición sobre ballenas os voy a mostrar las peculiaridades que posee el
ojo de una ballena.
Ballena (del latín ballaena) es el término
coloquial con el que nos referimos a todos los grandes cetáceos marinos, a
excepción de delfines y marsopas.
Se trata de animales mamíferos, de sangre caliente, totalmente
acuáticos, siendo los ejemplares de ballena azul los animales más grandes conocidos
(pueden llegar a medir 30 metros y pesar unas 200 toneladas).
Las ballenas evolucionaron de mamíferos que viven en
tierra (orden artiodactil), y deben salir a la superficie regular para respirar
aire, aunque pueden permanecer bajo el agua durante largos períodos de tiempo.
El aire lo toman y lo expulsan a través de un agujero situado en la parte
superior de su cabeza.
Algunas han logrado alcanzar los 20 nudos de velocidad
y su hábitat preferido son las frías aguas del norte, emigrando solamente a la
zona del ecuador para dar a luz a sus crías.
Centrándonos en el ojo de la ballena, indicaremos, en
primer lugar, que se trata de un órgano relativamente pequeño para el
gran tamaño corporal. Están colocados en los laterales de sus cabezas, por lo
que la visión resultante es la de dos campos de visión distintos, careciendo
de la visión binocular normal de los humanos. Esto es típico de los
animales que no son cazadores y que priorizan un amplio campo visual frente a
una mayor definición visual.
El ojo de la ballena guarda, estructuralmente,
muchas similitudes con el ojo humano. Tal como vemos en la
fotografía siguiente, ambas estructuras poseen una lente exterior llamada
córnea, el iris que regula el paso de luz cuando salen a la superficie, una
segunda lente, llamada cristalino, que sirve para enfocar las imágenes, una
retina donde se concentra la luz del exterior y un nervio óptico que transmite
la información recibida al cerebro para interpretarla.
Ahora bien, varias son las diferencias en esas
estructuras que le otorgan una especialización al medio donde viven.
Al contrario que el ojo humano, el ojo de las
ballenas no tiene conductos lagrimales y, por tanto, no segrega lágrima.
Tampoco le es necesario, pues al estar en el interior del océano la función de
hidratación corneal la tiene perfectamente compensada. Ahora bien, sí que tiene
glándulas en los párpados capaces de secretar una sustancia aceitosa, la cual
utilizan para lubricarse, mantener los ojos limpios y autoprotegerse de las
impurezas flotantes.
Una curiosidad: el llanto de las ballenas, aun sin
lágrimas mediante, se puede escuchar a muchas millas de distancia.
El ojo de la ballena es mucho más fuerte
que el de los humanos, consecuencia de la adaptación a las
altas presiones de las profundidades marinas. Ello lo vemos en la córnea (más
gruesa y aplanada) y, sobre todo, en la esclera, una gruesa estructura de unos
4 cm encargada de proteger la retina.
Debido a que el índice de refracción del agua es
similar al del interior del ojo, la córnea de las ballenas no posee la
suficiente potencia como para enfocar correctamente la luz. Por ello su
cristalino es mucho más potente que el de un humano y parecido a un ojo de pez.
Para la labor de enfoque también participa una
estructura particular del ojo de las ballenas, el cuerpo cavernoso.
Situado en la zona posterior del ojo, rodeando el nervio óptico a modo de una
esponja, posee gran cantidad de vasos sanguíneos. Cuando los vasos se llenan de
sangre aumenta su volumen y empujan el ojo hacia afuera del párpado, ayudando a
enfocar. Por el contrario, cuando lo vacían, lo retraen guardando el ojo detrás
de los párpados.
Al igual que en los humanos, la luz captada del
exterior va a parar a la retina. Pero la misma es muy diferente. Una
característica especial de la retina de la ballena es la existencia de un tapetum
lucidum que les permite aprovechar al máximo la luz disponible en
condiciones de escasa luminosidad.
La retina de las ballenas está invertida y la luz
tiene que atravesarla para poder impactar en los fotorreceptores, situados en
la parte más alejada de la entrada de la luz. Después, el mensaje regresa a las
capas de la retina más superficiales, donde se encuentran las neuronas
ganglionares de la retina, que impulsan el mensaje a través del nervio óptico
hacia el cerebro, lugar encargado de procesar el mensaje visual.
En el caso de los humanos el haz de luz atraviesa las
distintas capas de la retina y transmite la información hacia el nervio óptico
sin tener que realizar esa “marcha atrás”.
Las ballenas no son capaces de ver los
colores. Sólo diferencian el blanco y el negro. Pero su
retina también es sensible a los cambios de luz, diferenciando el día y la
noche perfectamente.
Lo anterior se debe a que la retina de las ballenas
está compuesta, principalmente, por bastones, capaces de distinguir niveles de
luz de muy baja intensidad, pero incapaces de ver en color. Los conos, las
células que tenemos los humanos para distinguir los diferentes colores, apenas
están presentes en sus retinas y carecen de pigmentos para las longitudes de
onda cortas.
Por último, me gustaría indicar que el ojo de las
ballenas, gracias al potente grosor de la córnea, está configurado para
resistir los cambios de presión en el interior del ojo. El mantenimiento de
la presión ocular correcta es algo muy importante, pues un aumento excesivo
puede generar importantes daños en la retina.
A la enfermedad neurodegenerativa que provoca el
aumento de la presión intraocular en humanos se le denomina glaucoma. Se trata
de la primera causa de ceguera irreversible en el mundo.
En humanos, el aumento de la presión intraocular se
produce por un aumento en el líquido interno del ojo, denominado humor acuoso.
Este líquido está en constante renovación. Producido por las células del cuerpo
ciliar, circula hacia la parte anterior del ojo a través de la pupila, evacuándose
a través del llamado canal de Schlemm.
Si este canal se obstruye y no deja salir el líquido
correctamente la presión ocular aumenta. La principal y nefasta consecuencia de
ello es la muerte de las células de la retina encargadas de enviar el mensaje
visual al cerebro.
La muerte celular comienza por las capas más
periféricas de la retina, por lo que las personas no se dan cuenta del problema
hasta que es demasiado tarde y la muerte celular comienza a afectar a células
involucradas en el campo más central. La consecuencia final, de no tratarse, es
la muerte celular retiniana completa y la ceguera total.
Puesto que aún no somos capaces de regenerar el tejido
celular de la retina dañado, la prevención del glaucoma cobra especial relevancia.
Por ello, resulta muy recomendable medirse periódicamente la presión
intraocular y visitar la consulta oftalmológica para realizar un fondo de ojo
donde observen el estado de nuestras retinas.
Por tanto, puesto que no tenemos los ojos tan fuertes
como las ballenas, compensemos tal circunstancia con revisiones periódicas de
los mismos para evitar enfermedades tan terribles como el glaucoma.
Hasta la próxima




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