domingo, 19 de noviembre de 2023

El Museo de Bellas Artes de Nantes


En mi visita a la ciudad francesa de Nantes uno de mis principales objetivos era acercarme a este museo de arte. Sin duda alguna, las pinacotecas son una de mis debilidades.

 

Situado en un palacio del siglo XIX al que se añadió, recientemente, un nuevo edificio moderno para albergar el arte contemporáneo, la particular mezcla de diferentes conceptos artísticos en sus salas lo convierten en un referente respecto a lo que hoy en día se espera de un museo de arte.

 

Puesto que deseaba ahondar un poco en la riqueza artística que este museo posee os voy a regalar el itinerario que yo utilicé cuando fui a visitarlo. Seguro que pasáis un entretenido tiempo descubriendo sus maravillosas obras. ¿Os apetece pasear por este museo?

 

Este museo es, sin duda, el más importante de Nantes y una de las pinacotecas más significativas de Francia. El museo fue creado en 1801 por Napoleón Bonaparte con fondos traídos del Louvre. Su catálogo aumentó notablemente poco tiempo después con la colección del diplomático nantés François Cacault. Y en los siguientes años la ciudad fue enriqueciendo este museo con compras de cuadros de autores franceses famosos y donaciones de importantes coleccionistas. Su colección actual comprende más de 9000 obras, con las que hacer un recorrido por la historia de la pintura entre el siglo XIII y la actualidad, destacando importantes autores reconocidos como Georges de La Tour, Eugène Delacroix, Fragonard, Ingres, Gustave Courbet,, Monet, Picasso, Kandinsky…

 

En un primer momento este museo se ubicaba en el antiguo Halle aux toiles (antiguo Mercado de telas), en la rue du Calvaire, pero pronto se quedó pequeño. El edificio actual fue inaugurado en el año 1900 y reformado en el año 2009 para convertirse en un espacio expositivo moderno acorde al siglo XXI.

 

Lo primero que nos encontramos al llegar al museo por la rue George Clemenceau es la impresionante fachada del palacio, configurada en dos pisos con escalera de acceso donde destaca el superior lleno de esculturas relativas a las artes. Se trata del clásico edificio palaciego del siglo XIX configurado internamente alrededor de un patio central con dos plantas y una impresionante escalera interior monumental.

 


Este es uno de los tres edificios de los que consta este museo. La última reforma del estudio Stanton Williams concibió el edificio anexo del cubo como un lugar moderno donde acoger la colección de arte contemporáneo. Una pasarela colgante conecta este edificio con el palacio. Consta de cuatro plantas y su parte arquitectónica más interesante es el magnífico muro cortina translúcido de mármol y vidrio laminado situado en las escaleras. Por último, en la place de l’Oratoire, existe una antigua capilla del siglo XVII que ahora sirve para mostrar exposiciones temporales.

 

Vamos a empezar nuestro recorrido por la planta baja, donde admiraremos inicialmente a los primitivos pintores italianos con sus característicos fondos dorados. Aquí destacan las obras de Pietro di Cristoforo Vanucci, llamado El Perugino, excepcional pintor cuatrocentista italiano que estuvo oculto por el gran genio de su alumno Rafael. A destacar su San Sebastián y un monje franciscano como unión de lo antiguo (fondo dorado que remite al arte bizantino) y lo moderno (composición de figuras ya renacentistas: rostros individualizados). El santo es representado a la manera medieval, con la ropa de un elegante señor, siendo la flecha que sostiene en su mano la única pista sobre su martirio. Su rostro marca el ideal de belleza toscano que luego asumiría el gran Rafael.

 


Otras obras a destacar en esta sala son La Céne de Mariotto di Nardo, La Virgen entre cuatro santos de Bernardo Daddi y San Nicolas de Bari de Cosmé Tura.

En la siguiente sala se muestran diversas obras de los siglos XVI-XVII de todo género: bodegones, retratos paisajes, escenas bíblicas… Os dejo algunas pinturas de los que más me gustaron: la impresionante Diana Cazadora de Orazio Gentileschi, con todos sus atributos habituales (cuerno de caza, arco y aljaba, galgo, luna creciente sobre su cabeza) y una pose manierista evidente en esa torsión imposible; la colorida Guacamoya roja en su percha, de Salini Tommaso; el extraño bodegón de Jan Vermeulen Vanidad con libros e instrumentos musicales; y el instructivo cuadro de Jacob Jordaens Los jóvenes gritan mientras los viejos cantan, que reproduce la máxima de cómo cantan los viejos, así toca la pipa joven, o el mal ejemplo es contagioso.



También voy a destacar los íntimos retratos de Jacob-Ferdinand Voet, un pintor barroco flamenco especializado en este género. Este pintor fue expulsado de Roma, acusado de inmoralidad, por el papa Inocencio XI en 1678, debido a que retrató a varias damas muy escotadas. Asentado en París, sus retratos de medio cuerpo y con fondo neutro concentran toda la atención en el personaje retratado. Como curiosidad indicar que este autor utiliza la técnica de retratar los ojos ligeramente desviados para dar la sensación de que el retratado nos mira en todo momento. Y, sí, el hombre es el mismo, pero en dos momentos de su vida diferentes.



En la llamada sala Caravaggio vamos a descubrir diferentes autores que juegan con el claroscuro, siendo uno de mis preferidos Georges de La Tour, del cual se expone el excepcional La Aparición del Ángel a San José, también conocida como El Sueño de San José. El autor representa el momento donde el santo se ha quedado dormido leyendo junto a una vela y un ser celestial le visita. No sabemos qué mensaje portaba la figura infantil que le tiende la mano (la virginidad de María), un saber oculto al igual que la vela que ilumina la estancia, sólo intuida. Una auténtica genialidad a la hora de abordar este momento y que suponía una vuelta de tuerca respecto a otras obras similares (San José carpintero, Louvre).

 


Otra obra de este autor que me maravilla es Tocador de zanfonía, una versión del cuadro similar que conservamos en el Museo del Prado y un personaje que aparece en otro cuadro del autor, Riña de músicos. A destacar el brutal y sincero realismo con el que representa a este personaje, que bien pudiera ser ciego o sufrir blefarospasmo. La Zanfonía, por cierto, era un curioso instrumento musical de cuerda, teclas y manivela típico de época medieval.

 

Por completar la sala yo no dejaría pasar La adoración de los pastores, de Matthias Stomer, donde la luz enfoca al niño (de este autor tenemos también un San Jerónimo tremendamente crudo), y, sobre todo, la Judith de Virginia Vezzi. El episodio bíblico es aquí tratado de una manera excepcional. En vez de mostrar la típica pose con la cabeza de Holofernes cortada enseñándola triunfante, la protagonista aparece aquí mostrando una sugerente sonrisa, muestra del trabajo realizado. La cabeza está casi oculta bajo el lienzo, y por ello Judith aparta la mirada, evitando ver el horror que hizo. Sin duda, mostrar ese momento posterior al asesinato, con la leve sonrisa victoriosa es la mejor representación del gusto insano que provoca la venganza en los seres humanos.

 

En las siguientes salas voy a destacar a los autores que realizaron obras en gran formato durante el siglo XVII. Tenemos primero a Judas Macabeo orando por los difuntos de Rubens. El líder de la revuelta macabeo contra el gobierno seléucida aparece representado mirando al cielo. Está orando por sus compañeros caídos tras la batalla. Según cuenta el Libro de los Macabeos, al ir a recoger los muertos, se encontraron que bajo la túnica de muchos de ellos había objetos consagrados a los ídolos de Yamnia, prohibidos por la Ley judía. Judas Macabeo tuvo la idea de realizar una colecta para realizar un sacrificio por el pecado cometido y que sus compañeros pudieran ser perdonados y resucitar. La asociación de los Macabeos con el Purgatorio tuvo especial importancia durante las luchas de religión en Europa, pues los protestantes negaban la existencia de un purgatorio y rechazaron estas obras sagradas.

 

La Apoteosis de San Eustaquio y su familia, de Simón Vouet, nos muestra la historia del general romano Placidio, convertido al cristianismo después de ver aparecer un crucifijo entre los cuernos de un ciervo que estaba persiguiendo. El animal le habló, invitándolo a seguir la religión de Cristo. Eso mismo hizo, junto a toda su familia, tomando el nombre de Eustaquio. Tras sufrir varias penalidades, él y su familia son condenados a morir quemados vivos por negarse a sacrificar ídolos. El autor muestra el momento en el que la familia de Eustaquio es llevada al cielo milagrosamente cantando himnos de acción de gracias. Y lo hace mediante una composición dinámica de personajes monumentales, al estilo italiano, y una gama de colores cálida y luminosa.

 


La comida en casa de Simón, de Philippe de Champaigne, aúna las dos especialidades de este pintor protegido del cardenal Richelieu, los temas religiosos y los retratos. Para realizar esta obra, encargada por Ana de Austria para la abadía parisina de Val-de-Grâce, que ella había fundado, Champaigne se inspiró en lienzos de Poussin que representan la misma escena. A destacar la rigurosa simetría entre Cristo y Simón, el fariseo. La herencia romana es evidente, tanto en la pose de los comensales, como en los retratos, copiados directamente de antiguos bajorrelieves. Toda esta erudición se ve parcialmente compensada por la aparición de los animales domésticos o la actitud cariñosa de maría Magdalena. En esta escena Jesús explica a Simón que quien ha pecado más gravemente merece más perdón si se arrepiente sinceramente, porque su fe lo será aún más intensa. Una enseñanza poderosa del cristianismo que el autor supo mostrar con un cuadro lleno de espiritualidad.

 

Por último, vamos a detenernos en las teatralidades galantes, danzantes y musciales del siglo XVIII, donde destacan autores como Watteau, Coypel, Greuze, Lancret. De este último se ha dicho que fue un simple imitador de Watteau, aunque en su defensa debemos indicar que su colorido fue algo más vivo. En sus cuadros veremos la frívola corte francesa bajo la regencia de Felipe II, duque de Orleans: vestidos elegantes, paisajes delicados y una atmósfera de plácida alegría. Un buen ejemplo es La Camargo bailando, donde muestra la danza de una muchacha llamada Marie Anne de Cupis de Camargo. Famosa en aquellas fiestas galantes al aire libre, se le atribuye haber sido la primera mujer en ejecutar el distintivo paso entrechat quatre, para el que abandonó los zapatos con tacón y se calzó unas zapatillas chatas, o haber recortado el vestido hasta la pantorrilla. Una adelantada a su tiempo.

 


De Watteau, creador del género de las celebraciones galantes, voy a destacar la obra titulada Emperador arlequín en la luna. Se trata de una de las primeras obras del artista, donde rompiendo con la pintura histórica de la época de inspiración mitológica y las escenas de género flamencas, creo este particular estilo donde actores o personajes de teatro paseaban por grandes parques sombreados mientras participaban en diversos juegos amorosos. Aquí vemos una escena extraída de una comedia de Nolant de Fatouville, emperador Arlequín en la luna. Cuenta una vez más una de las innumerables mistificaciones de Arlequín: para poder casarse con Columbine, Arlequín se disfraza alternativamente de granjero, boticario, embajador del emperador de la luna y, finalmente, de emperador mismo. Entre los aspectos inconfundibles de Watteau que ya vemos intuidos en este cuadro destacan la figura del entrepiso, a la izquierda (personaje recurrente en el artista), el follaje evocando un parque, la atmósfera onírica y brumosa, y los efectos brillantes de la luz en la ropa de los personajes.

 

Charles Coypel tiene una obra importante a destacar, Roland descubriendo la perfidia de Angélique. Coypel nos muestra esa atmósfera de galantería típica de Watteau: pastores de ópera, gruta de roca adornada con guirnaldas de flores, estatua de Venus con una concha de sensualidad carnal, puttis giratorios... Del poema original caballeresco de Ariosto (1532) Coypel desarrolla un momento clave en esta tragedia amorosa. Son pastores que le cuentan la historia a Roland, sin sospechar que su historia lo llevará a la desesperación. El conjunto de personajes, como una especie de coro, permite a Coypel ampliar la temporalidad del cuadro y repasar toda la relación de Angélique y Médor: los juegos de amor con las poses lánguidas, luego su juramento grabado en el baúl del árbol para culminar en sus nupcias evocadas al fondo por un elegante ballet.

 

De Greuze voy a destacar su magnífico El Guitarrista, con una moderna pose de Rock Star pero una esencia totalmente rococó. Aquí salimos de las composiciones galantes y de alta cuna para admirar un personaje contemporáneo del autor con toda su honestidad. El guitarrista aparece concentrado, mientras afina su instrumento (ver mano que ajusta las clavijas). De ahí su pose, acercando el oído al instrumento para escuchar el tono de las cuerdas. La premura del instante se entrevé al observar que apenas se ha llegado a quitar el abrigo de un solo brazo. Como curiosidad indicar que no se trata de una guitarra (el mástil es muy corto) y debía tratarse de otro instrumento más complicado de afinar, lo que explicaría su cara de disgusto.

 

Pasamos ahora a una sala donde encontraremos la copia de importantes esculturas, como el Moisés de Miguel Ángel, o la escultura de la famosa Medusa mitológica, las cuales forman magníficos encuadres con las obras de paisajes clásicos.


Pasemos ahora a la primera planta, donde vamos a adentrarnos en el siglo XIX. Os aconsejo subir por la magnífica escalera, la cual os dejará pasmados.

Comenzaremos la visita por la sala donde se expone Retrato de Madame de Senonnes, una obra maestra de Ingres, acompañada por otros preciosos retratos. La representada por Ingres es Marie Marcoz, y que el vizconde Senonnes fue su segundo marido, pues estaba divorciada cuando conoció al vizconde que encargó este retrato. La mujer aparece sentada en un sofá junto a cojines amarillos cuyo color contrata con el vestido de lujoso terciopelo rojo y mangas adornadas con velo de encaje. El rostro fue tomado de La Fornarina de Rafael, siendo un óvalo perfecto. El brazo derecho nos ofrece la sensación de que el cuerpo está ligeramente inclinado hacia adelante. Todo detalle está estudiado y representado con el fino dibujo de Ingres, el cual sabe reproducir la escena como si de un fotógrafo se tratara. Es ostensible la representación de la riqueza que muestra la dama, con numerosas piedras preciosas en anillos, cruces, cadenas y pendientes. El espejo define un vacío que parece agarrar a la modelo por detrás del cuello. Tratado como un sólido oscuro, el espejo negro crea una decoración neutra que no remite a ningún interior, una rareza fascinante. La obra de Ingres está muy bien acompañada por otros retratos femeninos de sensual belleza.

 

En la siguiente gran sala vamos a encontrar obras en gran formato donde se entremezclan los estilos prerrafaelistas, con los religiosos y románticos del siglo XIX. A destacar las dos obras de Dubufé, Adán y Eva y El paraíso perdido; o Cristo saliendo de la Sala del tribunal, de Gustave Doré, entre los muchos existentes.



Pasemos a la colección orientalista, un lugar donde la escultura y la pintura se entremezcla con un gusto exquisito.

 


En esta sección podremos admirar cuadros de Delacroix, Gérôme y Lecomte du Nouy. Del primero destacar El Kaid, líder marroquí. Este cuadro está inspirado en una escena que el pintor presenció el 9 de abril de 1832, entre Meknes y Tánger, durante su viaje a Marruecos acompañando al conde de Mornay en una misión diplomática. En su diario podemos leer: “La leche ofrecida por las mujeres. Un palo con un pañuelo blanco. Primero la leche a los abanderados que se han mojado las yemas de los dedos. Luego al Kaïd y a los soldados…”. Toda la composición da protagonismo a la alta figura del Kaïd que domina la escena, con su tropa debajo. Los violentos contrastes entre el blanco del albornoz y las banderas de colores se encuentran sutilmente en los arneses del caballo o en el cinturón del Kaïd. La brillante luz de Marruecos también reforzó la convicción de Delacroix sobre el uso de un sistema de colores complementarios. Esta escena, que simboliza toda la autoridad del chef, refleja también el entusiasmo del artista por descubrir la Antigüedad viva en Marruecos.

 

De Jean-León Gérôme destacar Cabeza de mujer con cuernos de carnero. Este tondo sorprende por los rasgos faciales ambiguos, el extraño traje cubierto de piel con mangas sedosas y rasgadas y los hermosos cuernos de carnero curvos que emergen de su ondulado cabello rojo. ¿Se trata de la imagen de una joven vestida para un baile de disfraces o de un personaje mitológico? Ni la literatura ni la iconografía grecorromana alude a una mujer con cuernos de carnero, y, sin embargo, hay que pensar que se trata de una figura de fantasía. El encanto misterioso de esta obra reside en el tacto fino y la atención al detalle con el que el autor confirió al personaje una presencia inquietante.

 

Lecomte du Nouy fue otro destacado orientalista francés que posee la bella obra La esclava blanca. Un claro ejemplo de escena costumbrista con un colorido suave, donde la protagonista fuma tranquilamente en los baños. Esta obra fue una denuncia del esclavismo, algo muy ligado a Nantes.

 

Por último, voy a destacar la obra titulada Niño gitano serbio, del orientalista especializado en retratos Charles Zacharie Landelle. Su mirada cautivadora y el detalle de sus ropas hace que esta imagen nos genere una sensación tan sensual como misteriosa.

 

La sala de los realistas es una visita obligada, pues en ella se encuentran obras magníficas del arte moderno. Una de las más importantes, Las cribas de trigo, de Courbet. Este autor es conocido por mostrar de manera realista escenas rurales. En esta obra, tanto escena de género como retrato en grupo, Coubert utilizó a sus familiares para realizar una composición que, probablemente, nunca se llegó a producir. Desde atrás, en el centro, su hermana Zoé tamiza el trigo, mientras que su otra hermana Juliette, sentada, clasifica el grano; a la derecha un joven, probablemente Désiré Binet, el hijo de Courbet que entonces tenía seis años, observa el interior de una tara. Los detalles son numerosos: los sacos de harina, los cuencos, la sábana, el gato envuelto son pistas de una vida campesina sutilmente percibida. El crítico Michael Fried planteó una hipótesis que parecía atractiva: el cuadro representaría una metáfora de la pintura misma; el artista se proyectaría en el tamiz, los granos de trigo encarnarían el pigmento, mientras que la hoja simbolizaría el lienzo. El contexto, sin embargo, remite a la intención de Courbet: rehabilitar la vida rural abrogando las materias de historia antigua y académica. En este sentido, la escena central da la impresión de ser una ofrenda a alguna deidad. El brazo vigoroso y extendido de Zoé recuerda el de la Sibila libia de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina.

 

Otro cuadro realista que me maravilló fue La pequeña espigadora, de Hugo-Frédérick Salmson, de la cual estaban realizando una copia.


En la siguiente gran sala vamos a encontrarnos con obras interesantes, tanto de gran formato, como algunas más pequeñas pero muy curiosas. Nada más entrar, a la derecha, nos topamos con Charlotte Corday, de Paul Baudry, quien nos ofrece otra interesante perspectiva de la muerte de Marat. Y en gran formato tenemos El diluvio, de Léon François Comerre, una obra que causa una desazón al comprobar que hombres y animales perecen ahogados entre las aguas sin posibilidad de salvación. Un campo lleno de cadáveres tras la batalla y un quiosco que me recordó mi infancia son el resto de obras que destacaría.

 


Entramos ahora en una pequeña sala donde se exponen obras de una alegría desbordante, como Las ninfas en danza, del oriundo de Nantes Paul Émile Chabas; de un aire medieval prerafaelista, como Alma del bosque, de Maxence. De este autor me voy a detener en una interesante composición: La familia Roy. Este autor, conocido por sus obras simbolistas, realizó este retrato familiar de gran talento. El marcado formato vertical nos remite a los grabados japoneses y sirve para agrupar a la familia en un espacio reducido, así como para otorgar a la escena mayor amplitud y profundidad. Si nos fijamos en los colores el autor los aplicó de una manera muy personal: el tacto difiere entre las prendas de contornos precisos y el paisaje, con un tacto más frío y claro. La luz se desliza desde el fondo hasta las manos de la joven Donatienne, presentada de perfil y sosteniendo una flor en la mano, marcando así también la singularidad de esta adolescente.

 


A continuación, nos adentraremos en la sala de paisajes, la cual evoca la escuela de Barbizon. Esta escuela la formaron un conjunto de pintores paisajistas franceses que frecuentaban el bosque de Fontainebleau y se llegaron a asentar en la localidad que daría nombre al grupo. Su estilo se encuadra en el realismo pictórico, el cual surgió como contrapunto al Romanticismo, si bien sus obras se caracterizan por su especialización casi en exclusiva en el paisaje y su estudio directo del natural. Alejados de la estampa pintoresca de la vida campestre, su objetivo es captar la belleza de la Naturaleza en sí misma, realizando los bocetos al natural y terminando sus obras en el taller. Este estudio directo del natural se suele valorar como una influencia directa del posterior impresionismo. Como fundador de este movimiento se suele nombrar a Théodore Rousseau, aunque también fueron pintores destacados Jean-Baptiste Camille Corot, Charles-François Daubigny. Todos ellos están representados en esta sala: Prados atravesados ​​por un río (Rousseau), Demócrito y los abderitanos; paisaje (Corot), Vista tomada a orillas del Sena (Daubigny). Y entre las obras destaca la escultura del avestruz de Cattelan.

 


En el centro de esta ala del edificio encontraremos una interesante sala dedicada a los vínculos entre Monet, con Los nenúfares de Giverny y Góndola de Venecia, con la escultura de Rodin Les Trois Ombres, y la obra puntillista de Paul Signac El faro de Antibes. Un movimiento, este último, donde Signac y Seurat fueron las cabezas más visibles y que consistió en aplicar a la realización de las pinturas los resultados de un previo estudio científico de los efectos del color y la luz mediante la división sistemática de los tonos a base de pequeñas pinceladas yuxtapuestas a modo de manchas. El efecto conseguido es admirable. Sin duda, un espacio maravilloso donde adentrarnos en las tendencias impresionistas y todo lo que derivó posteriormente.

 


En esta misma planta nos adentraremos en el arte contemporáneo. Sin duda, y esta es una impresión subjetiva, esta es la parte que menos me gustó. Ahora bien, ello no se debió a la calidad de las obras, sino a que personalmente no me atrae tanto este tipo de arte. Aun así, realizaré un pequeño repaso de las obras más importantes y con una ligera explicación para entender su significado.

 

En la primera sala encontraremos representadas las corrientes del surrealismo y primitivismo, por medio de obras donde voy a destacar el cuadro de Pierre Roy, Adrienne pescadora. Fue una obra realizada justo después de la muerte de su compañera Adrienne Ridoux, cuya silueta aparece al fondo con una caña de pescar. El papel doblado como un acordeón, los hilos estirados o enrollados formando una bola cuestionan las nociones de línea, plano, espacio y volumen.

 


Respecto a las obras que hunden sus raíces en la corriente primitivista destacaré a Dubuffet con Sitio con dos personajes (F 106) o la simplicidad de Lam con Mujer joven sobre fondo verde claro o Maternidad IV.

 

La continuación del recorrido presenta la evolución de la abstracción: primero, sus raíces en la primera mitad del siglo XX (Kandinsky, Torres-García, Herbin, Vantongerloo), luego el vuelo de las abstracciones líricas y gestuales en la segunda mitad del siglo (Vieira da Silva, Bryen, Soulages, Hartung, Reigl), y finalmente el orden y los juegos visuales del arte geométrico de Gorin, S. Delaunay, Vasarely, Soto y Morellet.

 

Este museo posee numerosas obras de Kandinsky en la sala 20 que seguro os maravillarán por su particular manera de plasmar este movimiento original de la abstracción a la que dio origen. Este pionero que rompió con la representación pictórica del mundo natural creó una nueva temática donde el único objetivo era la necesidad interna del artista a la hora de componer, las cuales expresó experimentando con las posibilidades expresivas del color y la composición. ¿Qué os hacen sentir sus composiciones?

 


De esta parte voy a destacar como parada imprescindible Trama Schwarzer [Marco negro] de Kandinsky, donde el autor entrelaza elementos figurativos y abstractos, los cuales articula alrededor de un marco dispuesto en el centro de la composición. Las tres figuras geométricas fundamentales (círculo, triángulo, cuadrado) están asociadas a un código cromático que constituye un nuevo espacio donde cada línea es tensión y donde cada color afirma su dinamismo. La impresión de movimiento y abundancia de elementos coloreados contrasta con la cuadrícula blanca y negra, plana y opaca, que anuncia los rumbos futuros de su pintura.

 

En cuanto al arte geométrico destacar Ritmo sincopado, conocido como La Serpiente Negra de Sonia Delaunay, pues se trata de una verdadera síntesis de todo su arte. Realizada por la artista ucraniana cuando tenía 82 años, se divide en tres partes animadas por motivos muy diferentes que remiten a obras anteriores. Los colores, colocados planos o por el contrario en toques visibles, unifican el conjunto. Sus contrastes producen un ritmo que recuerda al artista las síncopas del jazz. La banda negra ondulante de la izquierda le da a la pintura su apodo de Serpiente Negra.

 

Y destacable es también Construcción plástica n°97 Relaciones de volumen en el espacio, de Jean Gorin, por ejemplificar la corriente llamada Neoplasticismo, un movimiento que Gorin asumió influenciado por la obra de Piet Mondrian. El artista utiliza aquí en tres dimensiones los elementos de sus pinturas de la misma época: líneas rectas, colores primarios más negro, blanco y gris, pintura plana. La idea que defendía este autor era la síntesis de pintura y arquitectura en “un arte monumental colectivo y social”.

 


Del resto de obras que se exponen en esta parte voy a mostraros las que más me llamaron la atención por su ilusión visual (deformación profesional): la obra cinética, Sin Título, de Jesús Rafael Soto; Transformación, de Vera Nolmar; Cuadrados con gradiente del 20 % girados en el centro 5 veces de Morellet; y Móvil negro sobre negro, de Julio Le Parc.

 


Por último, también destacaré aquí la obra de Jean Dewasne, uno de los maestros de la llamada abstracción constructiva. Sus obras, llenas de formas y colores, seguro que no os dejarán indiferentes.

 


Antes de adentrarnos en el arte más actual vamos a recorrer el pasillo central que bordea el patio interior del edificio. Se exponen aquí numerosas obras interesantes que nos ayudarán a descubrir la revolución del arte figurativo de finales del siglo XIX y de principios del XX. Estas son las obras más interesantes según mi criterio personal subjetivo.

 

El rollo transatlántico de Laboureur representa una experiencia vital del artista, pues imaginó esta composición a su regreso de los Estados Unidos. Adoptando el punto de vista de un pasajero, nos muestra un mar embravecido y una cubierta inclinada con cuatro figuras intentando mantener el equilibrio. La línea del horizonte es la única paralela, conformando el cuadro un sinfín de líneas oblicuas que simulan el efecto pendular típico de esas situaciones. La novedad de esta obra está tanto en el particular encuadre de la escena como en la simplificación con la que plasma las formas y el color, con áreas geométricas y coloreadas planas.

 

Kizette en rosa, de Tamara de Lempicka, es uno de los retratos que realizó esta artista a su hija. Kizette está aquí vestida con un traje de verano, falda plisada y cuello impecablemente arreglado, como una niña modelo. Pero su mirada desafiante revela una sensualidad con olor a escándalo, característica de los retratos del artista. La obra manifiesta de la herencia poscubista: el cuerpo de Kizette es un conjunto de volúmenes simples; el puerto detrás combina cubos y planos. El aspecto monumental de la figura se ve reforzado por el estrecho encuadre tomado de los carteles publicitarios y de las técnicas cinematográficas.

 


Picasso fue uno de los grandes artistas del siglo XX y este museo posee algunas obras de su etapa final, como por ejemplo Pareja. Aquí tenemos la plasmación de una escena íntima donde Picasso utiliza una manera muy rápida de expresar lo que quiere transmitir, dando importancia al dibujo. Aquí las líneas de color se entrecruzan con las acuarelas fusionando en una las dos figuras, lo que se ha interpretado como la ternura que deseaba expresar respecto a su pareja Jacqueline. Todas sus obras de este periodo muestran ese toque de sensualidad, erotismo y deformación de los cuerpos haciéndolo solo uno.

 

Renoir, con Las Anémonas, nos muestra la belleza de las naturalezas muertas realizadas con el impresionismo. Puede que no sea una de las obras más interesantes del genio francés, pero desprende alegría con la paleta de colores brillantes y cálidos.

 

Otras obras que me gustaron, por diferentes motivos, fueron El café de comercio de Laboureur, con sus influencias cubistas; La gran playa de Biarritz, de Marval, por su excepcional uso del blanco; y El Castillo de Clisson, de Metzinguer (el puntillismo me encanta).

 


En el ala que da a la calle Jules Élie Delaunay se exponen algunos retratos de este pintor francés, quien logró un gran reconocimiento en vida por sus obras en gran formato y que consiguió grandes beneficios gracias a sus postreros retratos al final de su vida. El aire sensual y la psicología del personaje que trasciende de sus representaciones os cautivarán profundamente.

 


También destacaré El sueño, de Alphonse Lecadre, por recordarme la postura en la que acababa mi hijo pequeño y yo tras una noche sin dormir llena de lloros. Así como dos obras coloridas muy ligadas a la ciudad, La pescadería de Nantes, de Jacques Philippe y el Carnaval de Nantes, de Michel Noury.

 

Para acceder a las colecciones más modernas del siglo XXI debemos volver a la sala 21 y dirigirnos, por la pasarela, hasta el nuevo edificio llamado el Cubo. En sus tres plantas vamos a poder admirar obras tan curiosas como el original POF Nº87 Coche con doble cara de Fabrice Hyber, el alfabeto de la guerrilla de Jacques Villeglé, o All the directions, del artista rumano de 1977 Mircea Cantor. Una fotografía realizada en Nantes en el año 2000 donde el artista sujeta un cartel completamente en blanco, que evoca un destino fantasma. La imagen, que no carece de rebeldía, también está teñida de una cierta melancolía, de una forma de desencanto. Esta dualidad se encuentra en la base de muchas obras del artista, que se declara “artista del mundo” cuestionando a la vez las nociones de identidad, ética, política, realidad contemporánea y sus contradicciones.

 


En otras plantas descubriréis obras curiosas y sorprendentes como las siguientes, de cuyos nombres no me acuerdo.

 


Y un video montaje muy curioso sobre como una gafa se va inundando de agua de la artista Cecile Benoiton.


 

Por último, en la antigua Capilla, podréis admirar las diferentes exposiciones temporales que suelen realizar. Cuando yo visité el museo se exponía la obra, de Bruce Nauman, titulada tocando el violín mientras paseo por el estudio. El título lo explica todo.

 

Hasta aquí una visita super interesante que seguro colmará las expectativas de todos aquellos apasionados al arte. Aunque he realizado una visita bastante pormenorizada, aún os sorprenderán muchas otras obras que me dejé en el tintero por no realizar un recorrido demasiado extenso. Siguiendo este esquema la visita os llevara en torno a 1,5 – 2 horas, tiempo suficiente para empaparse de la calidad de estas obras sin acabar abrumado.

 

Espero que os sirva de guía para cuando visitéis este maravilloso museo.

Hasta la próxima

 

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