Dentro de mis experiencias clínicas he tenido
multitud de casos sorprendentes. Pacientes que me han sorprendido por sus dudas
o por sus equivocadas ideas respecto a la visión.
Una de las más frecuentes que me encuentro en el
gabinete se refiere a un pensamiento insidioso sobre la presbicia. Existe una
idea general, según la cual, es posible retrasar la presbicia realizando algún
tipo de ejercicio muscular o retrasando el paso por la óptica y el uso de gafas
lo máximo posible.
Muchos clientes me han manifestado que no querían
ponerse gafas para leer porque preferían forzar un poco sus ojos; o que si se
las ponían, luego les subiría la presbicia más rápido. Las excusas son
variadas.
Al final, ese pensamiento conduce a que cuando esos
pacientes llegan a la óptica traen un sistema visual totalmente estresado,
presentan molestias que les impiden realizar cómodamente trabajos en cerca y,
lo que es peor, debido a ello han dejado de leer.
Este mes os explicaré, por enésima vez, la
inutilidad de ese pensamiento. Pero esta vez intentaré dejarme de símiles y os
intentaré “traducir” una obra técnica de optometría. Una obra a la que tengo
especial cariño, pues fue escrita por una de mis profesoras de Óptica
Fisiológica.