El 7 de junio de 1968, la banda terrorista Euskadi ta
Askatasuna (ETA) realizó su primer asesinato. Y, tal como escribió un día José
María Garmendia Urdangarín, catedrático de Historia Contemporánea de la
Universidad del País Vasco, ese día “cambió la historia del País Vasco para
siempre”.
No fue el planificado. La víctima no supo quién había
acabado con su vida. Y la banda intentó tejer un relato fantástico que
justificara tal acción como un acto heroico.
Este es el relato de la primera mentira de ETA. ¿Te
interesa el tema?
Lo primero, la víctima.
José Antonio Pardines Arcay era un joven guardia civil
de tráfico de tan sólo 25 años de edad. Este gallego nacido en Malpica de
Bergantiños (La Coruña) era el mayor de tres hermanos y se había enrolado en la
Benemérita como una buena manera de ayudar a su familia, la cual no tenía
holgura económica.
Aquel fatídico día se encontraba regulando el tráfico
en la carretera N-1 a la altura de Aduna (Guipúzcoa).
El contexto de ETA en 1968
La banda independentista y terrorista ETA se había
fundado en el año 1958, durante la dictadura franquista, con el objetivo
principal de construir un Estado socialista en lo que el nacionalismo vasco
considera los siete territorios de Euskal Herria y su independencia de España y
Francia. Aunque se presentó como un movimiento moderado, sólo a los tres meses
de su creación ya comenzaron a poner bombas. La primera fue en la sede del
diario Alerta (Santander). Puede que nunca lo hubieras leído antes. Es
normal. La prensa franquista ocultó el atentado y la banda no quiso
reivindicarlo. No será hasta el año 1961 cuando ETA comenzará a reivindicar sus
actos terroristas.
El punto de inflexión a nivel teórico se produjo en la
IV Asamblea (1965), en la que se apostó por poner en marcha una espiral de
acción-reacción-acción. La idea era provocar al sistema para que, el mismo,
golpeara a las masas con el aparato de represión habitual. La respuesta a tal
represión debía ser la rebeldía. Según sus ideas, conforme la violencia
aumentara la población vasca se uniría a ETA.
La falta de fondos retrasó un par de años el inicio de
la estrategia. En abril de 1967 ETA efectuó su primer atraco exitoso,
obteniendo armamento y dinero para la financiación. Fue el primero de muchos
otros.
El 2 de junio de 1968, en la reunión de la cúpula de
ETA en Ondárroa, se decidió empezar a matar. La víctima debía tener una fuerte
carga simbólica, por lo que se escogieron como objetivos a los inspectores jefes
de la Brigada de Investigación Social (BIS) de Bilbao y San Sebastián, José
María Junquera y Melitón Manzanas. Este último tenía (merecida) fama de
torturador y había sido señalado en las publicaciones de ETA varias veces desde
1962.
El asesino
Francisco Javier Echevarrieta Ortiz, más conocido como
Txabi Etxebarrieta, fue el encargado de planificar y comandar la llamada
operación Sagarra, por la cual se debía asesinar a Melitón Manzanas.
Txabi Etxebarrieta fue el autor material del primer
asesinato de ETA e, igualmente, fue el primer militante muerto en el
enfrentamiento con la Guardia Civil, por lo que pronto se convirtió en un icono
dentro del entorno de la banda y de la izquierda abertzale.
Este joven de 23 años, originario de Bilbao, era
licenciado en Ciencias Económicas, en la especialidad de informática.
En aquella jornada le acompañaba Iñaki Sarasteka
Ibáñez, jefe del grupo terrorista ETA en Guipúzcoa. Aunque posteriormente
declaró que él no había disparado a Pardines, las pruebas forenses dictaminaron
lo contrario.
Los sucesos
La causa sumarísima 16/68 nos facilita la
reconstrucción de lo acontecido aquel día.
El 7 de junio de 1968. Echebarrieta y su compañero
Iñaki Sarasketa se dirigían en un Seat 850 robado a Beasain por la Nacional I
Madrid-Irún. Debido a unas obras en un puente, los etarras cogieron un desvío
por la carretera local de Aduna. Allí se encontraban regulando el tráfico los
guardias civiles Félix de Diego y José Antonio Pardines, un joven gallego de 25
años que había decidido establecerse en Guipúzcoa tras conocer a una chica.
Sobre las 17:30 horas el coche de Echebarrieta y Sarasketa pasó por delante de
Pardines. Los siguió en su motocicleta y les hizo señas. Se detuvieron a la
altura del kilómetro 446,5. El agente les pidió el permiso de circulación. Con
él en la mano derecha, pudo comprobar que los datos no coincidían con el número
de bastidor. Expresó su extrañeza en voz alta. Fueron sus últimas palabras.
Recibió cinco tiros: uno en la “región subclavicular
derecha, dos orificios en [la] región precordial y dos orificios en [el]
hipocondrio izquierdo”. Una hora después el juez instructor constató que la
funda de su pistola reglamentaria seguía abrochada y que lo único que había
junto a la mano del agente era la documentación del vehículo.
La narración anterior se obtuvo, tanto de la confesión
de Sarasketa, como de la de un testigo presencial, el camionero navarro Fermín
Garcés.
Pruebas forenses
Pese a que Sarasketa siempre mantuvo que Echebarrieta
había sido el único en apretar el gatillo, las pruebas indican lo contrario. El
cadáver de Pardines presentaba cinco heridas de bala en el torso y en la escena
del crimen se hallaron cinco vainas: tres casquillos (y dos proyectiles) eran
del calibre 9 milímetros parabellum y los otros dos casquillos (y dos
proyectiles), de 7,65 milímetros. El primer calibre correspondía a la pistola
Astra 600-43 de Echebarrieta. El segundo, a la Astra Falcón de Sarasketa.
Persecución de los asesinos
Este asesinato no había sido planificado y se llevó a
cabo debido a la precipitación de Echebarrieta ante el control rutinario.
Sarasketa justificó su actitud temeraria indicando que había tomado unas
pastillas de centraminas (similar al speed), lo que le provocó una
euforia desmedida. Ello justificaría, en parte, el asesinato y no haber
desarmado al Guardia Civil y haber huido sin dispararle. Lo cierto fue que
eligieron asesinar a un hombre indefenso por la espalda.
Tras el asesinato buscaron refugio en casa de un
colaborador, en Tolosa. Fue en la posterior huida con esta persona cuando
fueron interceptados por la Guardia Civil de Tráfico en las proximidades de esa
localidad (Venta-Aundi). Echebarrieta llevaba un DNI falsificado, pero
Sarasketa carecía de documentación. Cuando les cachearon apareció el arma de
Echebarrieta y Sarasketa sacó la suya y empezó a disparar. Dejando a un lado
los testimonios interesados de cada parte, lo que podemos inferir es que se
produjo un tiroteo entre los etarras y los Guardias Civiles. Echebarrieta fue
herido de gravedad y terminó muriendo al poco tiempo en una clínica de Tolosa.
Sarasteka, por su parte, fue arrestado el 8 de junio en la iglesia de Régil
(Guipúzcoa). Juzgado y condenado a muerte, Franco le conmutó esa pena por otra
de cadena perpetua. Sarasketa fue excarcelado en la amnistía de 1977,
falleciendo en el año 2017.
La historia inventada por ETA
La banda terrorista, una vez enterada de los sucesos,
comenzó a realizar su propaganda propia sobre el suceso acaecido. Una
propaganda que no podía hacer caso de las noticias oficiales (consideradas poco
objetivas) y contraproducentes para los intereses de la organización
terrorista.
Tampoco tenían posibilidad de acceder al relato de lo
acaecido, pues Sarasketa estaba detenido e incomunicado. Por tanto, decidieron
reelaborar las noticias para que encajasen en su narrativa épica. Contaron una
mentira donde los asesinos se convertían en mártires. Donde el agente había
sido el primero en sacar el arma y Echebarrieta sólo se había defendido. En
definitiva, contaron una mentira acorde a sus intereses.
En algunos pasquines se borró a Pardines de la
historia. En otros se le culpaba de su propia muerte: el agente la habría
provocado al atacar a los etarras sin previo aviso, por lo que Echebarrieta se
vio obligado a actuar en defensa propia. Tampoco faltó quien diera muestras de
una inusitada ambigüedad (“los dos compañeros tratan de huir y en el intento el
guardia civil cae mortalmente herido”), negara la misma existencia de Fermín
Garcés (“un hombre de papel que nadie ha visto en carne y hueso”) o arrojara
dudas acerca de la autoría del crimen: “un guardia civil aparece muerto en la carretera”,
sin especificar nada más. A José Antonio Pardines no solo se le hurtó la
condición de víctima, sino incluso la de ser humano. Nunca se mencionaban su
nombre y apellidos, sino que fue despersonalizado y animalizado: era un “agente
imperialista” o un “txakurra” (perro).
De la misma manera que ocultó o denigró a Pardines, la
propaganda etarra ensalzó a Txabi Echebarrieta como la genuina víctima del 7 de
junio de 1968. Se le representó como un héroe que se había inmolado por
Euskadi. Haciendo un paralelismo con el Ché Guevara, se le nombró el “Primer
Mártir de la Revolución”.
Ni la coherencia ni la verdad eran prioritarias para
quienes redactaron la propaganda de ETA. Su misión era otra: desdibujar el
asesinato de Pardines y crear un “mártir”. Y, por ello, se lanzó la idea que
Echebarrieta había sido ejecutado extrajudicialmente.
Este relato fue sostenido por la izquierda abertzale
durante décadas. Y ello a pesar de que Sarasketa manifestó, en una entrevista
concedida al diario Egin con motivo del décimo aniversario del suceso
(el 7 de junio de 1978) que Txabi había disparado a Pardines a sangre fría y
por la espalda.
La vergüenza continua
Cada 7 de junio, en la Plaza de Unamuno (Bilbao), los
colectivos de la izquierda abertzale realizan un homenaje al etarra
Echebarrieta. Anteriormente, el acto era organizado por SORTU/BILDU, aunque
desde el 2024 en los carteles no aparece el respaldo de ningún colectivo
concreto.
Lo anterior se debe a que en el año 2023 la asociación
Dignidad y Justicia puso una denuncia en la Audiencia Nacional ante lo que
consideraban un delito de enaltecimiento y justificación del terrorismo y
humillación a las víctimas.
Todos aquellos que homenajean a un asesino a sangre
fría y no piden perdón a las víctimas se retratan como personas y seres
humanos.
¿Quieres profundizar?
Para más información al respecto de este y otros
asesinatos “incómodos” de la banda terrorista ETA os aconsejo leeros el trabajo
titulado: ¿Crímenes ejemplares? Prensa, propaganda e historia ante las
primeras muertes de ETA. Autor: Gaizka Fernández Soldevilla. En la red: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=7669334
Hasta la próxima


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