El pasado mes de mayo tuve la suerte de acercarme a
Santander aprovechando el Festival de Ajedrez Robin-Chess 2026. Un importante
evento que reúne a más de un millar de participantes provenientes de toda
España. Divididos en diferentes categorías, Sub 10, 12, 14, 16 y 18, los
pequeños participan en un torneo lleno de pasión e interés, demostrando que la
afición a este deporte es mayor de lo que muchas personas piensan.
Para mí fue un redescubrimiento. Hace muchos años que
había visitado la ciudad y debo decir que ha cambiado para mejor,
convirtiéndose en un referente del turismo en la zona norte del país.
¿Os apetece conocer los encantos de Santander?
Antes de entrar en materia me vais a permitir
aconsejaros un par de visitas muy factibles y que os quedan de camino hacia
Santander viajando desde Madrid. Una de ellas es la visita al yacimiento de
la ciudad romana de Julióbriga, situado junto a la A-67, en la población de
Retortillo. Si os gustan las ruinas romanas es una buena opción para descansar
antes de llegar. En breve publicaré un artículo sobre este yacimiento.
La otra parada se encuentra en la población de Arenas
de Iguña. En concreto, en la localidad de Las Fraguas, perteneciente a la
anterior. Allí vais a encontrar algo que no os podríais esperar, El Partenón
de Las Fraguas.
Se trata de un templo construido sobre una ermita
medieval en 1890 para servir de capilla-panteón a los duques de Santo Mauro. Posteriormente,
fue donada por los duques al pueblo de Las Fraguas para servir de iglesia
parroquial.
Los duques de Santo Mauro eran los propietarios del
colindante Palacio de los Hornillos. Puede que el palacio os suene, pues
Amenábar utilizó el mismo en el rodaje de su famosa película, Los Otros (2001).
El panteón se trata de unos de los pocos ejemplos de
arquitectura neoclásica en Cantabria. Su particularidad radica en haberse
construido como un templo griego hexástilo períptero, fachada con seis columnas
y perímetro también con columnas, de orden corintio. Consta de arquitrabe,
cornisa de billetes y frontón triangular (falto de decoración), sin que exista la
organización típica de metopas y triglifos.
Cuando lo visité el interior estaba cerrado, pero
parece contener unas interesantes pinturas del siglo XVIII. Y, por último, como
curiosidad, indicar que, durante la Guerra Civil, los republicanos montaron
aquí una cárcel. Resulta evocador pensar en los detenidos, privados de libertad
en un panteón convertido en iglesia y que tenía el aspecto exterior de templo
griego.
Dejemos Las Fraguas y tomemos la carretera dirección
Santander. Llegar desde Madrid es muy agradable, pues existe autovía durante
todo el trayecto. La misma se introduce hasta las afueras de Santander,
llegando casi hasta el mar.
Debido a que el torneo de Ajedrez se celebraba en el Palacio
de Deportes de Santander, conocido como la Ballena por su particular forma,
fue aquí donde aparcamos. Resulta muy sencillo encontrar aparcamiento tanto en
los alrededores del Palacio de Deportes, como en las proximidades del anexo
Campo de Fútbol del Racing de Santander.
Caminando escasos metros podéis acercaros a la segunda
playa del Sardinero, en la cual vais a encontrar las típicas letras con el
nombre de la ciudad.
Y, subiendo una pequeña cuesta, tras el famoso Hotel
Chiqui, se encuentra el tranquilo Parque de Mataleñas, un remanso de paz desde
donde se divisan unas preciosas vistas.
Para visitar el centro os recomiendo tomar uno de los
múltiples autobuses que, bordeando la costa, os llevan hasta el mismo centro.
Nosotros bajamos en la Plaza del Ayuntamiento (un bonito ejemplo de
arquitectura neoclaicista) y fuimos andando en sentido inverso.
Desde el Ayuntamiento os recomiendo acercaros a la
próxima plaza porticada de Velarde. Debido a las celebraciones del 2 de
mayo, aquí se dieron cita las autoridades militares y políticas de la ciudad.
Enfrente de esta plaza, cruzando hacia la costa, se
encuentra la Catedral de Santander, una de las visitas imprescindibles.
La actual Catedral de Santander se construyó sobre los
restos de una antigua iglesia abacial dedicada a los mártires San Emeterio y
San Celedonio, cuyos cuerpos o, al menos sus cabezas se decía que guardaba como
reliquias. Según la tradición. en tiempos del emperador Diocleciano estos
santos fueron martirizados en Calahorra y sus cabezas arrojadas al Ebro;
aquéllas, de forma milagrosa, siguieron el curso del río y, a través del mar
llegaron hasta la bahía de la villa marinera. Aún hoy, esas cabezas blasonan el
escudo de Santander, siendo además el nombre de uno de aquellos mártires el
origen del topónimo Santander (Sancti Emetherii-Sancti Emderi-Sante
Endere-Santendere).
La catedral está constituida por dos templos
superpuestos, actuando el inferior como cripta del superior.
Exteriormente, el conjunto formado por la cripta y la
iglesia superior ofrece más sensación de fortaleza que de catedral gótica;
ayudan a ello la lisura de los muros, los robustos contrafuertes y la maciza
torre que se levanta a los pies del templo (alberga un centro de interpretación
de la historia de la ciudad). A la iglesia superior se accede a través del
claustro situado en el lado sur. No obstante, antes de acceder, os aconsejo
visitar la cripta.
A la iglesia baja o capilla de El Cristo,
llamada así por el Cristo crucificado que preside su altar Mayor, se accede por
una puerta situada bajo la galería de arcos apuntados que soportan el muro
norte de la catedral. Esta cripta se comenzó a construir a principios del siglo
XIII por iniciativa del abad Juan Dominguez. Estilísticamente responde a los
primeros momentos de la arquitectura gótica; está constituida por tres naves de
cuatro tramos, con sus correspondientes ábsides comunicados entre sí. La altura
de las naves apenas alcanza los cuatro metros, pues sus bóvedas de crucería
están formadas por arcos ojivales. La escasa altura de la construcción, así
como los recios soportes que la sustentan, hacen que la oscura cripta de El
Cristo transfiera más la sensación de recogimiento e interioridad del románico que
la grandeza exultante del gótico.
A la iglesia alta accederemos por el Claustro,
la última estructura monumental en edificarse (S. XIV). Tiene planta
trapezoidal y se adapta a la forma accidentada del cerro. Se trata de un típico
claustro gótico cisterciense, cuyas naves se abren al exterior mediante arcos
apuntados que se apoyan sobre columnas de fuste de sección octogonal. Cada
grupo de cuatro o tres arcos es envuelto externamente por un gran arco
escarzano. Entre estos grupos de arcos y columnas aparecen, rítmicamente
dispuestos, grandes contrafuertes exteriores que se encargan de soportar los
enormes nervios cruceros de las bóvedas de las galerías, que son de crucería.
El interior de la Catedral es, aunque recoleto en
tamaño, sumamente interesante. Si caminamos hacia el altar por el muro de la
epístola encontraremos la Capilla de la Visitación, llamada así por
poseer un cuadro de Manuel Rodríguez copia de Rafaél; la Capilla de la Bien
Aparecida, Patrona de Cantabria; y la Capilla del Sagrado Corazón,
con una réplica del Lignum Crucis.
El retablo de la Capilla Mayor procede de la
arruinada Iglesia de Tamariz de Campos (Valladolid) y tuvo que adaptarse a la
forma poligonal de la Girola. Se trata de un retablo Barroco (1710), con
ménsulas, estípites y columnas salomónicas, a las que se le han añadido las
imágenes actuales, de aspecto barroco pero fabricadas en 1950, de la Virgen de
la Asunción, patrona del templo, y de los mártires Emeterio y Celedonio. Los
relieves, en cambio, si son barocos originales, representando el Nacimiento y
el Bautismo de Cristo.
Bajo el retablo se sitúa el coro de madera
donde se sitúan los canónigos para oficiar las celebraciones. No es el original
y procede del Monasterio San Jerónimo el Real de Madrid, razón por la cual
existe una figura tallada de este santo en la cátedra del obispo.
Recorriendo la girola podréis apreciar la
belleza de las vidrieras, elaboradas en el taller madrileño de Santos Cuadrado
entre 1952-1953, las cuales representan escenas de la vida de Cristo.
En la nave del Evangelio tenemos varias paradas
interesantes. Primero la Tumba de Marcelino Menéndez y Pelayo, famoso
intelectual santanderino cuya figura aparece recostada con sayal franciscano y
una pluma en la mano; A continuación, se abre la Capilla del Santísimo,
donde se expone y venera el Santísimo Sacramento. Se trata de un magnífico
ejemplo de arquitectura clasicista, con bóveda de cañón con lunetos y cúpula
con linterna; por último, la Capilla de la Purísima Concepción, en la
cual veremos el retablo más antiguo de la Catedral (1608). Procede de la
iglesia románica de Santa María de Bareyo y aparecen, además de la Virgen, San
Pedro y San Pablo, relieves con escenas de la vida de Cristo.
Vista la Catedral os aconsejo acercaros a la costa
para ver los jardines y el exterior del Centro Botín. Se trata de un
museo de arte contemporáneo que tiene exposiciones temporales para los
aficionados a este tipo de arte. No fue mi caso, por lo que volví hacia la
ciudad admirando el impresionante edificio histórico del Banco Santander,
inconfundible debido a su gran arco central.
Junto a este edificio se encuentra el Mercado del
Este, antiguo mercado tradicional reformado con puestos de alimentación
gourmet enfocados al turismo. Decorado con lucecitas que contribuyen a crear un
ambiente muy agradable, si os queréis tomar algo es el sitio más encantador.
Anexo a este mercado se encuentra el Museo de
Prehistoria y Arqueología de Cantabria, una de las visitas culturales
imprescindibles de la ciudad en la que conocer el rico patrimonio que posee la
región.
Se trata de un museo moderno, agradablemente
configurado y con interesantes composiciones que os harán adentraros en los
principales restos arqueológicos encontrados en Cantabria. Este museo está
especializado en la prehistoria, aunque también tiene algunas piezas de época
romana y medieval. A continuación, realizaré un pequeño recorrido mostrando las
principales piezas expuestas.
Comenzamos por una sala presidida por una gran vitrina
que conserva todo tipo de material lítico prehistórico, desde bifaces a
raederas, expuesto en un original cubo.
Luego pasaremos a otra sala con vitrinas en las que se
reconstruyen los huesos de diferentes animales prehistóricos, como el Oso de
las cavernas, quien convivió con los humanos durante el Pleistoceno y compitió
con él por el uso de las cuevas. Se extinguió hace unos 20.000 años. También
existen unas originales vitrinas en las que, por medio de un cambio de luces,
podemos observar tanto el cráneo de un Neandertal como la reconstrucción del
mismo. Un poco inquietante verlo transformarse, la verdad.
Avanzaremos luego a través de unas composiciones en
las que se nos muestran diversos útiles prehistóricos, así como recreaciones de
cómo eran utilizados. Sorprende la parte donde se explica todo lo encontrado en
la Cueva de La Garma.
No obstante, lo mejor de este apartado es la zona de
arte mueble, pues conserva ejemplos magníficos encontrados en las muchas cuevas
de la provincia. A destacar el Bastón perforado de El Castillo, decorado
con una figura de un ciervo. Fue realizado con un grabado profundo y representa
a la figura de perfil. Y la espátula de La Garma, una costilla de bóvido
en la que se esculpió, en bajorrelieve y con gran realismo, la figura de una
cabra montés. Se conservan además restos de ocre, lo que nos da pista sobre que
además estaba pintada originalmente.
Recorrer esta sala es una delicia, pues veremos lo
rico e increíble que fue el arte mueble practicado por nuestros antepasados.
También existen rincones con dibujos y figuras que
ayudan a entender la vida de nuestros antepasados. Y, dentro de las piezas
excepcionales destacar el puñal de La Garma. Realizado en sílex,
seguramente formó parte de una extensa red de intercambios entre grupos
sociales de diferentes áreas, hasta ser depositado en el ajuar de una tumba de
la cueva. La calidad de su materia prima y su cuidada elaboración es lo que le
confiere su gran importancia.
Dejando la Prehistoria, que abarca la mayor parte del
museo, pasaremos a la Edad de Hierro, en la cual debemos prestar atención a
tres objetos.
En primer lugar, al Caldero de Cabárceno, una
de las piezas emblemáticas del museo y de la época protohistórica de Cantabria.
Descubierto en un pozo de la Mina Crespa, este caldero de bronce es testimonio
de las relaciones que vinculaban el norte peninsular y la costa atlántica
europea durante el Bronce Final y los años posteriores. Sorprende el gran
tamaño que posee esta gran vasija semiesférica conformada por piezas de bronce
unidas por remaches cuya cronología se ha fijado en torno al 900-650 a.C. Su
uso se vincula a actividades de tipo ritual, como el consumo de alimentos en
ceremonias simbólicas en las que las élites dominantes reforzaban su poder ante
la colectividad. Destaca por su excelente estado de conservación, lo que es de
reseñar pues aparentemente apenas parece haberse usado, por lo que se sospecha
que pudiese ser un objeto votivo o ritual.
La Estela de Zurita es una de las muchas
estelas discoideas gigantes, típicas del área cántabra. Se trata de un disco de
piedra arenisca labrada con bajorrelieves de dos metros de diámetro. Es
prerromana y está datada entre finales del siglo I a.C. y principios del siglo
I d.C. En ella se representa a un guerrero abatido que está siendo comido por
unas aves. En el plano superior dos infantes armados y un caballo simbolizan el
paraíso de carácter guerrero al que el alma será trasladada por el ave. En la
otra cara se representan los característicos cuartos crecientes lunares. Como
curiosidad indicar qu este objeto forma parte del escudo del municipio.
Por último, la Tesera de hospitalidad. Se trata
de una pequeña pieza metálica, con forma de oso, que fue encontrada en el
castro de Las Rabas. Este tipo de objetos simbolizaban la existencia de
acuerdos entre individuos, familias o ciudades. Se componía de dos partes y
cada uno recibía una mitad que, al ser confrontada con la otra, identificaba a
su poseedor y beneficiario del pacto. Esta en concreto presenta un reverso con
siete orificios en los que encajaría la otra mitad.
Para adentrarnos en la época romana tenemos algunos objetos característicos de esta civilización, destacando la réplica de la famosa escultura de Augusto de la prima porta.
La visita continúa accediendo a una casa típicamente romana. Entraremos en ella introduciéndonos en el atrium, alrededor del cual se exponen, en vitrinas anexas a los muros, piezas numismáticas y escultóricas. Destaca la pequeña figura de bronce de un joven Neptuno, hallada en la actual Castro Urdiales. El joven desnudo lleva en una de sus manos lo que parece un delfín, mientras que en la otra portaba algún objeto perdido. Sobre el cuello muestra un creciente lunar de oro, que es lo más representativo.
En una sala anexa tenemos diferentes objetos que
podemos encontrar en las casas romanas, destacando los Morillos, utensilio para
el hogar o la chimenea, compuesto por dos barras metálicas que sirven de
caballete o soporte para la leña apoyados en el suelo, facilitando la
combustión. Proceden de la ciudad romana Julióbriga y tienen una característica
forma de toro.
Y, al fondo, una sala con un curioso audiovisual en el
que se interpretan diversas escenas de la clase alta romana, como las termas o
las reuniones en las casas. Sin duda, la parte más original de todas y que te
sumerge totalmente en el mundo romano.
La parte final de esta sección expone diferentes aras
líticas con epigrafía romana, dedicadas a dioses o encontradas en
enterramientos.
La última parte del museo está dedicada a la época
medieval. Aquí tenemos diversas piezas que nos muestran que la zona, tras la
dominación romana, mantuvo una cultura muy propia donde lo cristiano se
mezclaba con tradiciones de origen mucho más antiguo. Ello lo vemos en piezas
como el misterioso bloque de arenisca de San Pantaleón de Arcera, que contiene
un enigmático grabado pagano en forma de laberinto. El mismo guarda relación
con la civilización cretense y debió ser realizado entre los siglos V-VIII.
También son interesantes las piezas de relieves
tallados, las hebillas o los ajuares funerarios. En este caso debemos destacar
los jarritos-incensario de Castro Urdiales. Fueron hallados intactos y rellenos
e carboncillos junto a los restos de dos individuos en una tumba aparecida bajo
la Iglesia de Santa María. Se interpreta como un acto penitencial destinado a
aplacar la perturbación del descanso de los muertos, un ritual típico de la
época merovingia en el norte de Europa.
Y la mejor pieza se encuentra en una vitrina al final
del recorrido. El Broche de Hueso de Santa María de Hito. Es un broche
de cinturón encontrado en Valderredible y es único en la Península por su
material (hueso o marfil), su esmerado trabajo y su decoración. Consta de dos
partes: la hebilla, decorada con motivos circulares y lineales, y la placa, con
tres frisos con figuras de animales como perdices y pavos reales, entrelazados
con motivos vegetales y geométricos. La pieza podría reflejar la influencia del
arte califal (islámico) o incluso mozárabe en la zona durante los siglos IX o
X, aunque algunos investigadores creen que su origen es visigodo.
Si al salir del museo subís por esa calle rectos
llegaréis al Ascensor del río de la Pila, un funicular panorámico desde el que
obtendréis unas bonitas vistas de la ciudad. Nosotros no teníamos tiempo para
llegar hasta allí, por lo que dimos un paseo por el Paseo Marítimo, el
cual tiene, junto al Puerto Chico, la escultura de Los Raqueros.
Se trata de un conjunto de cuatro figuras infantiles,
realizadas en bronce, que recuerdan a los huérfanos o niños de familias
humildes que, para sobrevivir, se lanzaban al agua para recuperar las monedas
que los turistas y marineros les arrojaban desde los barcos o el muelle.
También realizaban pequeños hurtos o ayudaban en tareas del puerto para ganar
unas pocas propinas. Hoy en día, en Santander, el término se usa de forma
coloquial para referirse a alguien un poco malhablado, "barriobajero"
o con pocos modales.
De haber tenido más tiempo nos hubiéramos parado en el
Museo Marítimo del Cantábrico, el cual es famoso por tener en su
interior esqueletos de ballenas, así como exhibiciones sobre el patrimonio
marítimo local. Tenéis maquetas de barcos, piezas relacionadas con la pesca y,
en la planta inferior, un acuario.
Nosotros decidimos acercarnos directamente al famoso Parque
de La Magdalena. Ubicado en un enclave privilegiado de 25 hectáreas, el
Parque de la Magdalena es la parada obligatoria en cualquier visita a
Santander.
En este pulmón verde podrás visitar el majestuoso
Palacio Real (antigua residencia de verano de Alfonso XIII), descubrir el Museo
El Hombre y la Mar con sus impresionantes galeones, o disfrutar de su zoo
marino al aire libre, con sus pingüinos africanos o sus leones marinos.
Las vistas que se obtienen recorriendo sus senderos
son impresionantes, pues une mar y vegetación en una simbiosis encantadora.
Pero, lo mejor, es el palacio que se encuentra en la
cima del parque. Imagina caminar por un sendero rodeado de pinos, con la brisa
marina acariciándote la cara y, de repente, encontrarte frente a un palacio de
cuento.
Construido entre 1908 y 1912, el palacio fue un regalo
de la ciudad de Santander a los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia para que
lo utilizaran como residencia de verano. Gracias a este gesto, la ciudad se
consolidó como el destino estival favorito de la aristocracia española durante
casi dos décadas (1913-1930).
Se trata de un auténtico símbolo de la ciudad y, tal
vez, su imagen más reconocible. Exteriormente, lo que más llama la atención es
su estilo ecléctico, que mezcla influencias inglesas (visibles en sus tejados
de pizarra y chimeneas), francesas y toques del estilo neo-montañés cántabro.
Es tan fotogénico que ha servido de escenario principal para producciones
famosas como la serie Gran Hotel.
Nosotros solo lo vimos por fuera, pero existen visitas
guiadas a su interior, las cuales conservan mobiliario de la época. Destaca a
escalera principal de madera, el Salón de Baile y el Comedor de Gala.
Y, para terminar el día, nada mejor que relajarse en
la cercana Playa del Camello o en la famosa de El Sardinero. Entre ambas se
sitúa, en lo alto de un promontorio rocoso, la escultura de Neptuno niño.
Fue realizada en bronce por el reconocido escultor
cántabro Ramón Muriedas en 1979. La obra fue un encargo de UNICEF para
conmemorar el Año Internacional del Niño, siendo el objetivo rendir un homenaje
a la infancia y a su mundo onírico.
Y hasta aquí mi día por Santander. Una ciudad que me
ha dejado un gran sabor de boca y que, tal vez, regrese una tercer aves para
disfrutar de lo que se quedó en el tintero.
Hasta la próxima.









































No hay comentarios:
Publicar un comentario