domingo, 15 de febrero de 2026

Un día visitando Albarracín (Teruel)

  

Una de las mejores visitas que podéis hacer cuando visitéis la ciudad de Teruel (post sobre ciudad aquí) es la de acercaros a la localidad de Albarracín. Una pequeña localidad que está considerada como uno de los pueblos más bonitos de España.

 


¿Os animáis a conocerla?

 

¿Dónde se encuentra Albarracín?

 

Albarracín es una pequeña localidad que se encuentra a escasos 35 kilómetros de Teruel, por lo que es una visita muy sencilla cuando visitamos aquella ciudad. Situada en plena Sierra de Albarracín, junto a la cuenca del río Guadalaviar, posee una riqueza natural de gran relevancia.

 

 

¿Dónde aparcar al llegar a Albarracín?

 

Existen varios aparcamientos disuasorios justo antes de llegar a la localidad, pues dentro del pueblo no podrás entrar al estar reservado sólo para residentes.

 

En todos ellos existe un parquímetro que funciona con monedas, pudiendo elegir el tiempo que pasaremos estacionados. La tarifa para todo el día son unos 4€.

 

Yo os recomiendo aparcar junto al punto de información turística para así poder informaros de lo que tenéis que ver y la posibilidad de realizar alguna visita guiada por la localidad.

 

Si preferís hacer la visita por vuestra cuenta podéis aparcar más cerca de la localidad, junto al Restaurante Señorío de Albarracín.

 

Existe también la posibilidad de contratar visitas guiadas con la empresa Andador, la cual organiza visitas en la localidad de entre 1-1,5 horas según los monumentos a visitar (Web aquí).

 

¿Cuál es la Historia de Albarracín?

 

La Sierra de Albarracín fue poblada en el periodo Epipaleolítico por cazadores y recolectores que dejaron algunos testimonios notorios, como las pinturas rupestres de estilo levantino halladas en Albarracín.

 

Celtíberos y, posteriormente, romanos, poblaron estas tierras. Y se sabe que la actual localidad fue fundada sobre los restos de una villa romana. En época visigoda existía una iglesia dedicada a Santa María. Y, durante la dominación musulmana, Albarracín fue gobernada por la familia de los Beni Razín. Testimonios de este periodo son el torreón del Andador, la Alcazaba y la torre del Agua.

 

Tal fue la importancia en este periodo que en el siglo XI Albarracín era la capital de un pequeño reino de Taifa que se sostuvo un siglo independiente, hasta la llegada de los Almorávides. El dominio musulmán terminaría a finales del siglo XII, cuando los cristianos dominaron la zona, pasando posteriormente a depender de la Corona de Aragón.

 

La Edad Media será uno de los periodos de mayor desarrollo económico y arquitectónico. De esta época tenemos la muralla, cuyos restos más antiguos datan del siglo XI, y el castillo de El Andador. La Catedral de El Salvador se construyó en el siglo XIII en estilo gótico y se reformó en el siglo XVI. Anexo a la catedral se edificó el Palacio episcopal cuya actual fachada de estilo barroco, se incorporó en el siglo XVII. Será en esta época moderna cuando se construyeron los diferentes palacios y casonas que podemos ver actualmente.

 

¿Qué ver en Albarracín?

 

Si salís desde la oficina de Turismo y avanzáis por la Cuesta de Teruel, lo primero que encontraréis será el edificio de la Casa de la Brigadiera, hoy convertido en Hotel. Un edificio de piedra, señorial, que nos avanza lo que vamos a encontrarnos en este pueblo. Es un edificio de mampostería de tres pisos. En la parte inferior se abre la portada, de piedra, en arco de medio punto dovelado. En el segundo piso un balcón rectangular, y a la derecha un pequeño vano adintelado. En el tercero se abre la típica galería de arquillos de medio punto bajo un gran alero de madera.


 

El nombre del edificio proviene del último descendiente de la familia Asensio de Ocón y Marcilla, dueña del edificio, José María. Perteneciente a la vida militar, fue condecorado y nombrado brigadier por el rey Fernando VII. Nuestro brigadier casó en segundas nupcias con su sobrina doña Joaquina Dolz del Castellar y Toyuela, dama de una de las familias nobles de Albarracín. Poco duró el matrimonio, ya que don José María Asensio murió el 27 de octubre de 1847, sin dejar descendencia. Por ese motivo su viuda heredó todas sus posesiones, entre ellas el palacete del que estamos hablando. Según cuentan durante la Guerra de la Independencia, en el año 1809, los franceses entraron en la ciudad, doña Joaquina se vio obligada a alojar en su palacio a varios oficiales franceses. Una noche uno de ellos intentó propasarse con ella, y el resultado fue que el francés fue arrojado por una de las ventanas que se abren a la parte posterior de la casa, cayendo por los escarpes rocosos que dan a la parte oriental de la ciudad. Desde entonces la casa de los Asensio de Ocón, fue conocida como “la Casa de la Brigadiera”.

 

Junto al hotel se encuentra una curiosa vivienda cuya fachada está pintada en un sorprendente color azulado. Sin duda que destaca respecto al resto de construcciones de Albarracín. Esta vivienda, hoy convertida en apartamentos, perteneció a la familia de los Navarro de Arzuriaga. Según cuentan los locales, el color de la fachada de la Casa Azul se debe al amor.

 

Un joven de esta poderosa familia de Albarracín se enamoró, en uno de sus viajes, de una bella muchacha andaluza. Tal fue la química entre ambos, que la chica acompañó al joven de vuelta a su casa para vivir juntos. El contraste entre su lugar de origen y la sierra de Albarracín era tal que la muchacha sufrió añoranza de su tierra. Y, por ello, el joven enamorado decidió pintar la fachada de color añil, como era típico en Andalucía, y creó en el interior un bonito patio andaluz.


 

La fachada neoclásica, revocada en añil, forma una curva convexa de tres plantas: en la baja, arco de medio punto con moldura a modo de chambrana; línea de ventanas en el segundo piso; y en la tercera planta, huecos más pequeños que se inscriben en el alero de media caña, muy prominente y decorado. Destaca, en un extremo del edificio, el cuerpo de iluminación de la escalera, cuadrado, con dos huecos por lado, pilastras y cornisas con molduras clásicas del siglo XVIII.

 

Siguiendo la calle Azagra llegaremos a la Plaza Mayor, situada en la parte baja de la ciudad. Se trata de un pequeño espacio con mucho encanto, pues está rodeada de casonas con amplias balconadas de madera en los pisos superiores. Aquí se alza el Ayuntamiento (siglo XIV) y existen soportales que se abren a un bello mirador. Si queréis tomar algo existen locales típicos y pintorescos que se llenan todos los fines de semana.


 

Desde este lugar podéis perderos callejeando por la localidad llena de calles estrechas (que protegen de las inclemencias del tiempo) y altos edificios, algo más anchos en la parte inferior, para dejar paso a los carros. Las casas tienen un característico color rojizo, producto del yeso utilizado en sus fachadas, el cual adquiere con el tiempo ese color. Sin duda tal característica ofrece al urbanismo un encanto verdaderamente especial.


 

Muy cerca de la plaza se encuentra el denominado Rincón del Abanico, un punto en el cual la disposición de las casas y calles, vistas desde cierto ángulo, recuerdan la forma de un abanico. 



Es uno de los lugares más fotografiados de Albarracín, tanto por su aspecto pintoresco, como por reunir varias casas medievales típicas, con su color terroso, sus balcones de madera y sus detalles arquitectónicos y decorativos típicos. Uno de ellos son las aldabas, con formas de lagartos, o los escudos nobiliares. Encontraréis muchos ejemplos diferentes diseminados en las casas más importantes de la ciudad. Os animo a buscarlos.

 


Un poco más adelante encontraréis el palacio Casa- Museo de Albarracín, dedicado a museo etnográfico donde se exponen estancias típicas de la vida rural de esta localidad. Este museo, situado en la vivienda de la familia Pérez Toyuela, podéis visitarlo con la visita guiada que os comenté anteriormente.

 


Y muy cerca de aquí también tenéis, a mi parecer, el lugar más icónico de Albarracín, la Casa de la Julineta. Se trata de una casa de yeso y de madera, de sorprendentes irregularidades constructivas, que conserva los elementos característicos de las peculiares edificaciones de Albarracín. Fue construida en el siglo XIV, sobre un ángulo agudo que forma la calle del Portal de Molina y la calle de Santiago. Su nombre proviene de la dueña que vivió en ella. Os recomiendo pasar junto a ella y mirar hacia arriba. Tendréis la sensación de que se os va a caer encima la fachada. Hoy en día se usa como residencia-taller para artistas, por lo que su visita interior (con una profusión curiosa de escalinatas) no está permitida.

 


Unos pasos más adelante se inicia la ruta para subir hasta las murallas de Albarracín. Un paseo que nosotros no llegamos a realizar por falta de tiempo y exceso de calor (no existen sombras). Y en la calle Palacios tenéis el acceso a un bonito mirador hacia el río Guadalaviar y parte de la localidad.

 


Volviendo hacia la Plaza Mayor debemos tomar la Calle de la Catedral para acceder al edificio religioso más importante de la localidad. Sorprende encontrar en un pueblo tan pequeño un edificio tan imponente e importante como el de la Catedral del Salvador de Albarracín.

 


Antes de entrar, asomaos al mirador que se encuentra justo enfrente de la entrada para admirar una bella vista de las murallas.


 

La visita al interior de la Catedral sólo se realiza a través de visitas guiadas, por lo que os aconsejo reservar con antelación la entrada en épocas con mucha afluencia. La gestión de las entradas corre a cargo de la Fundación Santa María de Albarracín, la cual organiza diferentes visitas guiadas, tanto a la Catedral en exclusiva como también a la localidad, mostrando los principales monumentos, tales como el castillo. Aquí también podréis adquirir, si lo deseáis, las entradas para el Museo Diocesano y el Museo de Albarracín.

 

La primitiva catedral data de finales del siglo XII, cuando la localidad fue reconquistada por los cristianos. Se levantó, sobre la antigua mezquita, en un estilo románico del que poco o nada queda. La actual catedral que podemos ver se construyó en el siglo XVI, en un estilo claramente renacentista. Su exterior no tiene muchos elementos destacables, salvo la poderosa torre campanario, con su colorido tejado, y la situación de la misma, dominando toda la población. El acceso principal al templo se realiza, inusualmente, por la cabecera, a través de una sencilla portada barroca precedida por una escalinata. La misma nos llevará al claustro cubierto, reformado hace pocos años.

 


El templo tiene una planta rectangular que consta de una sola nave. Tiene bóveda de crucería gótica y unas interesantes capillas laterales que se reparten entre los contrafuertes. Tanto la nave como el claustro se reformaron en el siglo XVIII, lo que le otorgó el aspecto barroco actual.

 


En la capilla mayor, de forma poligonal cubierta por bóveda de crucería con nervios combados, destaca el retablo mayor, de estilo renacentista (1566), obra del escultor Cosme Damián Bas, con figuras de santos, escenas de la vida de Jesús y María y un gran relieve central representando la Transfiguración. Fijáos también en el espectacular sagrario.

 


De entre las capillas laterales, la más destacada, por sus dimensiones y decoración, es la de la Virgen del Pilar. Posee un suntuoso retablo barroco y una bonita decoración en estuco en muros y bóveda. En un lateral del retablo se conservan las reliquias de San Fausto (una de las michas existentes por el mundo, por cierto).

 


Destacar también la capilla de San Pedro, cuyo retablo, por la calidad de su talla en madera de pino sin policromar, lo convierte en uno de los tesoros de este monumento. Su autor, aunque desconocido, bien podría ser el mismo que realizó el retablo de la Catedral de Teruel.

 


Durante la última restauración se descubrieron numerosos tesoros decorativos que dan aún más valor al monumento. En la zona del coro existen bonitos frescos que han adquirido su color original. Y, entre el coro y el magnífico órgano, en una pequeña esquina donde se ubica la pila bautismal, se encontraron frescos medievales sobre el tema del descendimiento.

 


Pero, sin duda, el mejor descubrimiento de este tipo lo encontramos en la capilla de la Circuncisión, donde las reformas sacaron a la luz unas interesantes pinturas en grisalla (con pintura se imitan esculturas) del siglo XVI. Las mismas son un catecismo, pues muestran momentos importantes de la vida de Jesús, como su nacimiento o su bautismo. En esta sala está expuesto un bonito retablo con el tema de la circuncisión de Jesús.

 


El Museo Diocesano puede completar perfectamente la visita al arte religioso de Albarracín. Situado en el antiguo Palacio Episcopal, nos permitirá recorrer las estancias como estaban en el siglo XVIII, así como disfrutar de la colección de piezas del tesoro diocesano.

 

Entre las piezas a destacar un curioso pez de cristal de roca de excepcional factura, tapices flamencos muy coloridos, pinturas medievales, elementos de rica orfebrería y tejidos del ajuar episcopal. Entre las salas a visitar, podréis admirar la gran cocina y todas las salas nobles, con sus pavimentos y decoración pictórica original.

 


El otro gran museo de la ciudad es el Museo de Albarracín, situado en el antiguo hospital de la localidad. No obstante, ese no fue su único uso, pues también ha sido utilizado como cárcel, almacén municipal e, incluso, vivienda.

 

La visita al museo nos permite hacer un recorrido por el entorno de Albarracín y su historia. En la planta de acceso encontramos dos salas para exposiciones temporales y otras tantas con el análisis del entorno de Albarracín y los primeros tiempos de ocupación humana. La primera planta, dedicada a la Edad Media, presenta la colección de las piezas más destacables surgidas de las excavaciones del Castillo. Destaca de ellas la muestra de piezas islámicas, una de las más interesantes y variadas del país: cerámica, metales, orfebrería, elementos en hueso… A aquella misma etapa, pero en tiempos ya del señorío cristiano de los Azagra, pertenece el fuero de la ciudad, documento original del siglo XIII. Por último, en la bajocubierta haremos un paseo por el Albarracín del siglo XVI hasta el XX.

 


El Castillo de Albarracín es la otra visita interesante que podemos realizar.

Se levanta sobre el recinto de la antigua Alcazaba de los Banu Razín, situada sobre un promontorio rocoso que domina toda la ciudad y el valle. El espacio es un gran campo arqueológico donde podremos observar los restos de viviendas de la época andalusí pertenecientes a las élites. Casas cuya entrada se dirige al patio central haciendo un recorrido en recodo que impedía la visión del interior de la vivienda desde el exterior. Alrededor de este patio se distribuyen las estancias: cocina, letrina y la sala principal a la que, en el siglo XII, se accede por una doble puerta. De las distintas casas conservadas, destaca la vivienda principal que, ubicada en la parte más alta de la fortaleza, contaba con un hipocausto que calentaba un baño o hammam.

 


Por otro lado, la recuperación del paso de ronda del perímetro defensivo lo convierte en mirador privilegiado que nos permite una visión total de Albarracín y su entorno natural.

 

Salvo que sea domingo (pues solo abre ese día) no hace falta que os acerquéis al extremo sur de la ciudad. Allí se encuentra la Torre de Doña Blanca, una de las tres torres fortificadas que protegían la ciudad. Se trata de una de las más antiguas (siglo XIII) y hoy en día existe un bonito mirador desde su terraza. En el interior encontraréis exposiciones de pintura y fotografía.

 

Hasta aquí la visita a Albarracín. Nosotros apenas estuvimos una mañana larga en la localidad, quedándonos con ganas de pasar más tiempo y empaparnos de todo el encanto que atesora en sus calles y patrimonio artístico. Por tanto, os aconsejo perfectamente el lugar como escapada de fin de semana, pues posee, además, muchos atractivos en los alrededores, tales como el Paseo Fluvial del río Guadalaviar, la cascada de Calomarde, el entorno natural de Pinares de Rodeno o el Barranco de la Hoz.

 

Hasta la próxima

 


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