domingo, 11 de febrero de 2024

Las primeras lupas de la historia

 

 

Hoy vamos a con un artículo sobre historia de la óptica. Seguro que muchos sabéis que las gafas para ver de cerca se inventaron en el norte de Italia hacia finales del siglo XIII. Concretamente, la documentación indica que fue en el año 1286. Tenéis un artículo que escribí sobre ello para la revista interna de la empresa en la que trabajo en este blog (aquí).

 

Ahora bien. ¿Qué hacían antes de inventarse estas gafas los présbitas? Hoy vamos a dar unas respuestas y descubrir que el pasado de la óptica es mucho más lejano de lo que se pensaba hasta hace unos pocos años. ¿Os anima el tema?

 

Las gafas, tal como las conocemos, se inventaron en la Edad Media. Al principio no tenían varillas, sino que se apoyaban a la nariz una especie de quevedos primitivos no muy cómodos. No obstante, a pesar de su precariedad, la posibilidad de dejar libres las manos mientras la gafa se sostiene en la nariz supuso una evolución muy importante.

 


Hasta aquella fecha, lo que las personas utilizaban cuando no podían ver a distancias cortas eran las llamadas piedras de aumento. Tenemos varios ejemplos diseminados por los museos europeos, así como referencias en textos escritos.

 

Por ejemplo, en la obra de Roger Bacon (Opus Maius, 1267), importante científico inglés del siglo XIII, existe la siguiente referencia a las piedras de aumento y su uso: “un segmento de esfera hace ver los objetos más gruesos”, y que éste “debería ser útil instrumento para las personas ancianas y aquellas que tienen ojos débiles, pues ellas pueden así ver pequeñas letras con grandor suficiente”. La obra de Bacon tuvo escasa difusión fura de los círculos papales, por lo que no tuvo nada que ver en la invención de las gafas.

 

Y sus conclusiones no hacían sino repetir argumentos que ya habían tratado otros autores anteriores, como Grosseteste o Alhacén (965-1040). Este último investigador musulmán ofreció una avanzada explicación del sistema visual y estudió el poder magnificador de las lentes positivas, entre otras muchas cosas. Aunque, no dejó escrito que fueran algo útil para los présbitas.

 

Las piedras de lectura, como se las solía llamar en la Edad Media, tuvieron una gran difusión en los ámbitos monacales, donde los monjes debían realizar miniaturas en los libros de enorme precisión. Las piedras de lectura se colocaban encima de los textos que se querían ver más grandes, o sobre obras de arte que necesitaban una precisión en su realización muy minuciosa. Monjes, orfebres y artesanos pudieron conocer estas piedras de lectura y utilizarlas de forma esporádica desde el S. XI en Europa.

 


Se suele atribuir al científico andalusí Abbás Ibn Firnas (810-887) la creación de las primeras piedras de lectura, dado que descubrió un método eficaz para tallar cristal. En verdad se trataría de un redescubridor de la utilidad de estas lentes tipo lupa, las cuales ya se utilizaban desde hacía más tiempo por civilizaciones anteriores.

 

Estas piedras de aumento pueden rastrearse hasta época romana fácilmente. En los escritos de los autores romanos tenemos varias referencias a estos objetos ópticos que servían para magnificar la imagen de los textos.

 

Una de las más importantes aparece en la obra de Séneca Quaestiones Naturales, escrita alrededor del año 65 d.C. En esta famosa obra, dedicada a describir cuestiones meteorológicas, mineralógicas y oceanográficas, tenemos un par de pasajes en donde el filósofo romano trata de varios aspectos relacionados con el mundo óptico.


 

En el primero podemos observar la primera descripción del poder amplificador que posee un vidrio lleno de agua. El orador romano nos muestra que a través de un vidrio lleno de agua no sólo vemos más grandes los objetos, sino que también podemos leer mejor. Aunque Séneca no se detiene a explicar la utilidad práctica de tal fenómeno, debemos suponer que algunos romanos pudieron utilizar vidrios llenos de agua para poder ver a través de ellos documentos y trabajar con más detalle en sus pequeñas obras de arte, tales como camafeos.

 

No obstante, no debemos dejarnos sorprender por esta cita, ni elucubrar sobre un uso extendido de este tipo de solución para corregir la vista cansada. En época romana eran pocos los afortunados que sabían leer, al igual que eran pocos los que llegaban a la vejez y sufrían los problemas de vista cansada. Sólo las élites tenían la posibilidad real de llegar a viejos y cuando la vista cansada les afectaba les resultaba más práctico y barato utilizar esclavos para que les leyeran documentos que andar leyendo con unas rudimentarias lupas: “Añadirá que todos los objetos vistos a través del agua, parecen mucho más grandes. La escritura menuda y embrollada, leída a través de un globo de cristal lleno de agua, aparece mayor y más clara. Las frutas nadando en cristal, parecen más bellas de lo que son”.

 

Pero no fueron tampoco los romanos, a pesar de su infinita practicidad, los que inventaron las piedras de aumento. Un reciente estudio parece señalar que tales piedras de aumento existían desde al menos el 750-700 a.C.

 

Un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de Illinois, la Universidad Western Illinois, y la Universidad de California en San Diego, han realizado un estudio detallado de un conjunto de artefactos descubiertos a principios del siglo XX en el sitio arqueológico del Templo de Atenea en la acrópolis de Ialisos, una de las tres ciudades más importantes de Rodas.

 

En las décadas de 1920 y 1930, una misión arqueológica italiana excavó depósitos de ofrendas en las cuevas naturales al sur y oeste del templo, encontrando, entre muchas otras cosas, un conjunto de ocho artefactos de cristal plano-convexos rodeados por anillos de bronce con mango. Los mismos fueron datados en la época arcaica, entre el 750-700 a.C.

 


Para determinar su posible función, el equipo realizó un detallado análisis óptico de los artefactos. Midieron sus distancias focales, que variaron entre 18-21.5 mm, lo que les confería amplificaciones teóricas de 8.3 a 13.2 aumentos. Con este poder magnificador, los autores del estudio comprobaron que era posible, para una persona con una visión normal, poder discernir detalles imposibles de ver a simple vista.

 

Las lentes de vidrio fueron realizadas para ser engarzadas en los anillos de metal, los cuales tienen unas marcas relacionadas con su poder dióptrico: a menores marcas, mayor resolución. Lo que tenemos aquí, de ser cierta la hipótesis planteada, es una especie de caja de prueba de lupas de diferentes aumentos.


 

La hipótesis de los autores es que estas piezas, las primeras lupas conocidas de la historia, debieron ser realizadas por los fenicios. Los mismos tenían un gran conocimiento en el trabajo del vidrio, realizaron joyas con detalles decorativos increíblemente precisos y estaban presentes en Rodas y todo el Egeo. No es descabellado pensar, según los autores, que fueron fenicios asentados en Rodas los autores de tales lupas. Y estos objetos serían utilizados por artesanos, como grabadores de sellos o metales, que necesitaban observar detalles finos.

 

De confirmarse el uso propuesto para estos objetos demostraría que en algunas culturas mediterráneas más avanzadas, ya se conocían y fabricaban rudimentarias herramientas ópticas antes del periodo helenístico.

 

Fuente principal:

Georgia Tsouvala, Lee L. Brice, Alex Papen, George Papen, Quantitative characterization of archaic magnifying lenses from Ialysos, Rhodes. Journal of Archaeological Science: Reports, vol.53, February 2024, 104320. doi.org/10.1016/j.jasrep.2023.104320

 

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