miércoles, 6 de mayo de 2015

El museo del ejército de Toledo tiene una exposición impresionante



El pasado puente de mayo me acerqué a la maravillosa ciudad de Toledo y una de las visitas que más ganas tenía de hacer era al nuevo Museo del Ejército, situado en el edificio histórico del Alcázar.

Desde que cerrara el de Madrid y las piezas fueran trasladadas a Toledo no había tenido ocasión de asistir. Y debo decir que, a pesar de las críticas recibidas, el museo ha logrado modernizarse y actualizarse. Tanto como para que sea una de las visitas de referencia de la ciudad.

Ahora bien, no es oro todo lo que reluce. Y sin querer ser demasiado crítico o subjetivo, si existen algunos aspectos que no llego a entender. A continuación os daré toda la información para visitar este importante museo, recomendándoos encarecidamente su descubrimiento.


El museo del ejército español se encuentra en un edificio histórico impresionante. En la colina más alta de la ciudad se alza el Alcázar, un edificio que nos recordará la típica imagen de El Escorial. En efecto, fue realizado en el siglo XVI bajo similares criterios, por orden de Carlos I. Y sus tres constructores fueron  Alonso de Covarrubias, Francisco de Villalpando y Juan de Herrera. Se trata de un edificio cuadrangular, compacto y ordenado en torno a un monumental patio central, donde destaca la figura central de Carlos V, la doble arcada sostenida por arcos de capiteles corintios y compuestos y la no menos asombrosa escalera imperial, obra de Villalpando . La fachada también es de gran sobriedad y belleza, dividida en tres pisos, con ventanas que poseen diferente decoración. Mención aparte tiene el gran escudo imperial de la entrada, reflejo del poder universal de la monarquía de los Austrias españoles.

En la visita al museo tenemos un itinerario paralelo donde podemos ver las principales partes de este singular e importante edificio de la historia española. Sólo la visita del edificio merecería la pena, pero además es sede del museo del ejército español, uno de los más importantes del mundo.

El cambio del museo de Madrid a Toledo ha tenido aspectos positivos y negativos. Entre los primeros cabe destacar la modernización de la exposición, la cual incluye numerosos paneles explicativos, salas amplias, recorridos temáticos y ordenados, montajes audiovisuales…

Entre los aspectos negativos que pude apreciar están varios que no son baladíes. Teniendo tanto espacio como el que tiene el edifico del Alcázar me sorprendió enormemente que la exposición incluyera tan pocas piezas.

Me explico. Para cualquier profano la visita es casi inabarcable. Resulta imposible en una jornada abarcar todas las salas, por lo que es recomendable centrarse en la época que más nos interese. Ahora bien, para personas expertas, sorprende que de las 35.000 piezas que posee el museo apenas se muestren unas 5.000. ¡Se podría hacer otro museo en Madrid con la mitad de lo restante!

Algunos pensarán que ver diez cañones y cien es lo mismo. Pero no lo es. Máxime cuando muchos de ellos tienen su historia particular. Y este es otro fallo del nuevo museo. Han logrado crear un recorrido histórico y cronológico genial. Pero se han olvidado de potenciar la historicidad de cada una de las piezas expuestas. Es decir, sabremos el armamento que usaban los tercios españoles del siglo XVI. Pero no sabremos a ciencia cierta cuáles fueron sus principales logros. Descubriréis más información sobre batallas épicas de nuestro ejército en las revistas y libros especializados de la tienda que entre las vitrinas expositivas. ¿Sería ese su objetivo realmente?

El museo, a pesar de su aire moderno, es tremendamente confuso. Ascensores que no conectan todas las plantas, un itinerario complicado… Os aconsejo encarecidamente estudiaros bien el mapa del museo (os adjunto PDF al final) para no deambular como auténticos “caminantes” por esos pasillos asépticos e idénticos.

Otro aspecto muy criticado es la entrada moderna. No me parece tan hiriente para el gusto actual y la arquitectura tiene que ser algo vivo que se adapte al paso del tiempo. Ahora bien, tapar la hermosa fachada realizada por Covarrubias al público general es un crimen histórico de magnitud insondable.

Y no menos importante es la ocultación del asedio del Alcázar durante la Guerra civil Española. Si el antiguo museo pecaba de subjetividad en su exposición (no en vano databa de época franquista), en el nuevo las referencias a este periodo histórico han sido, prácticamente, borradas. Ningún turista chino que visite el museo se llevará la idea de que allí aconteció un importante suceso militar del siglo pasado. Y eso, por otros motivos, también es tergiversación histórica. Pues tan malo es para la historia una información falsa de lo sucedido como la eliminación de toda huella de un hecho histórico. En fin, parece que no terminamos de pasar página…

A pesar de todo lo anterior debo reconocer que el nuevo museo entra por los ojos. Es agradable de visitar (siempre que sepamos donde estamos) y tiene una amplitud cómoda. Aunque para un romántico como yo, conocedor del abigarramiento de piezas del antiguo museo del ejército madrileño, el aspecto actual sea demasiado aséptico. En mi opinión parece más un hospital que un museo. Y tratándose del museo del ejército la cosa tiene delito, ¿verdad?

A continuación os voy a dejar la información de los paneles así como las fotografías de la primera exposición que os encontraréis al entrar al museo (antes de acceder al Alcázar mismo). En su día fue una exposición temporal que, debido al interés del tema, creo que ha quedado consolidada como importante introducción al museo en sí mismo. La estética es idéntica al resto del museo, razón por la cual os ayudará a haceros una idea muy aproximada de lo que os esperará más adelante.

Espero que os guste. Seguro que a más de uno se le abrirá la boca y tendrá el gusanillo de visitar este excepcional museo.

Los ejércitos antes del Ejército

En la historia de la Humanidad el enfrentamiento entre grupos humanos ha sido una constante: cazadores que pelearon por controlar los recursos, sociedades prehistóricas defendidas por guerreros y civilizaciones antiguas engrandecidas por las acciones de sus ejércitos. Toda una herencia recogida en la Edad Media para crear una sociedad fundamentalmente guerrera y caballeresca.

La aparición de las primeras armas

Las primeras armas fueron relativamente simples, ya que se trataba de instrumentos líticos utilizados en actividades cotidianas.
Tampoco existían especialistas en combatir, pues no había artefactos que exigieran una preparación previa para su uso. De modo que las hachas de piedra empleadas para cortar la madera, o las flechas arrojadas por los arcos utilizados para la caza, pudieron ser aprovechadas para dirimir disputas entre diferentes grupos humanos, tal y como demuestran algunas pinturas rupestres del arte levantino.
Primeras armas prehistóricas multifuncionales
No será hasta el Calcolítico (c. 3.000 a.C.) cuando aparecerán las primeras armas fabricadas en metal cobre, hecho que coincidirá con la aparición de las primeras fortificaciones complejas, con atalayas y bastiones circulares, que dan idea de una creciente jerarquización tanto de la sociedad como del poblamiento.
  


Las primeras armas de metal

La metalurgia del bronce permitió el avance de la tecnología armamentística. De este modo, junto a otros utensilios que por su carácter polifuncional pudieron ser empleados como armas, aparecieron nuevos tipos de objetos que completaron una panoplia cada vez más especializada. Cascos, lanzas, espadas, puñales y alabardas fueron depositados en las tumbas, resaltando el estatus de su propietario y su carácter guerrero.
Primeras armas de metal
Además, junto a los objetos reales, aparecerán imágenes esquemáticas de armas y carros que acompañaban a individuos en grabados rupestres y estelas funerarias. Tradicionalmente, estas representaciones han sido interpretadas como guerreros heroizados, lo que les confiere un fuerte carácter mágico y simbólico.



Íberos y celtíberos

Armas de Íberos y Celtíberos
A partir del siglo VIII a.C. se observa un desarrollo progresivo de los aspectos militares en la Península Ibérica. Coincidiendo con la introducción de la metalurgia del hierro, las culturas ibérica y celtibérica comenzaron a presentar rasgos propios, reconocibles en los tipos de armas y en los sistemas defensivos de sus poblados. Al mismo tiempo, experimentaron influencias de otras tradiciones culturales procedentes del mundo mediterráneo y Europa central, sobre todo a partir de las confrontaciones con cartagineses y romanos.
De este modo, la guerra resulta de importancia capital para comprender estas sociedades, al desarrollarse en ellas una ética guerrera que llevará a la aparición de élites militares, a la jerarquización del territorio en torno a ciudades amuralladas, y, en último término, al desarrollo de panoplias armamentísticas.




La guerra en las culturas Ibérica y Celtibérica

Armas Celtíberas
Para íberos y celtíberos, la guerra constituía una manera de conseguir prestigio y riqueza, gracias al honor y fama que proporcionaba la victoria. Por eso, los valores guerreros desempeñaron un papel muy importante en ambas culturas, desde sus fases formativas y hasta la llegada del mundo romano.
De este modo, un gran número de autores grecolatinos se hicieron eco de las excelencias de estos ejércitos y describieron sus diferentes tácticas y modos de combatir: desde la guerra de guerrillas hasta los enfrentamientos disputados en campo abierto, pasando por el combate individual de campeones. En este sentido, afirmaba Diodoro de Sicilia (5, 29, 2): “es su costumbre cuando están formados en batalla salir de sus líneas para desafiar al más valeroso de sus oponentes a un combate individual, blandiendo sus armas para atemorizar a sus adversarios. Y cuando algún hombre acepta el reto de luchar, porrumpen en cánticos alabando las hazañas de sus antepasados.”



El cerco de Numancia

Maqueta de un guerrero numantino 134 a.C.
Entre el año 218 y el 17 a.C. tuvo lugar la conquista romana de Hispania. Esta se realizó en varias fases, viéndose frenada por la resistencia que las poblaciones indígenas del norte y del interior peninsular ofrecieron al avance de las legiones romanas.
Uno de los acontecimientos más recordados por los escritores grecolatinos fue la Guerra de Numancia. Esta pequeña población arévaca encabezó la lucha que los celtíberos opusieron a Roma entre el 153 y 151 a.C.; y adquirió el protagonismo absoluto entre el 141 y el 133 a.C., al vencer a los sucesivos cónsules que fueron enviados a sofocar su resistencia. Para poner fin a esta situación, en el año 134 a.C., el Senado romano envió a Publio Cornelio Escipión Emiliano, el vencedor de Cartago, quién, tras someter a la ciudad a un largo asedio, propició su destrucción, poniendo fin a dos décadas de enfrentamiento con Roma.




Hispanos en el ejército romano

Las legiones romanas que participaron en las guerras de conquista del centro y norte peninsular contaron siempre con el apoyo de tropas auxiliares reclutadas entre las poblaciones indígenas; si bien estas luchaban bajo las órdenes de sus correspondientes jefes y con sus propias tácticas, técnicas y armamento.
Sin embargo, desde comienzos del siglo I a.C. Roma comenzó a integrar formaciones regulares de hispanos en su ejército, hasta que, gracias a la política de Augusto, pasaron a ser profesionales y dotadas de una organización homogénea.
Armas de un soldado romano
De modo que, y pese a que los provinciales hispanos no tenían la ciudadanía romana, fueron equiparados a los legionarios en aspectos tácticos y técnicos, integrando alas de caballería y cohortes de infantería cuyos efectivos acabarán por luchar en diferentes frentes del Imperio, tan distantes como el del Rhin, el Danubio o el norte de África.


La legión romana

Maqueta de un soldado romano
En época imperial, cada legión estaba compuesta por unos 5.000 hombres, que para ser más operativos se articulaban en unidades tácticas menores, tanto en sentido longitudinal como en profundidad.
De este modo, los legionarios se distribuían en diez cohortes y en sesenta centurias de 80 legionarios cada una, excepto la primera cohorte que duplicaba los efectivos de sus centurias.
Al frente de la legión se encontraba el legado, asistido por un cuerpo de oficiales constituido por seis tribunos militares, un praefecto castrorum encargado de organizar el campamento y un aquilifer que portaba el águila de la legión.
Por su parte, cada centuria contaba con un centurión que la mandaba; un optio que servía de lugarteniente del centurión; un signifer que llevaba el estandarte; un teserario encargado de las tareas de seguridad; y un cornicer que transmitía las órdenes.



El ejército visigodo

Maqueta guerrero visigodo
El visigodo fue, sobre todo, un ejército de control territorial basado en el establecimiento de tropas en las grandes ciudades y en la militarización de sus fronteras. Desde el punto de vista táctico, se basó en una combinación flexible de la caballería y la infantería, aunque desde el reinado de Ataulfo (410-415) se observa un mayor peso de la primera.
Constituido sobre una base territorial, los oficiales superiores pertenecían a la aristocracia visigoda, mientras que la masa de guerreros estaba compuesta por hombres libres de estirpe goda o germana. Sin embargo, desde el reinado de Alarico (487-507) comenzaron a ser admitidos antiguos esclavos, desclasados y provinciales de origen diverso.





La estructura del ejército

Durante los siglos V y VI, la composición del ejército visigodo vino a reproducir la organización militar de las legiones romanas, establecida en una base decimal que demostró ser de gran efectividad.
El Rey ostentaba el mando absoluto. Por debajo de él se encontraban el Dux provinciae, con mando en la provincia, y los Comes exercitus, que mandaban los contingentes militares de cada ciudad.
El cuerpo de oficiales lo completaban el Thiufadadus, que mandaría una thiufa (1.000 hombres); el Quingentenarius (500 hombres); el Centenarius (100 hombres); y el Decanus (10 hombres).

El arte de la guerra

Maqueta guerrero musulmán medieval
Durante los casi ocho siglos de presencia árabe en la Península Ibérica (711-1492), se sucedieron numerosas confrontaciones bélicas, no sólo de cristianos contra musulmanes, sino también entre los diversos reinos hispanos, así como de las diferentes taifas islámicas entre sí.
La superioridad inicial musulmana en el terreno bélico posibilitó la conquista de la práctica totalidad de la Península, hasta que los reinos cristianos del norte lograron contrarrestar sus efectos y situar las fronteras en los valles del Ebro y el Tajo.
Los años finales del siglo XI constituyen el punto de partida para la supremacía militar de los reinos cristianos, quienes ampliarán sus fronteras a base de una sucesión de cercos de los principales enclaves andalusíes. El avance sobre los antiguos territorios califales sólo pudo ser contenido momentáneamente con la llegada de otros pueblos norteafricanos, aunque a finales del siglo XIII la frontera se situó en el Estrecho de Gibraltar, quedando reducida la presencia islámica al reino de Granada.



Las batallas campales

Los enfrentamientos directos de dos grandes ejércitos en campo abierto sólo jugaron un papel secundario a lo largo de la Edad Media.
Los contendientes prefirieron aproximaciones indirectas al enemigo antes que arriesgarse a la destrucción masiva de sus fuerzas, sobre todo cuando la victoria no siempre garantizaba la consecución del objetivo prioritario: la expansión territorial.
Armamento cristiano medieval
Con todo, hubo batallas campales entre cristianos y musulmanes, aunque casi nunca fueron concebidas para destruir las fuerzas del adversario, a excepción de Las Navas de Tolosa (1212), sino para detener incursiones enemigas –batallas de Zalaca (1085), Consuegra (1097) y Alarcos (1195)-, o para tratar de levantar un asedio, El Cuarte (1094), Uclés (1108), etc.



Batallas decisivas

La victoria de los ejércitos andalusíes y almohades en Alarcos, sobre las tropas castellanas mandadas por Alfonso VIII (1195), supuso un freno para el avance cristiano, así como la pérdida de un importante sector de la frontera toledana al sur del Tajo. Además, la derrota cristiana ocasionó la quiebra de la alianza entre los diferentes reinos, propiciando que Alfonso IX de León pactase con los árabes para atacar a Castilla.
Por el contrario, la trascendente victoria conseguida por la alianza de los diferentes reinos cristianos en las proximidades de las Navas de Tolosa (1212), desmanteló el contingente norteafricano y permitió a los castellanos afianzar su presencia entre el Tajo y Sierra Morena.


La organización de los ejércitos medievales

Los ejércitos medievales eran muy heterogéneos, como consecuencia de la diversidad de sistemas de reclutamiento, de la variedad de su armamento y del distinto nivel de instrucción de cada contingente.
Junto a las huestes que formaban parte del ejército regular islámico, combatieron tropas voluntarias que cumplían el precepto coránico de la yihad, esclavos convertidos al Islam, bereberes norteafricanos e, incluso, mercenarios de muy diversa procedencia, incluidos cristianos de otros reinos peninsulares o europeos. Por su parte, a las mesnadas organizadas en torno a los diferentes reyes cristianos se sumaron contingentes aportados por nobles y señores, las milicias urbanas y concejiles, combatientes de Órdenes Militares, así como tropas mercenarias al servicio de los diferentes reinos.


Tácticas de combate

Maqueta caballero pesado cristiano
La táctica de lucha en campo abierto más representativa de los ejércitos cristianos fue la carga de la caballería pesada. Para ello, se formaban grupos compactos de caballeros armados con cota de malla, escudo y lanza larga, dispuestos unos junto a otros en varias filas de profundidad que proporcionaban una gran fuerza de choque al cargar sobre el enemigo.
Por su parte, los musulmanes desarrollaron tácticas de combate basadas en la velocidad de movimientos de su caballería.
Los jinetes islámicos solían portar equipos y armas más ligeras, lo que permitía realizar movimientos envolventes, atacar por los flancos o la retaguardia, y practicar la táctica del tornafuy: retiradas fingidas seguidas de inesperados retornos a la carga.





El soldado cristiano

Armaduras cristianas final Edad Media
La caballería fue el arma más completa y contundente de los ejércitos cristianos peninsulares. Los jinetes portaban espadas rectas de doble filo y largas lanzas con las que cargaban sobre el adversario, empleando para su defensa escudos alargados, cascos metálicos, protecciones de cuero acolchadas y mallas de anillas entrelazadas para resguardar las diferentes partes del cuerpo.
A partir del siglo XIII, y por la influencia continental, el perfeccionamiento de estos equipos dará lugar a una caballería acorazada que culminará con la aparición, en el siglo XIV, de pesadas armaduras de placas metálicas y los primeros elementos de arnés.
Por su parte, la infantería jugó un papel militar menor que el de la caballería, aunque también se vio afectada por las mejoras en el armamento ofensivo, al perfeccionarse el uso de artefactos como la ballesta o con la aparición, en el siglo XV, de una gran variedad de tipos de alabardas y, sobre todo, las primeras armas de fuego individuales: las espingardas o cañones de mano.




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