domingo, 27 de abril de 2014

En Zugarramurdi hubo aquelarres de brujas



La última película de Alex de la Iglesia, “Las brujas de Zugarramurdi”, estrenada el 27 de septiembre no es una película histórica per se. A muchos les sorprenderá, por tanto, que la incluya en este blog, pero existe una poderosa razón.

 

Esta película tiene como contexto de fondo un hecho histórico, de gran trascendencia en nuestro país, que suele pasar bastante desapercibido: el proceso inquisitorial contra las brujas de esta localidad Navarra, que conllevó la muerte en la hoguera de seis personas.

 

La película, a la que no valoraré cinematográficamente, perpetúa el mito de la brujería en esta localidad, cuando los hechos históricos muestran la falsedad de tales acusaciones. Todos sabemos, al menos la mayoría, que las brujas no existen. Los procesos contra las brujas, muy frecuentes en Europa en el siglo XVI-XVIII, los consideramos actualmente como una persecución injustificada y totalmente arbitraria de nuestros antepasados. Pero este tipo de películas perpetúan una imagen falsa y malintencionada del pasado, dando crédito a hechos falsos.

 

El profesor Mikel Azurmendi realizó al respecto una comparación demoledora: ¿Cree alguien que se premiaría hoy en Europa una película donde a una víctima de Auschwitz se la propusiera como personaje báquico proclamando la excelencia de ser cocinada en el horno junto a millones de compañeros judíos?

¿Quieres conocer la verdadera Historia de la persecución de brujas en Zugarramurdi?

Para entender un poco el hecho histórico de Zugarramurdi debemos fijarnos en la situación acaecida, poco tiempo antes, en el territorio vecino de Labort, perteneciente al país vasco francés. En el año 1609 tuvo lugar una auténtica caza de brujas en aquél lugar.

 

Hasta entonces los conflictos relacionados con brujería se resolvían de manera pacífica en el interior de cada aldea o localidad. Pero en un momento dado, los señores de D'Amou y D'Uturbie pidieron ayuda al rey de Francia Enrique IV para que acabara con la plaga de brujas que asolaban sus dominios. A Labort llegó el implacable juez de Burdeos Pierre de Lancre, quién no tuvo reparos en utilizar todos los métodos necesarios para erradicar el mal de raíz de forma definitiva. Estos métodos incluían, entre otras cosas, castigos, torturas y todo tipo de vejaciones.

 

Conocemos la labor de este personaje gracias a los libros que escribió sobre el asunto. En ellos describía todo lo que había averiguado en sus pesquisas: celebración de aquelarres de brujas, adoración al macho cabrío, metamorfosis, provocación de desastres naturales, como tormentas para naufragar barcos o malas cosechas, celebración de misas negras… Sin duda sus argumentos debieron parecerle muy válidos pues en su proceso contra la brujería de la zona llegó a quemar en la hoguera a unas 80 personas.

 

Pero todas estas confesiones habían sido obtenidas bajo la tortura, por lo que poco crédito podemos dar a sus conclusiones. Las personas hicieron todo lo que pudieron por librarse del castigo de este implacable personaje, incluido el testimonio falso contra otros vecinos con tal de salvar sus vidas. La cascada de torturas, confesiones y más torturas llevaron a la situación de histeria colectiva que concluyó con los procesos judiciales de quema de brujas.

 

La vorágine de acusaciones de brujería y el ambiente enrarecido hacía que la zona fuese caldo de cultivo para seguir existiendo acusaciones infundadas. En la zona española la liebre saltó en Zugarramurdi.

 

Una mujer, que había vuelto a esta localidad tras pasar unos años en un pueblo de Labort, acusó de brujería a varias mujeres de la localidad, entre ellas, a María de Jureteguía. Ignoramos que razones pudo argüir en su defensa, pero lo cierto fue que los vecinos la creyeron, hasta el punto que la misma familia de María la condenó. María, con todo el mundo en contra, terminó confesando su condición de bruja e inculpando a otros vecinos. Siete mujeres y tres hombres fueron acusados finalmente de ser brujos o brujas. Como solía ser común en aquella época el pueblo se reunió en la parroquia y se celebró una especie de juicio informal donde todos fueron perdonados.

 

La cosa no hubiera pasado a mayores, como en otras ocasiones en el pasado, de no llegar la noticia al tribunal de la Inquisición de Logroño. Desde allí se envió a un comisario, a principios de enero de 1609, para investigar lo sucedido. Y apenas en una semana ya había detenido a cuatro mujeres, a las que se trasladó a la cárcel de la Inquisición de Logroño. Allí, sometidas a torturas, confesaron su condición de brujas. No obstante, no lo hicieron por serlo realmente, sino porque así creían que las dejarían marcharse a sus casas.

 

Los inquisidores no estaban por la labor de dejar libres a estas mujeres, las cuales creían que eran brujas sin ningún género de dudas. Aunque pidieron parecer a Madrid sobre como actuar, el convencimiento era tal de los inquisidores del caso que desoyeron cualquier propuesta contraria a sus ideas.

 

En febrero acudieron a Logroño varios vecinos de Zugarramurdi, para intentar mediar en la situación y lograr la liberación de los apresados. Entre ellos estaba Graciana de Barrenechea, que acudió acompañada de sus dos hijas. Ante los inquisidores confesaron no ser brujas y que su confesión como tales se debió a que “los apretaron y amenazaron mucho si no los dezian". Para infortunio de estas personas, el guía que les llevó hasta Logroño confesó en contra de estas personas, asegurando que eran brujas. Los inquisidores los apresaron sin más pruebas.

 

El Aquelarre de Goya (1797-1798). Museo Lázaro Galdiano (Madrid).

 

Los inquisidores de Logroño, Becerra y Valle Alvarado, sometieron a los presos a torturas durante unos cinco meses, justo el tiempo necesario para que confesaran lo que ellos querían escuchar. No sólo se reafirmaron en su condición de brujas, sino que delataron a otros vecinos de la localidad.

 

El paso siguiente fue trasladarse a la localidad y seguir allí con sus investigaciones, cosa que aconteció a partir de agosto de 1609. Durante los siguientes meses pudo recopilar numerosas confesiones que implicaban a más de 300 personas. Prácticamente toda la localidad parecía ser culpable. Esto se debía a varias razones. Por un lado, si un niño confesaba ser brujo pero delataba a quién lo captó, esa familia no sufría persecución. Es comprensible que, en esas circunstancias, las confesiones fueran muy frecuentes. Si a ello añadimos que hubo amenazas, torturas sistemáticas, junto a confesiones a cambio de incentivos económicos, podemos suponer la histeria que se instaló en aquella localidad ante las pesquisas inquisitoriales. Más si cabe si tenemos en cuenta que al lugar llegarían numerosos emigrantes de la zona francesa contando los procesos de Lancre y las numerosas brujas quemadas en las hogueras.

 

Los inquisidores visitaron también otras localidades cercanas, como Vera de Bidasoa o Lesaca donde sometieron a los niños a auténticos lavados de cerebro con tal de que confesaran. Solían ser encerrados en las parroquias, con el pretexto de protegerles de las brujas, y eran sometidos a continuas prédicas nocturnas que debían asustarles bastante. No tenemos dificultades para imaginar que tal situación debía ser muy estresante para aquellos niños. La imaginación volaría libre en aquellas circunstancias y lo peor fue que los párrocos tomaron como verdaderos los ensueños que sufrían aquellos niños.

 

Al final, unas 40 personas fueron llevadas a Logroño para ser juzgadas. Suponemos que se trataba de los casos más evidentes y notorios, aunque ignoramos sus criterios de selección.

 

El proceso inquisitorial contra los acusados lo conocemos en gran detalle gracias a Juán Mongastón, quién publicó una obra con todo lo acontecido en el tribunal de Logroño. En ella descubrimos toda una serie de mitos relacionados con brujas, sin duda, confesiones forzadas a base de tortura. En esa obra podemos leer una descripción del lugar donde se reunían brujos y brujas, el aquelarre, una especie de cueva con un trono para el diablo. Describía también los actos allí acontecidos y las diversas facultades de brujos para hacer el mal, como transformarse en otras personas, realizar ponzoñas mágicas que causaban enfermedades y muerte, invocar tempestades, lanzar maleficios…

 

Lo que no veremos en esta obra es la situación de las víctimas. El profesor Azurmendi lo compara con los campos de concentración judíos en la Segunda Guerra Mundial. Debemos imaginar a un vecino de Zugarramurdi, quién era apresado y encarcelado a muchos kilómetros de su aldea. No sabía quién le acusaba, ni que cargos existían contra él. De momento, era aislado, tal vez durante meses. Tras la incomunicación venían los interrogatorios, del todo incomprensibles para los acusados. La tortura sistemática y la amenaza a castigos mayores eran la manera habitual de conseguir las confesiones. Podemos imaginar que tras unos meses en estas situaciones, los presos confesarían lo que fuera con tal de salir de allí.

 

En junio de 1610 terminó el juicio, quedando veintinueve acusados culpables del delito de brujería. Durante el proceso se incorporó un nuevo inquisidor, Alonso de Salazar y Frías, figura clave que nos legará para la posteridad la verdad sobre todo este proceso. Su opinión fue contraria a la del resto de inquisidores, pero en aquél momento no se le tuvo en cuenta.

 

El auto de fe que debía cerrar el capítulo de las brujas de Zugarramurdi tuvo lugar el 7 de noviembre de 1610. El resultado final fue la quema en la hoguera de seis personas vivas (cuatro mujeres y dos hombres) y de cinco en efigie (tres mujeres y dos hombres), pues habían muerto en el transcurso de los interrogatorios. Todas estas personas quemadas vivas lo fueron por negarse a confesar su condición de brujas. La única excepción fue María de Zoraya, sí había confesado su culpabilidad pero fue condenada por ser una de las instigadoras de la secta. En cambio, aquellos que confesaron y apelaron a la misericordia del tribunal fueron reconciliados y perdonados. En total se salvaron de la quema dieciocho personas.

 

Aunque solemos tener una visión muy negativa del Tribunal de la Inquisición, lo cierto es que las condenas a muerte no eran nada frecuentes. De hecho, este proceso fue uno de los más duros en cuanto a penas decretadas, tal vez por la circunstancia de tener cercano el precedente francés de Labort de 1609.

 

La dureza del proceso llevado a cabo contra las supuestas brujas y brujos de Zugarramurdi y la sospechosa actitud mantenida por los inquisidores del caso hicieron sospechar a Alonso de Salazar y Frías. Debemos tener en cuenta que la Inquisición no aceptaba confesiones obtenidas bajo tortura desde cabía tiempo, razón por la cual todo el procedimiento de Zugarramurdi no se podía considerar “legal” según los cánones de la época.

 

Las dudas de Alonso de Salazar y Frías también eran compartidas por otros eclesiásticos. Entre ellos, el obispo de Pamplona, quién pensaba acertadamente que todo el tema de las brujas había sido importado del país vecino, junto con la histeria colectiva aparejada. Igualmente, el humanista Pedro de Valencia realizó un análisis de aquella situación diciendo que se trataba de locos más que de herejes, de simples “torpezas carnales” de personas “cegadas por el vicio”, más que de hipotéticos rituales satánicos.

 

El Consejo de la Suprema Inquisición, ante la llegada de protestas formales, decidió enviar a una persona para que investigara los hechos acontecidos en aquellas tierras. Entre otras cosas preocupaba el gran deterioro social que habían provocado las sentencias, con los aldeanos obsesionados con el tema de brujería.

 

Alonso de Salazar y Frías se trasladó a la zona y estuvo recopilando información durante varios meses, desde mayo a diciembre de 1611. Habló con todos los acusados, realizó numerosos informes con las respuestas de las víctimas y se percató de la verdadera dimensión del proceso inquisitorial. Descubrió las torturas sistemáticas, que el miedo a ser apresado había provocado una cascada de confesiones y autoinculpaciones de magnitudes descomunales, que aprovechando la coyuntura muchos habían declarado contra vecinos por enemistades locales anteriores, que la gran mayoría de niños mintieron en sus declaraciones con tal de librar a amigos y familiares, que los brebajes de las supuestas brujas fueron inventados sobre la marcha y que en ningún caso tenían efectos sobre personas o animales (refiere incluso investigaciones experimentales llevadas al respecto).

 

Lo más duro fue comprobar como todos aquellos acusados que sufrieron el encarcelamiento de Logroño no volvieron a recuperarse. Los que no murieron de tifus en la prisión volvieron a sus casas como auténticos despojos humanos. De nuevo, la comparación del profesor Azurmendi con los judíos de los campos de concentración nazis nos viene a la memoria poderosamente.

 

Según podemos leer a Alonso de Salazar y Frías sobre las confesiones “[los] temores de las violencias y prisiones y amenazas que los negativos han padecido hasta confesar, juntamente con las promesas de quietud y perdón que les prometían [los clérigos] si confesaban, y de que les darían los sacramentos... que entretanto les negaban, fueron muy bastantes para hacerles decir cuantas mentiras les mandaban, y así lo comienzan a mostrar los ochenta revocantes con sus confesiones”.

 

Su opinión al respecto de todo el proceso era la siguiente: “E tenido y tengo por muy mas que cierto que no a pasado real y corporalmente ninguno de todos los actos deducidos o testificados en este negocio

 

Y en su conclusión final podemos leer que “No he hallado certidumbre ni aun indicios de que [se pueda] colegir algún acto de brujería que real y corporalmente haya pasado. […] Y así también tengo por cierto que en el estado presente, no sólo no les conviene nuevos edictos y prorrogaciones de los concedidos, sino que cualquier modo de ventilar en público estas cosas, con el estado achacoso que tiene, es nocivo y les podría ser de tanto y de mayor daño como el que ya padecen. No hubo brujas ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y escribir de ellos.

 

El Consejo de la Suprema Inquisición dio por buenas todas las conclusiones de Alonso de Salazar y Frías y dictó un Edicto de Silencio en agosto de 1614. En él se excusaba de los errores cometidos en aquella investigación, daba instrucciones para reparar el daño cometido a las víctimas (básicamente eliminar los sambenitos de las iglesias, lo que quitaba de un plumazo el estigma impuesto a las víctimas y a sus descendientes) y aseguraba no volver a ajusticiar nunca más por brujería a ningún acusado.

 

De todo el tema de Zugarramurdi podemos sacar varias conclusiones muy interesantes:

1.     En Zugarramurdi nunca hubo brujas. La investigación de los hechos por Alonso de Salazar y Frías lo demostró de forma clara y sin género de dudas. Todo tipo de documento escrito o audiovisual que perpetúe tal mito no sólo supone un ejercicio de falsedad histórica, sino que ofende a las víctimas inocentes que fueron acusadas, torturadas, vejadas y, en algunos casos, asesinadas.

2.     La Inquisición era un tribunal implacable. Sus métodos para procesar a los acusados eran totalmente brutales y el proceso estaba encaminado a obtener las confesiones que los inquisidores querían obtener.

3.     La Inquisición no era una organización autocomplaciente. Existían entre los inquisidores personas comprometidas con sus deberes que investigaban las injusticias y las hacían llegar a sus superiores. Y éstos, no obviaban tales informes, sino que los valoraban y actuaban en consecuencia. El caso de Zugarramurdi es un perfecto ejemplo de investigación interna, asunción de errores y enmendación de sentencias. Un ejemplo para el inmovilismo de ciertas instituciones políticas actuales.

4.     La Inquisición evitó, con su Edicto de 1614, que en España existieran las tremendas masacres, invocando a la brujería, que se cometieron en toda Europa. Especialmente, en este pasaje oscuro de la Historia destaca Alemania sobre el resto de territorios europeos. Se calcula que entre los siglos XVII y XVIII se asesinaron con la excusa de brujería a unas 25.000 personas en aquél país. Ciudades como Bamberg vivieron una psicosis colectiva al inicio del siglo XVII, siendo condenadas por brujería unas 600 personas a lo largo de todo el siglo. Y en Würzburg tenemos constancia de la ejecución de niños en el transcurso de estos procesos.

 

Como podemos comprobar, muchas veces la Leyenda Negra que aparece asociada a la Inquisición no nos permite evaluar correctamente sus actos. Teniendo en cuenta los procesos por brujería en Europa, los condenados españoles suponen un número irrisorio. Y ello se debió al férreo control que ejerció la Inquisición sobre la sociedad, evitando las explosiones de violencia contra supuestas brujas que ocurrieron en la Europa septentrional.




FUENTES:

AZURMENDI, M.: Las brujas de Zugarramurdi. Córdoba. Almuzara. 2013.

KAMEN, H.: La Inquisición Española. Una revisión histórica (3ª edición). Barcelona. Crítica. 2011.

CARO BAROJA, J.: Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza Editorial. 2003.

LISÓN TOLOSANA, C.: Las brujas en la historia de España. Madrid: Temas de Hoy. 1992.

MONTESANO MARINA: "La caza de brujas". Revista Historia National Geographic. Número 119. 2013.

 


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