domingo, 1 de noviembre de 2026

De la deskulakización a la polarización contemporánea: El mecanismo del chivo expiatorio y la instrumentalización de la crisis en la extrema izquierda (1929–2026)

  

El 9 de noviembre de 1989 caía el muro de Berlín. Fue la constatación más evidente del desmoronamiento imparable de la URSS, la gran potencia comunista surgida de los rescoldos de la Segunda Guerra Mundial.

 

Pocos meses después se produjo el colapso final, con el desmembramiento y la independencia de diversas regiones que, hasta la fecha, habían permanecido controladas por Moscú y su Politburó comunista.

 

En aquellos años finales del siglo XX, parecía indudable que el capitalismo había salido ganador de la Guerra Fría que enfrentó a dos potencias, las cuales veían la manera de organizar las sociedades de forma totalmente contrapuesta.

 

Pero las ideas son mucho más difíciles de erradicar que los imperios físicos. Y muchas de las consignas de la ideología comunista permanecen inalterables en partidos actuales que, por medio de siglas novedosas, parecen querer ocultar sus verdaderas intenciones.

 

Dado que el anterior artículo versaba sobre los peligros que entraña l ideología de extrema derecha, creo que es apropiado realizar los mismo con las ideologías situadas justo en el extremo contrario, la extrema izquierda.

 

¿Os apetece descubrir algo más?

 

 


El uso del chivo expiatorio (scapegoating) y la instrumentalización de las crisis socioeconómicas e internacionales constituyen constantes estructurales en las narrativas de la extrema izquierda.

 

Desde el régimen comunista soviético de Iósif Stalin hasta el panorama político de España en octubre de 2026, las corrientes radicales vertebran su acción política mediante la identificación de un enemigo de clase o de una conspiración imperialista/capitalista a la que atribuyen la responsabilidad única de los males colectivos.

 

El presente análisis historiográfico y político analiza cómo se proyecta este patrón retórico en asuntos de estricta actualidad: la crisis de la vivienda y las movilizaciones del Sindicato de Inquilinas, las derivas parlamentarias que desembocaron en el adelanto de elecciones generales para el 29 de noviembre de 2026, el drama migratorio en Ceuta y el posicionamiento frente a la guerra de Ucrania.

 

1. De la deskulakización stalinista a la insurrección del alquiler (2024–2026)

 

El proceso de colectivización forzosa y la lucha contra el desabastecimiento en la URSS exigieron desviar la responsabilidad de la planificación estatal hacia los kulaks (campesinos propietarios) y los denominados acaparadores de grano.

 

El 27 de diciembre de 1929, en la Conferencia de Agrónomos Marxistas de Toda la Unión en Moscú, Iósif Stalin anunció la liquidación del kulak como clase:

 

"Para sustituir al kulak como clase, debemos romper su resistencia en una batalla abierta y privarle de las fuentes económicas de su existencia".

 

 

Paralelamente, el órgano oficial Pravda publicaba el 19 de febrero de 1930:

 

"El kulak es el enemigo mortal del poder soviético... Son vampiros que se enriquecen con la sangría y la necesidad de las masas trabajadoras".

 

La proyección contemporánea en España (2024–2026)

 

Un mecanismo idéntico se observa en la retórica de la extrema izquierda española en el debate sobre la vivienda. La complejidad macroeconómica se reduce a un conflicto moral entre las víctimas (inquilinos) y los parásitos rentistas (propietarios y fondos).

 

Tras el mediático desahucio de una anciana en Madrid en septiembre de 2026 y las acampadas promovidas por el Sindicato de Inquilinas en la Puerta del Sol, las organizaciones radicales y sus portavoces parlamentarios han intensificado la agitación, amenazando con una huelga general y exigiendo la expropiación directa.

 

Ione Belarra (Podemos), en un acto público en Madrid en abril de 2023, ya adelantaba el tono de esta retórica:

 

"Hay que toparle los pies a los rentistas, a los especuladores y a los buitres que se están forrando a costa de la gente trabajadora."

 

Hacia la primavera y otoño de 2026, ante las movilizaciones impulsadas por el Sindicato de Inquilinas, los discursos del activismo afín radicalizaron la deshumanización del pequeño y gran propietario:

 

"El problema no es la falta de oferta, sino la existencia de parásitos rentistas que viven del trabajo ajeno. Si el Estado no interviene, la respuesta está en la huelga de alquileres y la toma de la calle".

 

Si bien el mecanismo discursivo de señalar a un colectivo como responsable único de un problema estructural es análogo, las causas y los marcos de ejecución difieren sustancialmente. En la Unión Soviética de 1929, la retórica antiburguesa buscaba legitimar la colectivización forzosa del campo y enmascarar los desajustes logísticos de la planificación centralizada. En la España contemporánea (2024–2026), el discurso responde a una crisis habitacional real, marcada por la escasez de oferta de alquiler asequible, la inflación y el impacto social de los desahucios mediáticos.

 

Asimismo, la escala de las consecuencias plantea una frontera insalvable: mientras que la deskulakización stalinista se tradujo en una política totalitaria de Estado que implicó la deportación masiva, la confiscación violenta y la eliminación física de millones de campesinos, las demandas del activismo y la izquierda radical en España se dirigen a presionar las costuras del Estado de derecho y la democracia parlamentaria.

 

Las medidas exigidas, como topes al alquiler o expropiaciones de grandes tenedores, se debaten bajo el marco constitucional, la contestación de los tribunales y la resistencia del propio tejido económico, operando dentro de las reglas de juego de una democracia occidental y no en un régimen autocrático de partido único.

 

Por concluir con este punto me gustaría incidir en el uso de la simplificación moral como constante. En unos pocos años hemos pasado del banquero usurero al rentista parásito.

 

Esta transmutación de un problema estrictamente macroeconómico en un relato moral de buenos contra malos no constituye una novedad en el catálogo discursivo de la izquierda radical española; opera bajo el mismo patrón ensayado durante las crisis bancarias e hipotecarias previas. En aquellos escenarios, la intrincada red de la crisis financiera global, las tasas de interés fijadas por el Banco Central Europeo y los riesgos crediticios asumidos conscientemente por las partes se redujeron al señalamiento público de la banca como un ente uniformemente malvado y codicioso. Declaraciones de líderes políticos como las de Ione Belarra denominando abiertamente como usureros y codiciosos a los presidentes de las principales entidades financieras sentaron las bases metodológicas de esta retórica.

 

La injusticia profunda de este reduccionismo radica en que ignora las dinámicas técnicas del mercado (como la falta crónica de vivienda pública, la inflación de los costes de construcción o la inseguridad jurídica que contrae la oferta) para sustituirlas por una simplificación populista.

 

Al igual que el estalinismo culpó al kulak de los fallos de la planificación estatal de alimentos, y la izquierda radical culpó a la banca del estallido de la burbuja del crédito, el debate actual vuelve a desviar las responsabilidades del regulador público. Al personificar las disfunciones estructurales en un enemigo moral identificable (ayer el banquero, hoy el mediano o gran propietario), se anula cualquier posibilidad de un debate técnico racional, sustituyendo las soluciones habitacionales efectivas por una agitación social basada en la deshumanización del adversario económico.

 

2. El boicot parlamentario y el abismo electoral: El desprecio a las instituciones (1918 vs. 2026)

 

La relación de la extrema izquierda con la democracia representativa es puramente instrumental. Cuando el Parlamento no refrenda sus iniciativas más radicales, la cámara democrática pasa a ser tachada de órgano al servicio de la oligarquía.

Vladímir I. Lenin disolvió la Asamblea Constituyente Rusa el 5 de enero de 1918 tras perder las elecciones, argumentando en El Estado y la revolución (1917):

 

"Decidir una vez cada cierto número de años qué miembro de la clase dominante ha de oprimir y aplastar al pueblo en el parlamento: he aquí la verdadera esencia del parlamentarismo burgués".

 

La crisis parlamentaria de octubre de 2026 en España

 

El rechazo en el Congreso de los Diputados de los decretos sobre la vivienda impulsados con cláusulas extremas provocó un bloqueo legislativo insostenible. Lejos de asumir el freno democrático como un contrapeso legítimo del Estado de derecho, la extrema izquierda tildó el resultado de chantaje burgués y sumisión a los poderes económicos, trasladando la presión a las calles mediante manifestaciones.

 

Este clima de polarización y fragmentación abocó al Gobierno de Pedro Sánchez (unido indisolublemente a la extrema izquierda) a la disolución de las Cortes Generales el 5 de octubre de 2026 y a la convocatoria de elecciones generales anticipadas para el 29 de noviembre de 2026.

 

En la narrativa del radicalismo, el adelanto electoral no se plantea como un ejercicio de concertación, sino como un plebiscito de urgencia entre el pueblo golpeado y la reacción ultraderechista y oligárquica. Y, para más drama, el presidente de España, perteneciente al PSOE, pareció haber comprado este discurso al realizar las siguientes declaraciones al comunicar el adelanto electoral:

 

“A la sociedad le indigna ver cómo sus intereses son pisoteados en el Parlamento [...] Sé que hemos cometido errores. Quedan muchas injusticias sociales que corregir, muchas metas en servicio público y vivienda. Lo cierto es que, para hacer más, necesitamos el apoyo de la gente. Debemos lograr que el Parlamento nos dote de una mayoría progresista mucho más amplia”.

 

Al analizar estas palabras, se observa cómo la retórica gubernamental asume los marcos conceptuales de la izquierda radical en lugar de defender la soberanía del poder legislativo. Al afirmar que en el Congreso se pisotean los intereses de los ciudadanos, el discurso oficial debilita la legitimidad del parlamento democrático, presentándolo no como el espacio de representación de la soberanía nacional, sino como un obstáculo burocrático que bloquea la voluntad popular.

 

La analogía con el planteamiento leninista de 1918 se hace evidente en la instrumentalización del voto: las elecciones y las cámaras parlamentarias solo se consideran legítimas si garantizan la hegemonía y la aprobación automática de los proyectos del Ejecutivo. Cuando el Parlamento ejerce su función constitucional de control y rechaza una ley, el resultado no se acepta como un mecanismo normal de una democracia plural. Por el contrario, se transforma en un agravio moral que exige disolver las cámaras y apelar a un plebiscito de urgencia con el fin de subordinar las instituciones al proyecto político de una facción.

 

Esta erosión del prestigio institucional desde la izquierda radical resulta analíticamente equivalente, en términos de riesgo democrático, a las estrategias discursivas de la extrema derecha que buscan presentar el sistema político actual como una estructura inherentemente corrupta y degradada.

 

En ambos extremos del espectro político se observa una misma finalidad subyacente: deslegitimar los contrapesos del Estado de derecho y minar la confianza ciudadana en la democracia liberal. Bajo esta lógica maximalista, la pluralidad parlamentaria y la separación de poderes dejan de ser garantías ciudadanas para convertirse en estorbos institucionales. El horizonte implícito en ambas narrativas apunta hacia la desnaturalización de la democracia, transformando los procesos electorales en meros actos escénicos destinados a ratificar plebiscitariamente el poder de la facción gobernante.

 

3. El drama migratorio en Ceuta: Moralina dialéctica y culpabilización de Occidente

 

La estrategia de la culpa histórica

 

El tratamiento de los flujos migratorios irregulares, como el episodio de tensión vivido en la frontera de Ceuta este pasado verano, es instrumentalizado por la extrema izquierda no como un desafío logístico, de seguridad o de cooperación internacional, sino como una prueba de la miseria moral del capitalismo occidental.

 

Ante la crisis fronteriza de Ceuta, las corrientes radicales evitan señalar las vulneraciones de derechos del régimen marroquí o las mafias de tráfico humano. En su lugar, proyectan la culpabilidad exclusivamente sobre las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y las instituciones europeas, tal como reflejan los comunicados y manifiestos del activismo radical ante las crisis de la frontera sur. Una revisión de los comunicados reales de estas formaciones demuestra cómo la izquierda radical recurre a una retórica trasnochada y mil veces vista en el pasado:

 

“Ante lo que está ocurriendo en Ceuta, volvemos a defender lo básico: migrar no es un delito. Frente al racismo institucional y los discursos que deshumanizan, respondemos con organización” (Comunicado oficial de Podemos).


 

Asimismo, la secretaria general de Podemos, Ione Belarra, cargó duramente contra el despliegue de las fuerzas de seguridad y el Gobierno, afirmando que las medidas aplicadas suponían una absoluta falta de transparencia y una vulneración de derechos en la frontera, llegando a calificar la situación como una estrategia que convertía a la ciudad autónoma en una gran cárcel a cielo abierto.

 

“Miles de personas huyen de la miseria y las guerras del capitalismo y, nuevamente, la Unión Europea, España y Marruecos convierten las fronteras en una trampa mortal... mostrando, una vez más, el verdadero rostro de la llamada Europa fortaleza” (Manifiesto de la Liga Internacional de los Trabajadores).

 

“La respuesta del Gobierno ha sido reforzar con el Ejército y cerrar las fronteras de este enclave colonial... no hay ninguna diferencia de fondo entre la hoja de ruta que exige la extrema derecha y la que está aplicando el gobierno”. (Editorial de Izquierda Diario).

 

Al calificar cualquier control fronterizo de violencia fascista o violación de derechos humanos, la extrema izquierda persigue un doble objetivo: deslegitimar las fronteras del Estado-nación y presentarse como el único actor dotado de superioridad moral frente al resto del arco parlamentario.

 

La doctrina leninista del imperialismo y el desvío de la responsabilidad

 

Esta estructura discursiva reproduce con exactitud la lógica de la Guerra Fría y las tesis formuladas por Vladímir Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo (1917). Para el comunismo soviético, cualquier conflicto, hambruna o crisis en el mundo en desarrollo no se explicaba jamás por dinámicas internas, problemas de gestión local o la opresión de sátrapas regionales, sino de forma unívoca como el resultado del saqueo colonial y el militarismo burgués.

 

El bloque soviético utilizó sistemáticamente esta narrativa para atacar a las democracias occidentales, tildándolas de inhumanas y decadentes mientras justificaba u ocultaba las agresiones de su propio bloque o sus alianzas de conveniencia con regímenes autoritarios.

 

Hoy, la extrema izquierda aplica el mismo reduccionismo dialéctico en Ceuta. Al culpar exclusivamente al neocolonialismo y al racismo institucional de Europa, el análisis contemporáneo introduce un punto ciego deliberado: exime de toda responsabilidad la utilización política de los migrantes que realiza la autocracia marroquí y la lucrativa actividad criminal de las mafias.

 

La injusticia profunda de esta retórica radica en que prefiere cronificar el conflicto fronterizo para mantener vivo su relato de impugnación total al capitalismo de las naciones occidentales, antes que proponer soluciones de orden, seguridad y cooperación pragmática que protejan la dignidad humana sin dinamitar la soberanía nacional.

 

4. La guerra de Ucrania: "Pacifismo" selectivo e instrumentalización anti-OTAN

 

En el ámbito internacional, la invasión rusa de Ucrania ha reactivado los esquemas maniqueos heredados de la Guerra Fría y la propaganda soviética.

 

La doctrina estalinista del "Imperialismo Occidental"

 

Para el régimen de Stalin, cualquier conflicto bélico en el que participaran potencias democráticas se leía automáticamente como un acto de agresión del imperialismo burgués. En su informe al XVIII Congreso del PCUS (Moscú, 10 de marzo de 1939), Stalin señalaba:

 

“Las potencias no agresivas están fomentando una guerra mundial para que otros hagan el trabajo sucio en beneficio del capital financiero”.

 

La narrativa de la extrema izquierda ante Ucrania (2022–2026)

 

Durante el desarrollo del conflicto ucraniano, sectores de la extrema izquierda en España han adoptado una postura de pacifismo asimétrico. Bajo el lema de No a la guerra, su foco de crítica principal no ha sido la agresión militar del Kremlin, sino la ayuda defensiva brindada por la OTAN y la Unión Europea a Kiev.

 

Muestra de ello son las intervenciones parlamentarias y públicas de la eurodiputada e integrante de Podemos, Irene Montero, quien ha sostenido reiteradamente que mandar armas supone escalar el conflicto y que la prolongación de las hostilidades solo beneficia a potencias externas:

 

“Alargar la guerra es bueno para Putin, es bueno para Estados Unidos, es bueno para el complejo militar-industrial que hace negocio, pero es malo para Ucrania [...] Esto solo ha servido para que el complejo militar-industrial estadounidense se forre a manos llenas con el dinero de los europeos”.

 

Esta retórica equipara la víctima (Ucrania) con el agresor (Rusia) o desplaza la responsabilidad primaria hacia Occidente. Con ello, la extrema izquierda busca rearmar su base ideológica tradicional anti-Estados Unidos, presentándose como la única fuerza por la paz en oposición al belicismo de las élites europeas.

 

El símil histórico: El pacifismo instrumental y la inversión de la culpa

 

 

Esta retórica equivale conceptualmente a las campañas de Apoyo a la Paz impulsadas por la Unión Soviética durante la Guerra Fría a través de organizaciones satélite como el Consejo Mundial de la Paz. Aquellas iniciativas no buscaban una paz justa ni la retirada de las tropas agresoras comunistas en los tableros periféricos. Su objetivo real era desarmar moral y materialmente a las democracias occidentales, promoviendo el apaciguamiento y obstaculizando el apoyo militar a las naciones agredidas.

 

Al igual que la propaganda soviética retrataba a cualquier país que se defendiera con ayuda occidental como un peón del capitalismo financiero, la extrema izquierda contemporánea disuelve la soberanía de Ucrania. Al reducir la resistencia de Kiev a un mero diseño geopolítico de Washington, la retórica radical vacía de legitimidad el derecho a la legítima defensa de un pueblo invadido. La profunda injusticia de este enfoque radica en su asimetría moral: bajo la bandera de un pacifismo abstracto, equipara la responsabilidad del invasor autocrático con la de las democracias que asisten a la víctima, transformando la oposición a la OTAN en la prioridad ideológica absoluta, incluso por encima de la justicia internacional y la soberanía de los Estados libres.

 

Matriz comparativa historiográfica: Estructuras discursivas (1918–1939 vs. 2020–2026)

 

Vector de análisis

Comunismo soviético (Era stalinista y antecedentes)

Izquierda radical contemporánea en España

Gestión de recursos y propiedad

Deskulakización, requisas de grano y colectivización forzosa frente al desabastecimiento.

Propuesta de huelga de alquileres, expropiación y señalamiento moral al mediano y gran propietario (rentista).

Instituciones y Poder Legislativo

Disolución de la Asamblea Constituyente (1918) y subordinación de la soberanía al partido único.

Deslegitimación del Parlamento ante el bloqueo de decretos; polarización que aboca al adelanto electoral del 29-N.

Fronteras y política migratoria

Discurso del «sabotaje capitalista» en los límites soviéticos para justificar el control hermético.

Culpabilización unívoca al «racismo institucional» de la UE/España y omisión de las acciones de Marruecos o las mafias.

Conflictos bélicos internacionales

Doctrina del imperialismo occidental: el capital financiero como único beneficiario e instigador de las guerras.

Pacifismo asimétrico: oposición al envío de armas defensivas a Ucrania y señalamiento prioritario a la OTAN.

Estrategia y narrativa de movilización

Agudización de la lucha de clases para legitimar de forma permanente la dictadura del proletariado.

Populismo de resistencia («pueblo contra oligarquía y reacción») como eje central de la movilización electoral.

 

El debate contemporáneo: ¿Evolución democrática o persistencia dogmática?

 

Llegados a este punto del análisis, es preciso constatar que la interpretación sobre la naturaleza de la izquierda radical actual mantiene dividida a la ciencia política.

 

Por un lado, corrientes sociológicas y defensores de estas plataformas sostienen que las nuevas siglas no buscan ocultar intenciones totalitarias, sino dejar atrás el dogmatismo del bloque soviético para conectar con las urgencias del siglo XXI, tales como la precariedad laboral, el cambio climático y la redistribución de la riqueza. Desde esta perspectiva defensiva, sus propuestas de intervención económica o movilización callejera no perseguirían la abolición del sistema democrático, sino su radicalización positiva mediante la ampliación de los derechos sociales frente a los excesos del capitalismo global.

 

Sin embargo, el examen de los datos, las declaraciones institucionales y la retórica empleada en los conflictos analizados da la razón a la perspectiva crítica y liberal. Más allá de la renovación estética y discursiva adaptada a los nuevos tiempos, la persistencia de los mecanismos del chivo expiatorio, la simplificación moral y la deslegitimación de los contrapesos parlamentarios desmienten una ruptura real con la matriz metodológica del siglo XX. El riesgo sustancial no radica únicamente en la inviabilidad de sus recetas económicas, sino en la importación de una lógica de confrontación que tensiona el pluralismo político.

 

Conclusiones

 

A fecha de finales de octubre de 2026, el examen comparado evidencia que las corrientes radicales de extrema izquierda continúan empleando las mismas herramientas metodológicas que el comunismo del siglo XX:

 

1.    Construcción de una realidad maniquea: Toda crisis interna (alquiler, inflación) o externa (Ucrania, migración en Ceuta) se despoja de sus causas técnicas complejas. Se reduce a un enfrentamiento moral preconcebido entre opresores y oprimidos, sustituyendo el análisis riguroso por la deshumanización dialéctica del adversario.

 

2.    Instrumentalización del malestar social: Las tensiones legítimas del mercado inmobiliario y los desahucios mediáticos se canalizan hacia el descrédito de las instituciones. En lugar de buscar reformas de consenso, se promueve el cuestionamiento directo de las costuras del sistema judicial y parlamentario.

 

3.    Asimetría y sesgo geopolítico: En la política exterior (Ceuta y Ucrania), se aplica una inversión de la culpa que exime de responsabilidad a regímenes autocráticos o redes criminales. El reproche ético se concentra unívocamente en las democracias occidentales y sus alianzas de seguridad, reactivando los viejos esquemas de la propaganda soviética.

 

4.    Provocación de la inestabilidad institucional: El rechazo crónico a la moderación política y al contrapeso legislativo conduce inevitablemente al colapso de las mayorías. Este bloqueo aboca al país a un adelanto electoral de urgencia (29-N), un escenario en el cual la extrema izquierda busca rentabilizar la polarización en las urnas presentándose como el único dique de resistencia del pueblo frente a la reacción.

 

En definitiva, la vigencia de estos mecanismos en el debate político actual demuestra que el verdadero riesgo de los populismos radicales no reside en sus fines declarados, sino en su método: la erosión sistemática de los pilares del Estado de derecho liberal en favor de una agitación social permanente.


Os dejo el archivo en PDF para una mejor descarga, consulta y poder compartirlo.

 

Hasta la próxima


 

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