miércoles, 16 de marzo de 2016

Los ópticos son contrarios a la cirugía refractiva



Los ópticos optometristas constituyen una de las profesiones sanitarias más accesibles para los pacientes. Sin necesidad de pedir cita al especialista o esperar largo tiempo para ser atendidos, las personas con algún problema visual son capaces de recibir una rápida atención médica. Y sólo en casos donde el optometrista no pueda resolver la situación, el paciente será derivado hacia el especialista adecuado para su problema.

La importancia de esta atención primaria contrasta con la escasa consideración que tiene la sociedad respecto a nuestro colectivo profesional. Y no sólo me refiero a la ignorancia manifiesta sobre nuestros conocimientos universitarios. Ni al desprestigio que supone realizar numerosos exámenes visuales por menos de lo que vale una bolsa en el Carrefour. Concretamente lamento numerosos prejuicios que pesan sobre nosotros. Hoy me referiré a uno de ellos, la cirugía refractiva.

Todos los ópticos optometristas hemos escuchado este tipo de frases en alguna ocasión: “La cirugía os va a quitar el trabajo”. “Tú eres contrario a la cirugía refractiva, ¿verdad? Como llevas gafas…”. “Tengo dudas sobre la cirugía refractiva pero, claro, ¿tú que me vas a decir? Que siga con las gafas, ¿verdad?”. Podría seguir indefinidamente.

No creo que nadie vaya al banco y le diga a la persona que le atiende que el cajero automático le va a quitar el trabajo. Ni supongo que tampoco nadie pensará que la cirugía estética erradicará la fealdad del mundo.

Hoy voy a escribir un poco sobre la cirugía refractiva y mostraros lo que yo aconsejo a todos aquellos que me preguntan sobre ella. Ya os advierto que lo que vais a leer a continuación no os animará ni desanimará. No voy a tomar la decisión de operarse por vosotros. Eso es algo que debéis decidir cada uno de vosotros. Eso sí, teniendo claro los pros y los contras.


¿Por qué es necesario que un optometrista aconseje sobre cirugía refractiva? Por el llamado conflicto de intereses.

En España, al igual que en otros muchos países, la medicina se ha convertido en una mercancía sujeta a las leyes de la economía capitalista. Hoy día no se busca tratar a los pacientes del mejor modo posible, sino de la forma más económica, aquella que genere menor gasto.

En el tema de la cirugía refractiva, uno de los campos más jugosos, económicamente hablando, del ámbito oftalmológico, se da la circunstancia de que los oftalmólogos cirujanos tienen sus emolumentos asociados al número de operaciones que realicen. Es decir, cuanto más operen, más dinero cobran.

Lo anterior genera un claro conflicto de intereses. En casos dudosos, donde la operación tiene ciertas contraindicaciones, un oftalmólogo demasiado precavido perdería la cirugía (y la comisión aparejada). Otro más osado, o con menos escrúpulos, se llevaría el gato al agua.

Estoy convencido que la mayoría de cirujanos anteponen su código deontológico al puramente monetario. Pero existen ciertos casos donde la frontera, entre operable y no operable, no está claramente definida. ¿Qué pasa en aquellos casos donde existe cierta probabilidad de problemas secundarios, aunque probablemente no ocurran los mismos en años? ¿Qué hacer cuando un paciente se quiere operar de todas formas? ¿Dejamos que lo opere la competencia?

El asunto, en la práctica, no resulta nada sencillo. Y todo ello porque este tipo de cirugía no es como el resto. Se trata, realmente, de una operación estética.

¿En qué consiste realmente la cirugía refractiva? Operar un ojo sano por razones meramente estéticas.

Al contrario que en otros campos médicos, en donde una operación suele ser el último paso a dar por un cirujano, en la cirugía refractiva el proceso se invierte. La operación se contempla como un modo de eliminar otro tipo de soluciones menos invasivas, tales como las gafas o las lentillas.

Dejar a la cirugía como última opción es algo lógico debido a los riesgos inherentes que toda operación conlleva. No penséis que ya quiero desanimaros. Al contrario, sólo deseo mostraros la realidad de la operación.

En la gran mayoría de ocasiones, la motivación de los pacientes es un tema estético. Desean quitarse las gafas y/o sus lentillas. Esto no es algo malo. Me parece una razón como otra cualquiera. Pero no debemos enmascararla con otras excusas peregrinas como quiero aumentar mi visión, dejar de ser miope, volver a ver de verdad… Si buscáis todo esto en la operación no lo vais a encontrar.

Cuando algunos pacientes me preguntan sobre cirugía refractiva yo no los desanimo inmediatamente. Según su graduación y sus inquietudes les intento aconsejar lo mejor posible. Tengo la empatía suficiente para poder entender las limitaciones que supone tener una alta miopía. Y en ciertos casos animo a contemplar la posibilidad de visitar una clínica e informarse de la opción de operarse. También existen casos donde la operación es la mejor opción, tales como ciertas profesiones (donde no se pueden usar gafas/lentillas) o actividades deportivas de élite. En esos casos, además de animar, empujo a los pacientes a una clínica. Mi labor principal, como sanitario, es aconsejar de la mejor manera posible a mis pacientes.

Ahora bien. A todos les digo la auténtica realidad. La operación tiene un riesgo muy reducido, pero nunca es igual a cero. La probabilidad de tener problemas es muy escasa, pero existen casos (muy proselitistas, por cierto). Y la mejor de las situaciones posibles para un cirujano es dejar al paciente viendo igual que con lentes de contacto. Ni más ni menos.

Entonces, ¿no voy a ver mejor? No, siento desilusionarte.

Todos aquellos pacientes que visiten una clínica oftalmológica con la intención de operarse para “ganar” visión (entiéndase agudeza visual) deberían ser rechazados inmediatamente como posibles pacientes.

Una persona con baja agudeza visual debida a un ojo vago seguirá teniendo la misma baja agudeza visual tras la operación. Una persona con presbicia podrá manejarse mucho mejor en cerca tras la operación, pero no obtendrá una visión como antes de sufrir vista cansada. Y, de hecho, seguramente necesite una gafa de apoyo para ciertas tareas concretas (uso ordenador frecuentemente).

Objetivamente, los pacientes operados no mejoran sus agudezas visuales. Otra cosa es la sensación subjetiva. Un paciente acostumbrado a llevar sólo gafas percibirá un mayor campo visual tras la operación, lo que remitirá con la frase “ahora veo mucho mejor”. Pero esta misma sensación la tiene cualquier miope que utiliza lentillas por primera vez. Invariablemente, la proximidad de la graduación al ojo genera la sensación subjetiva de mejor visión (aunque objetivamente se vea el 100% con gafas y lentillas por igual).

Por tanto, si deseas saber cómo verías tras operarte con cirugía refractiva ponte unas lentes de contacto. Tienes la ventaja de elegir si te gusta lo que ves o prefieres seguir con tus gafas. Algo que no podrás hacer si te operas.

¿Cuáles son los riesgos reales de la cirugía refractiva? Menos de los que te esperas.

La cirugía refractiva, al igual que la operación de cataratas, es una de las intervenciones más seguras que podemos realizarnos. Aún así, seguro que casi todo el mundo conoce a alguna persona que ha tenido complicaciones.

Mi visión de los riesgos de la cirugía refractiva está sumamente sesgada. Las personas operadas que han tenido buenos resultados no vuelven a aparecer por la óptica para comentar tal suceso. En cambio, si tengo que atender a personas con problemas postoperatorios. Bajo mi punto de vista las complicaciones me parecen frecuentes, pero en un ámbito más global son realmente mínimas.

Cualquier cirujano oftalmólogo os informa de los riesgos que conlleva este tipo de operación. Y os aconsejo que desconfiéis de todos aquellos que pasen de puntillas o no den la suficiente importancia a este tema. Antes de operarnos debemos conocer los riesgos, entenderlos y asumirlos.

Siempre, en medicina, nos ponemos en lo peor. Anotamos todo tipo de complicaciones, por ínfima que sea su incidencia, y las presentamos al paciente todas juntas. Es una forma de evitar futuras complicaciones. El típico “ya te lo advertí”. Pero, en realidad, la verdadera existencia de complicaciones graves es casi inexistente.

Yo siempre pongo un ejemplo que todos podemos entender fácilmente. Imaginemos que al comprar un coche en el concesionario nos presentaran una lista con todos los diferentes tipos de accidentes que podemos sufrir. ¡¡¡¡Seguro que más de uno se sacaba el abono transporte!!!!

La vida, en sí misma, es un riesgo continuo. Todos los días, inconscientemente, asumimos riesgos. Pero, afortunadamente, nuestro cerebro se olvida de andar sacando probabilidades sobre que es más seguro para nosotros. Nos volveríamos locos.

Ahora bien. Lo anterior no implica que nos operemos sin saber qué es lo que nos puede ocurrir. Dejando a un lado las complicaciones graves, muy infrecuentes, debemos tener en cuenta ciertas consecuencias bastante habituales en las personas intervenidas con cirugía refractiva.

El síntoma más remitido es la visión de halos y deslumbramientos, significativamente molesto por la noche debido a los numerosos puntos luminosos. Es un problema frecuentemente asumible dadas las ventajas que conlleva (buena visión durante el día), pero bastante molesto para personas que, por ejemplo, deben conducir por la noche frecuentemente.

El ojo seco es otro trastorno común en las personas intervenidas. Y aunque en ocasiones puede mitigarse con lágrima artificial, dependiendo del paciente puede llegar a ser realmente molesto.

La posibilidad de la formación de una catarata precoz en cierto tipo de cirugías (implante lente en cristalino) es un realidad más frecuente de lo deseado.

Dependiendo de la cantidad de dioptrías a quitar es frecuente que existan graduaciones residuales tras la operación. El porcentaje de casos con este problema ronda entre el 5-10%. En muchas ocasiones es posible eliminar esta graduación mediante un retoque quirúrgico, pero en casos donde se apura mucho la córnea a retocar resulta imposible.

Aunque no es lo más frecuente es bueno informar a los pacientes de la posibilidad, tanto de graduaciones residuales tras la operación, así como de la posibilidad de que la miopía vuelva a aparecer con los años.

Cada persona debe asumir los riesgos de forma individual. Son tus ojos y tú te responsabilizas de ellos. Nadie debe, ni puede, tomar la decisión por ti. Coloca pros y contras en una balanza y observa hacia donde se inclina.

¿Existe sólo una técnica para operar? Por supuesto que no.

Debéis desconfiar de aquellas clínicas especializadas en un solo tipo de operación. Hoy día existen múltiples técnicas para operar un ojo y según el paciente se elegirá una u otra.

El método de elección se basará tanto en las pruebas preliminares de la operación como en los objetivos finales de la misma, los cuales dependerán enormemente de las expectativas del paciente.

Entre las pruebas preliminares destaca la medición del espesor corneal, pues dependiendo del mismo el cirujano podrá eliminar una cantidad determinada de dioptrías.

Entre la variada gama de operaciones de cirugía refractiva el LASIK (acrónimo inglés que en castellano significa “queratomileusis in situ asistida con láser”) es la técnica más frecuente. Consiste, básicamente, en tallar en la córnea una lente que compense la graduación del paciente. Se corta la parte exterior de la córnea (lámina que se denomina flap), se talla la parte inmediatamente inferior y se vuelve a colocar el flap, el cual cicatriza solo.
 
Pasos de la cirugía LASIK
Es una cirugía muy sencilla, donde el paciente está despierto y con el ojo anestesiado localmente con gotas. La operación tiene una duración menor a la media hora y el postoperatorio, aunque algo molesto, es breve. En un par de días ya se logra una visión bastante aceptable.

Esta técnica tiene como limitación el grosor corneal, pues el cirujano no puede tallar la córnea y dejarla con menos de 300 micras de espesor. Por tanto, graduaciones mayores a 8 dioptrías requerirán de otro tipo de operación. No obstante, cada persona tiene un espesor corneal distinto, razón por la cual cada persona tendrá un límite concreto para esta operación.

Para los casos anteriores la mejor solución es combinar el LASIK con la colocación de una lente intraocular entre el iris y el cristalino. O, mejor aún, utilizar sólo esta lente sin LASIK. El cirujano elegirá la mejor opción según el caso.

Se trata de una operación muy sencilla y tiene como principal ventaja, si se utiliza de forma exclusiva, dejar la córnea intacta; lo anterior conlleva olvidarnos de posibles ojos secos y tener una rápida recuperación tras la operación. Entre las desventajas destacar la posibilidad de generar cataratas en un futuro próximo o aumentar la presión intraocular, lo que conlleva otros problemas oculares. Igualmente, la necesidad de retoques con LASIK es tan frecuente que muchos cirujanos no la practican por el hecho de tener que operar dos veces.

Otras operaciones más minoritarias son el PRK (queratectomía fotorrefractiva), que consiste en tallar la córnea directamente (sin flap), lo que supone un postoperatorio más doloroso (se crea una úlcera en córnea). No obstante, con ella logramos rebajar más cantidad de miopía que con el LASIK (pues ahorramos el grosor del flap).

El LASEK consiste en separar el epitelio corneal por medios químicos y tallar con laser la córnea, colocando finalmente de nuevo el epitelio. Aunque en teoría aunaba las ventajas del PRK y el LASIK, no es una técnica muy utilizada al presentar problemas en la recolocación del epitelio corneal.

Espero que este breve artículo sirva para poner un poco de luz sobre la cirugía refractiva y ayudar a las personas interesadas en el tema a tomar la decisión de operarse o seguir utilizando otros medios para compensar sus ametropías.
¿Te operaste? Coméntanos tu caso y podremos obtener una informal estadística para complementar este post.

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