miércoles, 2 de diciembre de 2015

Hernán Cortés quemó sus naves



El viernes 2 de diciembre de 1547, en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), moría Hernán Cortés. Resulta sorprendente que sobre el gran conquistador de México la población apenas sepa nada. Y más curioso resulta que las pocas cosas que se conozcan sobre él sean episodios mitificados y falsos.

Cuando preguntamos a alguien sobre Hernán Cortés algunos nos dirán que conquistó México, otros que el Imperio Inca (¿?), pero todos, invariablemente, nos relatarán la anécdota de la “quema de sus naves”.

Siempre me resultó curiosísimo que el único dato que el público general conozca de Hernán Cortés sea más falso que un beso de Judas. Porque, señores, Cortés nunca quemó sus naves, ni física ni metafóricamente. ¿Quieren saber la verdadera historia?



A pocos les habrá sonado la fecha de la muerte de Cortés. A casi todos les sorprenderá si les indico que Cortés fuese acusado de matar a su primera esposa, Catalina Xuárez, y que llegó a ser juzgado por ello, aunque no hubo sentencia por no concluirse nunca el proceso. La sorpresa aumentará cuando les informe que Cortés fue un mujeriego empedernido (las crónicas son unánimes en ello) que tuvo cinco hijos extramatrimoniales durante su primer matrimonio y otros seis posteriormente, esta vez fruto de su segundo matrimonio. Casi todos conocen que él fue el responsable de la conquista del Imperio Mexica, pero pocos saben que hoy día se le atribuye el descubrimiento de la península de Baja California.


Deben reconocer que el conocimiento general que se tiene sobre Hernán Cortés es, por decirlo finamente, deficiente. No pretendo hoy adentrarme en la vida y obra de este personaje sino aclarar uno de los errores históricos más perniciosos con los que jamás me encontré. Se trata del asunto de la “quema de las naves”.

Hoy día es de uso corriente la expresión “quemar las naves”. Su significado es el de tomar una decisión cuya consecuencia más definitoria es la de no poder volver atrás.

Como podréis imaginar, en el mundo de los negocios y en los libros de autoayuda del tipo “Métodos de liderazgo” o “Sé tu propio jefe”, la expresión es habitualmente utilizada. Eso de no retroceder jamás, o de que la victoria tiene más mérito si no tenemos opción de dar marcha atrás, resulta muy popular para utilizarlo en una charla de motivación, pero no para aplicarlo en la vida real.

Estos “vende humos”, como me gusta llamarlos, os citarán el origen histórico de la expresión. Os comentarán que Cortés, antes de iniciar su conquista a México y viendo que algunos de los suyos dudaban del éxito de su empresa, decidió quemar los barcos donde habían venido. De esta manera lanzaba el mensaje de que ya no era posible la vuelta atrás y que sólo quedaba la victoria como única opción.

Siempre me pregunto, cuando me encuentro con estas idioteces, si resulta tan difícil tener un poco de empatía histórica. Imaginémonos que somos Cortés. Hemos desembarcado en un continente desconocido. Somos poco más de medio millar de hombres. Hemos oído hablar de un Imperio Mexica con capital en Tenochtitlán, y nos hemos hecho aliados de sus enemigos, los Totonacas, que, aunque con armas más atrasadas, aportan para la batalla más de un millar de hombres. En esta situación lo mejor es un acto de chulería y quemar nuestras naves, ¿verdad? ¿Qué puede salir mal?

Ni el más estúpido de los generales que enviaban, en la Primera Guerra Mundial, a sus soldados a caballo contra las ametralladoras alemanas hubiera quemado sus naves e inutilizado su único medio de escape de aquél lugar. ¿Alguien en su sano juicio haría tal cosa? Y os puedo decir que de Cortés se han dicho muchas cosas, pero un loco o descerebrado no era en absoluto.

Algunos estaréis pensando que mis palabras tienen lógica. Pero que el hecho de quemar las naves es real. Que aparece en multitud de libros. Los más aventajados en el tema pensarán que se trató de un error interpretativo. Que no hubo quema de ninguna nave, sino su barrenado.

Y el caso es que tenéis parte de razón. Cortés si inutilizó varios de sus navíos, aunque lo hizo por otros motivos más mundanos que el de dar una lección ejemplar a sus hombres. Veamos que pasó y de donde viene el error que nos ha llevado hasta aquí.

Para conocer el episodio que tratamos de la quema de las naves contamos con varias fuentes de primera mano. Tal vez, la más importante sea la ofrecida por el propio Cortés en sus famosas cartas, aunque también es interesante la otorgada por Bernal Díaz del Castillo, quién participó en la expedición de Cortés. Ambas tienen una cosa en común: ninguna habla sobre la quema de ninguna nave.

Según nos cuenta Cortés en sus cartas:

Y porque, como ya creo, en la primera relación escribí a vuestra majestad que algunos de los que en mi compañía pasaron, que eran criados y amigos de Diego Velázquez, les había pesado de lo que yo en servicio de vuestra alteza hacía, y aun algunos de ellos se me quisieron alzar e írseme de la tierra, en especial cuatro españoles que se decían Juan Escudero y Diego Cermeño, piloto, y Gonzalo de Ungría, así mismo piloto, y Alonso Peñate, los cuales, según lo que confesaron espontáneamente, tenían determinado de tomar un bergantin que estaba en el puerto, con cierto pan y tocinos, y matar al maestre de él, e irse a la isla Fernandina a hacer saber a Diego Velázquez cómo yo enviaba la nao que a vuestra alteza envié y lo que en ella iba y el camino que la dicha nao había de llevar, para que el dicho Diego Velázquez pusiese navíos en guarda para que la tomasen, como después que lo supo lo puso por obra, que según he sido informado envió tras la dicha nao una carabela, y si no fuera pasada la tomara. Y así mismo confesaron que otras personas tenían la misma voluntad de avisar al dicho Diego Velázquez; y vistas las confesiones de estos delincuentes los castigué conforme a justicia y a lo que según el tiempo me pareció que había necesidad y al servicio de vuestra alteza cumplía.

Y porque demás de los que por ser criados y amigos de Diego Velázquez tenían voluntad de se salir de la tierra, había otros que por verla tan grande; y de tanta gente, y tal, y ver los pocos españoles que éramos, estaban del mismo propósito, creyendo que si allí los navíos dejase, se me alzaran con ellos, y yéndose todos los que de esta voluntad estaban, yo quedaría casi solo, por donde se estorbara el gran servicio que a Dios y a vuestra alteza en esa tierra se ha hecho, tuve manera como, so color que los dichos navíos no estaban para navegar, los eché a la costa por donde todos perdieron la esperanza de la tierra. Y yo hice mi camino más seguro y sin sospecha que vueltas las espaldas no había de faltarme la gente que yo en la villa había de dejar.”.

Tenemos que tener ciertas precauciones al leer las cartas de Cortés, pues no dejan de ser un documento sumamente subjetivo cuyo único fin es justificar su actuación ante su rey. No obstante, podemos sacar varias conclusiones.

En primer lugar, Cortés nos confirma que inutilizó los navíos para que no volvieran a navegar. No habla de quemar las naves de forma aleccionadora, sino de inutilizarlas. Además, nos cuenta su razón principal, el de alejar la posibilidad de una posible vuelta a todos aquellos que no confiaban en la expedición. Pero he incluido el párrafo que habla sobre el castigo a los afines a Diego Velazquez porque creo que aquí tenemos la poderosa razón por la que Cortés inutilizó sus naves.

Diego Velazquez de Cuéllar (no confundir con el pintor) era el adelantado y gobernador de Cuba desde 1511. Desde su puesto había patrocinado varias expediciones al continente. La primera a Yucatán, la segunda a las costas de México y la tercera a Culúa, a cuyo frente colocó a Hernán Cortés. Éste actuaría de capitán, mientras que Velazquez se encargaba de armar la flota. 

Cortés y Velázquez tenían una relación complicada. Cortés acompañó a Velazquez en la conquista de Cuba, lo que le valió la obtención de tierras y esclavos como premio. Luego fue encarcelado por Velazquez, quién le acusó de conspirar contra él. No obstante, poco después vemos a ambos reconciliados, con Cortés casado con la cuñada de Velazquez y al mando de su última expedición.

Las relaciones debieron enturbiarse nuevamente pues Cortés, adelantándose a la destitución que le habían preparado, tuvo que huir con la armada precipitadamente el 18 de noviembre de 1518. Tras aprovisionarse lo suficiente marchó hacia el continente, iniciando su conquista “particular” de México.

Velázquez no se quedó con las manos cruzadas e intentó detener a Cortés. Primero envió otra expedición, al mando de Pánfilo de Narváez, la cual fracasó. Luego logró en la corte española el título de adelantado de Yucatán. Cortés, enterado de tal nombramiento, decidió jugar también sus cartas en la corte española y envió a sus compañeros más fieles, Portocarrero y Montejo, con lo mejor del botín obtenido hasta entonces. Su objetivo era conseguir el nombramiento para Cortés. Y tenían a su favor que al rey español le agradaba la política de hechos consumados.

Por tanto, Cortés inutilizó las naves (todas menos en las que se marcharon sus fieles compañeros a España) con el objetivo de cortar las comunicaciones con Cuba. Velázquez no debía conocer los planes de Cortés para arrebatarle el nombramiento y ninguno de los soldados que le acompañaban (muchos de los cuales no veían bien la traición realizada por Cortés a Velazquez) debía marcharse y contárselo.

Inutilizar las naves era perentorio, pues había abortado una huída de los afines a Velazquez en el último momento. Y la justicia que les aplicó fue la típica de aquella época. A Diego Escudero y Juan Cermeño los ahorcó, mientras que al piloto Gonzalo de Umbría le cortó un pie.
Esta fue la verdadera razón de inutilizar las naves, eliminar toda posibilidad de que Velazquez sospechara de sus planes. Luego, la segunda razón que nos ofrece para inutilizar las naves, la relativa a la tropa temerosa por el escaso número de españoles que la formaban, se nota que es un añadido, a posteriori de los acontecimientos, para justificar su actuación. Y esto es así porque no se inutilizaron los navíos de forma definitiva.

 Bernal Díaz del Castillo, en su “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España Tomo I”, en el capítulo LVIII, nos relata el episodio de la “quema” de las naves:

“CAPITULO LVIII. CÓMO ACORDAMOS DE IR A MÉXICO, Y ANTES QUE PARTIÉSEMOS DAR TODOS LOS NAVÍOS AL TRAVÉS, Y LO QUE MAS PASÓ, Y ESTO DE DAR CON LOS NAVÍOS AL TRAVÉS FUÉ POR CONSEJO Y ACUERDO DE TODOS NOSOTROS LOSQUE ÉRAMOS AMIGOS DE CORTÉS.

Estando en Cempoal, como dicho tengo, platicando con Cortés en las cosas de la guerra y camino que teníamos por delante, de plática en plática le aconsejamos los que éramos sus amigos, y otros hubo contrarios, que no dejase navío ninguno en el puerto, sino que luego diese al través con todos y no quedasen embarazos, por qué entretanto que estábamos en la tierra adentro no se alzasen otras personas, como los pasados; y demás de esto, que tendríamos mucha ayuda de los maestres y pilotos y marineros, que serían al pie de cien personas, y que mejor nos ayudarían a velar y a guerrear que no estar en el puerto.”

Bernal Díaz del Castillo ofrece una versión similar de los hechos. Los barcos fueron inutilizados para evitar otros alzamientos de los contrarios a Cortés. Aquí no nos informa sobre que esos contrarios eran amigos de Velazquez, pero, en cambio, si nos aporta más información sobre el método que utilizaron, tanto Cortés como sus amigos (no fue una decisión unilateral de nuestro héroe), para inutilizar los navíos, “darlos al través”.

Dar al través con un barco significa volcarlo, tumbarlo o ponerlo transversal para vararlo. En otros textos también se utiliza la palabra “barrenar”, que significa abrir agujeros con una broca o barreno. Seguramente se utilizaron ambos métodos, según lo deterioradas que estuvieran las naves.

La expedición de Cortés hizo algo lógico en aquellos tiempos. Desmontó los navíos que estaban en peores condiciones y dejó alguno hundido en aguas poco profundas de la costa. Con ello Cortés impedía la deserción de parte de su hueste para avisar a Velazquez, evitaba dejar hombres vigilando los navíos (los cuales serían muy necesarios en su expedición) y mantenía abierta la posibilidad de recuperar los navíos si más tarde era necesario hacerlo. Pues en aquella época, las expediciones estaban acostumbradas a reparar navíos e incluso construirlos (como realizará la expedición de Cortés en el lago de Texcoco).

Por tanto, Cortés no “QUEMÓ SUS NAVES” ni de forma física ni metafórica. Inutilizó sus navíos para evitar ser delatado en su traición. Pero si hubiera tenido que utilizarlos posteriormente, los hubiera tenido a su disposición varados en la costa. ¿Por qué entonces surgió la anécdota de la quema de las naves?

Debemos que tener en cuenta que la aventura de Cortés, dado su éxito, fue reescrita posteriormente de forma profética. El objetivo era ensalzar las decisiones del héroe, reescribiendo su historia de forma hagiográfica.

Uno de esos escritores que se dedicaron a ensalzar la figura de Cortés fue Cervantes de Salazar, quién 27 años después de los hechos escribió su Crónica de la Nueva España.
En ella vamos a ver a un Cortés que actuaba siguiendo los mandatos divinos de la divina providencia. Fue él quién adulteró el episodio del varado de los navíos para tergiversar su objetivo. En su obra podemos leer lo siguiente:

Para salir, pues, con tan memorable hazaña de manera que los suyos no se alborotasen, llamó de secreto a los maestres y pilotos, y haciéndoles grandes caricias y nuevas ofertas, dándoles en breve a entender la gran fortuna y buena ventura que entre las manos tenían, les rogó que con todo secreto, so pena de la vida, diesen barreno a los navíos, de manera que por ninguna vía se pudiese tomar el agua, y que hecho esto, cuando él estuviese con mucha gente, entrasen do él estaba y dixesen que los navíos estaban cascados y comidos de broma para no poder navegar […] mandó Cortés, sacasen dellos la xarcia y lo demás que se pudiese aprovechar y los dexasen hundir. Los Maestres, sacando primero los tiros, armas, vituallas, velas, sogas, áncoras y todo los demás que podía aprovechar, dieron al través con cinco navíos que eran los mejores. No mucho después quebraron otros cuatro con alguna dificultad, porque ya la gente entendía el propósito y ardid de su Capitán; y así comenzaron a murmurar y tratar mal dél, quexándose por corrillos que los llevaba al matadero [en realidad sólo a conquistar el imperio más grande de Norteamérica] y que les había quitado todo refugio, así para ser proveídos de fuera, como para si se ofreciese algún peligro tener con qué librarse dél”. (Cervantes de Salazar 238, Vol. 1, cap.22).

Por tanto, según Cervantes de Salazar, el hundimiento de los navíos fue una hábil estratagema de Cortés para animar a su tropa en la consecución de su objetivo de conquista, para evitar, al fin y al cabo, la deserción de su hueste. Ya han desaparecido los amigos de Velázquez y sus conspiraciones. Cortés es un héroe y esos asuntos es mejor olvidarlos. El episodio menor del barrenado de las naves, donde Cortés, sólo él, es el autor de tal hazaña, se convierte en una etapa clave de la conquista. Un punto de no retorno, como el paso del Rubicón por Julio César.

Respecto a la quema de las naves, este autor parece ser el difusor inicial del mito. Aunque en su crónica de los hechos no aparece tal episodio, si lo vemos en una epístola dedicada a Cortés en 1546:

vuestra señoría desembarcó para la entrada, quemando luego los navíos en testimonio de su mucho valor”.

A partir de entonces, y gracias a los relatos de Juan Suárez de Peralta, historiador novohispano del mismo siglo XVI, el episodio de la quema de las naves se popularizó con tanto éxito que ha llegado hasta hoy día con una fortaleza notable. Podemos leer en su crónica: “acordó (Cortés) que se quemasen los navíos, y ya quemados, de fuerza habían de entrar (los soldados) la tierra adentro y pelear hasta morir o aprovechar la jornada”.

Todos aquellos historiadores que reescribieron la conquista de Cortés ensalzando al héroe, no pudieron dejar pasar la ocasión de equiparar el relato del barrenado de las naves con el episodio clásico de la quema de las naves por Alejandro Magno. En efecto, según nos cuentan las crónicas, Alejandro Magno, al desembarcar en Fenicia, quemó sus barcos para dejar a sus soldados sin alternativa de regreso. De nuevo estamos ante una acción sin parangón, propia de los grandes conquistadores, de personas excepcionales que se distinguen de los demás, precisamente, por esas decisiones tomadas contra la razón.

El episodio de Cortés ha llegado a tener tanta fama en el mundo que ha conseguido borrar de la memoria el resto de “quema de naves” ocurridas, supuestamente, en la antigüedad. Porque antes que Cortés las “quemara”, muchos grandes conquistadores del pasado también lo hicieron: Ya hemos hablado sobre Alejandro Magno en Fenicia, pero también aparece la misma historia con Julio César en Britania, Agatocles en Sicilia, Juliano en el Tigris, el duque de Normandía en Inglaterra, Bohemundo durante las primeras cruzadas, Barbarroja en Argél o el general Sun Tzu en China.

Todos estos relatos nos demuestran una cosa: el episodio de la quema de las naves es un cliché literario. Una buena historia que ha sido utilizada desde los tiempos más remotos por todos aquellos “historiadores” que pretendieron ensalzar la figura de una persona sin igual. Es un episodio reelaborado a posteriori del resultado final.

El episodio de Cortés resulta ejemplificador de lo que es la reconstrucción histórica. Se toma un hecho secundario, el del varado de las naves en la costa, y se tergiversa de tal modo que las naves varadas pasan a quemarse ejemplificadoramente. Y lo que era una acción común de los conquistadores y realizada, en este caso, con el objetivo de no permitir que se conociera la traición de Cortés a Velázquez, pasa a ser un episodio fundamental muestra del valor del héroe y de su determinación en llevar adelante la conquista.

Bibliografía:

Bernal Díaz del Castillo. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Tomo I. Editorial Pedro Robredo. México.1939. En la red aquí.

Cervantes de Salazar, Francisco. Crónica de la Nueva España. Edición Manuel Magallón. En la red aquí.

Del Valle-Arizpe, Artemio. Andanzas de Hernán Cortés. Editorial Diana. México. 1979

Mira Caballos, Esteban. Hernán Cortés. El fin de una leyenda. Badajoz, Palacio Barrantes-Cervantes. 2010. En la red tenéis una pequeña reseña del libro (aquí).

Murado, Miguel-Anxo. La invención del pasado: Verdad y ficción en la Historia de España. Debate. 2013.

Para consultar documentos originales Cartas de Relación de Hernán Cortés os recomiendo este sitio: http://barricadaletrahispanic.blogspot.com.es/2011/08/hernan-cortes-arriva-por-vez-primera.html

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