domingo, 10 de febrero de 2019

La influencia silenciosa del clima en la Historia



Hipócrates, en el siglo V a.C. escribió un tratado médico titulado Aires, aguas y otros lugares. En aquel momento ignoraba que acababa de iniciar la andadura del llamado determinismo climático o ambiental. Este determinismo climático aboga por defender la hipótesis que todas las sociedades y pensamientos humanos están influidos por el clima, cuya principal característica es la causalidad (todo sigue unas reglas y nada surge al azar en la Naturaleza).

Las posturas más radicales del determinismo climático fueron defendidas hasta mediados del siglo XX, siendo el geógrafo y antropólogo Ellsworth Huntington uno de las figuras más importantes de este movimiento. Según sus teorías, el auge y caída de las principales civilizaciones podían explicarse en base a los efectos del clima. Y  para demostrarlo desarrolló una teoría explicativa de la decadencia del Imperio romano a partir del decrecimiento de la fertilidad de la tierra.

Hoy día ya hemos superado estas ideas tan radicales. Todo historiador sabe la imposibilidad de atribuir a un solo factor los cambios que puedan darse en un sistema. Siempre hay más de uno y, además de la responsabilidad original, son quizá más determinantes las relaciones que se establecen entre esos múltiples factores. Pero, ¿Cuándo fue el clima uno de esos factores influyentes?

Aprovechando la lectura del interesante libro de Roberto Brasero La influencia silenciosa os voy a enumerar sus principales conclusiones respecto a algunos hitos climáticos que influyeron, junto a muchos otros, en nuestra historia pasada. ¿Os interesa el tema?


El comienzo de la civilización, en ciudades-estado, ocurrió en Mesopotamia, gracias a los sumerios, hacia el año 3.000 a.C. Anteriormente, desde el 6.000 a.C. el Neolítico se había impuesto en aquella zona, expandiéndose la ganadería y la agricultura poco a poco. Las razones del cambio, de empezar a vivir en ciudades, debieron ser múltiples. Y una de ella fue climática.

En efecto, hace unos 5.200 años BP el clima en la Tierra cambió. De una etapa óptima para la vida (el Sáhara era un vergel, por ejemplo) se pasó a un rápido enfriamiento general: la aridez aumentó y las lluvias fueron menos abundantes; es decir, las zonas fértiles se reducen a las próximas a los ríos, mientras en el resto se produce la desertificación. Y los hombres, recluidos en menor espacio, debieron ingeniárselas para producir mayor cantidad de alimentos. La solución fue utilizar el regadío y organizarse jerárquicamente. Y esta solución la vemos tanto en Mesopotamia (ríos Tigris y Éufrates) como en Egipto (río Nilo), la India (río Indo) o China (río Yangtsé).



Desde el siglo III a.C. y hasta el siglo IV d.C., el clima de toda Europa atravesó una nueva fase cálida que ha sido bautizada por los climatólogos como el Periodo Cálido Romano, con un pico entre los años 230 a.C. y 140 d.C. Lluvias abundantes y suaves temperaturas determinaron que el Mediterráneo occidental se convirtiera en el granero de Roma (África e Hispania principalmente). Y con unas buenas reservas de cereales se pueden alimentar a nutridos ejércitos. Sin duda, el buen clima general favoreció mucho la expansión romana.

Pero todo lo bueno se acaba y hacia el siglo III d.C. comenzaría una época de enfriamiento que repercutiría en el norte de Europa. Numerosos pueblos bárbaros, empujados por el riguroso clima invernal, comenzarían a desplazarse hacia el sur, cruzando la frontera del Danubio. Primero asimilados por un decadente Imperio romano, terminarían por hacerlo caer en el año 476.

El aumento del frío se mantuvo estable en la primera parte del Medievo, algo que influyó poderosamente en la vida de la Alta Edad Media y la consideración feudal y autárquica de la sociedad. También en que aquellos antepasados sufrieran largas sequías o desbordamientos de ríos, como el ocurrido en el año 675 en el río Guadalquivir. En los documentos visigodos tenemos la constancia de diversas sequías que terminaron provocando hambrunas importantes (620 y 675). Cuando llegaron los musulmanes a la Península los habitantes del reino visigodo llevaban años sufriendo hambrunas por las sequías. Ellos, provenientes de un clima más benigno y mejor alimentados, tuvieron más fácil conquistar una población malnutrida y diezmada por la sequía.

No obstante, todo cambió a partir del año 800 (1000 en España), volviendo a incrementarse las temperaturas hasta valores superiores a los que vivimos hoy día. El llamado Periodo Cálido Medieval duraría hasta el año 1200 en el norte de Europa (1300 en España) y se definió por unos siglos en los que existieron climas benignos, sin grandes contrastes entre temperaturas de un año para otro y con lluvias abundantes, lo que deparó buenas cosechas. Inviernos más suaves, con lluvias benignas (riegan las cosechas y no son torrenciales), primaveras sin heladas bruscas que arruinen cosechas y veranos largos y cálidos sin extremismos (permiten a los cereales crecer correctamente), posibilitaron el aumento de la población al existir excedentes alimenticios. En concreto, Europa triplicó su población en esta época, pasando de 35 millones de personas en el siglo XI a 80 millones a mediados del siglo XIV.



Y no sólo eso. La menor densidad de hielo en el mar del norte permitió a los vikingos llegar hasta Groenlandia, una tierra en la que, al contrario que hoy día, los colonos pudieron asentarse y crear colonias debido a la existencia de pastos en vez de hielo. Y asentados allí no les fue complicado llegar hasta América del Norte, lugar en el que obtenían madera. Permanecieron en Groenlandia hasta el siglo XIV, momento en el que el clima volvió a cambiar y ya no les era tan confortable la vida en aquellas tierras. En 1492 tenemos este testimonio escrito en una carta: “Viajar a Groenlandia no es una empresa que se realice con frecuencia, pues el hielo invade las aguas del mar. Se estima que ningún barco ha llegado a sus costas en los últimos ocho años”.

En efecto, en el siglo XIV comenzó la llamada Pequeña Edad del Hielo. Un enfriamiento importante de la temperatura global que, aunque alejada de las glaciaciones cuaternarias, tuvo importantes condicionamientos en la vida de nuestros antepasados. Durante los próximos cinco siglos los años de tiempo bueno y estable pasaron de ser la norma a ser excepcionales. Como explica Roberto Brasero en su libro, se trató de un periodo con “los inviernos largos y fríos —más que los de ahora—, que propiciaban años de heladas intensas y tardías y frecuentes nevadas. También existían veranos cálidos o incluso ardientes, y esta variabilidad térmica extrema, a veces de un año a otro, es precisamente uno de los rasgos que definen el periodo. Por último, las manifestaciones más severas del clima, como las tormentas y los temporales o las riadas y las sequías, también se hicieron más frecuentes en estos años. En conjunto, el clima a partir del siglo XIV comenzó a volverse más hostil”. Variabilidad junto a unas condiciones más frías (con nevadas, heladas y temporales) fue la norma general. Entre 1550 y 1700 fueron los momentos más duros de este clima frío.

Las principales consecuencias de este cambio climático están impresas en las fuentes históricas. El año 1315 fue denominado como el del gran diluvio y las crónicas de la época cuentan que en el norte de Europa “durante casi todo mayo, junio, julio y agosto no paró de llover”. Ello provocaría que el año 1316 fuera el peor de todo el Medievo respecto al cultivo de cereales. Y ello en la Edad Media significaba hambruna y muerte. La Peste Negra encontraría una sociedad infra-alimentada ideal para causar sus enormes estragos a partir de 1348. En España, el 1 de febrero de 1433 comenzó a nevar en Zamora y no dejó hasta el 12 de marzo, mientras que el Ebro, a su paso por Tortosa, se heló en 1442 y 1447.

El viaje de Colón hacia América tuvo un recorrido muy similar al que realizan todos los años los huracanes. Formados como una pequeña borrasca frente a la costa occidental africana, se va transformando según avanza hacia el oeste empujada por los mismos vientos que soplaron las velas de las carabelas de Colón (vientos que transportan arena del Sahara cargada de fósforo hasta el Amazonas). Su paso por aguas cálidas transforma la borrasca en un ciclón tropical, cuya siguiente etapa es la tormenta tropical y, finalmente, el huracán. ¿Por qué Cólón no sufrió ninguna tormenta tropical o huracán en sus viajes si precisamente navegó en los meses en los que más fenómenos de este tipo hay?

En efecto, desde el 1 de junio hasta el 30 de noviembre el Caribe sufre la época de huracanes, siendo agosto, septiembre y octubre los meses con mayor número de ellos. Pero Colón, en 1492, no conocía nada de estos fenómenos atmosféricos tan peligrosos. Eligió esas fechas porque soplaban hacia el oeste los vientos alisios, fundamentales para realizar el trayecto. Y dado que el anticiclón de las Azores (origen de esos vientos) estaba bastante extendido, pudieron llegar hasta el Caribe sin mayores dificultades. La vuelta no podían hacerla por el mismo camino, con el viento de cara, y por ello aprovecharon la corriente del Golfo y los vientos del oeste. Realizaron, sin saberlo, un completo rodeo al anticiclón de las Azores.

La razón por la cual no se encontró ningún peligroso huracán (al final del viaje se toparon con una borrasca que separó a los dos navíos que regresaban) era porque las aguas del Atlántico eran más frías que en la actualidad y no llegaban a los 26ºC necesarios para que se formaran estos fenómenos meteorológicos. Las peores tormentas se generaban más al norte (el hielo de los polos estaba más al sur que hoy día). Grandes tempestades afectaron a las ciudades costeras del Reino Unido entre 1421 y 1446, llegando a morir por ellas más de 100.000 personas.

No obstante, los marineros que viajaron en esos años al continente americano conocieron los huracanes. Aunque no existían las mejores condiciones para formarse alguno debió existir. Como, por ejemplo, el 16 de junio de 1494, cuando el primer huracán documentado golpeó el litoral de la isla La Española. En 1495 Colón pudo observar el efecto de un huracán, al hundir tres navíos en las Antillas, y en 1502, durante su último viaje, otro huracán azotó la Española, hundiendo 20 barcos y provocando unas quinientas víctimas. Colón, al identificar la tormenta que se avecinaba como la que había visto hacía años logró salvarse en un puerto seguro antes de verse inmerso en ella. Por tanto, Colón pudo realizar su primer viaje con éxito debido a una mezcla de azar y deseo emprendedor. La escasez de huracanes en aquella época le ayudó a conseguir cruzar el Atlántico con éxito. En nuestra época puede que no lo hubiera conseguido (tenemos una media de 12 ciclones tropicales por año).

Volvamos a la Pequeña Edad  de Hielo que sufrió Europa a partir del siglo XVI. Centrándonos en España era normal que los ríos se helaran en invierno (el 12 de diciembre de 1506 se congeló la desembocadura del Ebro y se pudo pasar sobre la capa helada montando un burro; no fue una excepción). El clima, muy frío en invierno, era además extremadamente variable: lluvias torrenciales, inundaciones, riadas, severas sequías en ardientes veranos… Condiciones ideales para arruinar las cosechas con heladas tardías en mayo o falta de agua continuada durante meses.

Las invasiones de aire frío siberiano eran mucho más habituales en nuestro país que hoy día y las nevadas copiosas en ciudades costeras como Barcelona, Valencia o Alicante eran frecuentes según las crónicas. En aquellos años los cítricos no venían del levante, sino de Galicia y Cantabria. Los ríos era normal que se helaran y tenemos constancia de ello en el Tormes, el Ebro o el Tajo.

Mientras, en verano, el clima seguía atacando con olas de calor y plagas de langostas debido a los vientos provenientes del Sahara. Por si no fuera suficiente, lluvias torrenciales provocaban peligrosas riadas e inundaciones. Por ejemplo, Murcia sufrió 30 inundaciones en el siglo XVII.

Ahora comenzará a configurarse el paisaje actual de nuestro país. En La Mancha, por ejemplo, el pasto desaparecerá y la tierra será ocupada por campos de cereales y viñedos, más resistentes al frío y necesitados de pocas lluvias. La Mesta, esa organización ganadera tan importante tiempo atrás, comenzará su declive final, mientras que nuevas oportunidades de comercio, como el de la nieve, tendrán un auge importante en estos años. Los vascos se beneficiaron del desplazamiento hacia el sur de los bancos de bacalao y lograron hacerse famosos gracias a su rebosante pesca en Terranova.

Pero si en España pasamos frío y penurias en el norte de Europa la cosa no fue mejor. Numerosas y peligrosas tormentas (ciclogénesis explosivas diríamos hoy día) golpeaban Inglaterra y lo que hoy es Holanda. Una de ellas se encontró la Armada Española en su regreso y la diezmó por completo frente a Irlanda. Las tormentas, unidas a fuertes marejadas provocaron, por ejemplo, que en 1570 Ámsterdam y Rotterdam quedaran inundadas al sobrepasar el agua los diques. El río Támesis, a su paso por Londres, se congeló en once ocasiones durante el siglo XVII, la última en 1684. En el invierno de 1708 se podía ir desde Dinamarca a Suecia caminando sobre el hielo que se había formado en el mar del Norte. Todo ello provocaba que hace unos 300 años la gente moría por la consecuencia del frío en Europa; directamente por el frío (solo en 1740 murieron por hipotermia 20.000 personas en Gran Bretaña.) o por riadas, inundaciones y tormentas, así como indirectamente por la falta de buenas cosechas que el mal tiempo provocaba (hambrunas en Francia en 1740 y 1741, por ejemplo).



¿Qué provocó esta Pequeña Edad de Hielo? Los científicos lo achacan a un enfriamiento de la temperatura general del planeta debido a la ausencia de manchas solares (Mínimo de Maunder) y el aumento de la actividad volcánica. Menores manchas solares significan que el Sol emite menor cantidad de energía, mientras que la expulsión de polvo, gases y dióxido de azufre a la atmósfera por parte de las erupciones volcánicas genera un velo alrededor del planeta que impide la llegada de parte de la radiación normal.

La confluencia de numerosas erupciones volcánicas en un corto periodo de tiempo (media docena en el cambio de siglo) junto a la menor radiación emitida por el Sol provocó que, dentro de este periodo tan frío, el año 1816 fuera denominado como el año sin verano.

La erupción del volcán indonesio Tambora el 11 de abril de 1815 provocó que una inmensa nube de polvo y ácido sulfúrico se extendiera por todo el planeta, provocando un verano extremadamente frío. Cuando llegó el verano de ese año, la temperatura no logró remontar. Las medias en los meses estivales fueron entre 2,3ºC y 4,6ºC más bajas que las normales y, en España, los veranos frescos (con máximas de 24ºC) se mantuvieron un par de años más).

La Pequeña Edad del Hielo podemos delimitarla entre la gran hambruna europea de 1315 y la terrible crisis de la patata irlandesa de 1843 que mató a millón y medio de personas. A partir de mediados del siglo XIX predominaron los años templados, alejándose de las brusquedades térmicas. Y sólo en la última década del siglo existió un último repunte frío. Aunque no tan fuerte como para volver a helar los ríos como antaño todos los años. La helada del río Ebro a su paso por Tortosa en 1895 fue la última registrada.

Los glaciares comenzaron un retroceso que aún sigue su curso, siendo el periodo entre 1950-1979 un pequeño paréntesis. La acción del hombre y unas condiciones climáticas benignas se han aunado para provocar este calentamiento progresivo en el que nos encaminamos y que no parece tener, de momento, final. ¿Es bueno este calentamiento? Dejo para otro día hablaros del cambio climático.



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