domingo, 2 de febrero de 2020

Los falsos Casus Belli como justificación de las guerras (II): la Segunda Guerra Mundial.


La Segunda Guerra Mundial ha sido el mayor conflicto bélico que ha presenciado el hombre. Las principales potencias económicas del mundo decidieron enfrentarse en una guerra atroz en la que se probaron los ingenios bélicos más espeluznantes. El mal, llevado a su máxima expresión, hizo su presencia en ambos bandos, siendo elementos notorios los campos de exterminio nazis o las bombas atómicas estadounidenses.

Todas las confrontaciones tienen un casus belli que los diferentes contendientes intentan sacar partido en beneficio propio. Estas excusas ocultan las verdaderas intenciones y mueven a la opinión pública a justificar la entrada de sus gobiernos en las batallas. Por ello es necesario tener una justificación sólida y los gobiernos implicados, ante la mayor guerra que existió, no dudaron en crearse para la ocasión unos casus belli a medida.

Como continuación del anterior post en el que desgranamos algunos falsos casus belli ocurridos hasta el siglo XIX, hoy vamos a detenernos en los ocurridos durante la II Guerra Mundial ¿Os interesa conocer estos casos?


El inicio de la Segunda Guerra Mundial: Gleiwitz (1939)

El 30 de septiembre de 1938 los jefes de gobierno de Reino Unido, Francia, Italia y Alemania firmaron los Acuerdos de Munich. Según este tratado los Sudetes (zona por entonces a Checoslovaquia) se incorporaban a Alemania. Aunque se pretendía evitar una guerra con esta revisión del Tratado de Versalles (el que puso fin a la Primera Guerra Mundial), lo cierto fue que simplemente supuso alargar la agonía. Hitler no respetó el tratado y terminó quedándose con toda Checoslovaquia (15 de marzo de 1939).

La siguiente petición de Hitler fue la ciudad de Danzing, constituida tras la Primera Guerra Mundial como puerto libre asociado a Polonia pero controlado por el partido nazi desde noviembre de 1938 (allí vivían 300.000 alemanes). Ni Francia ni Inglaterra estaban dispuestas a ceder otra vez, confiando que Hitler no se atrevería a enfrentarse a ellas y a la Unión Soviética al unísono. Ignoraban del pacto secreto Berlín-Moscú para el reparto de Polonia. Hitler sabía que invadir Polonia suponía ir a la guerra y se dispuso a preparar un adecuado casus belli.

Joseph Goebbels, ministro de Propaganda nazi, comenzó los días previos con diversos mensajes radiofónicos que advertían de las intenciones polacas a iniciar un ataque contra Alemania, mientras que tropas de la SS de Heydrich, disfrazados con uniformes polacos, atacaban un puesto fronterizo en Colinden. Ahora bien, la principal misión que pretendía justificar la entrada alemana en la guerra sería el ataque a Gleiwitz. Una misión de falsa bandera bautizada con el nombre de Operación Himmler.

Alfred Naujocks fue el hombre elegido para comandar la operación. Durante la noche del 31 de agosto comandó al grupo de soldados alemanes que tomaron la torre de radio de Gleiwitz vestidos como soldados polacos. Transmitieron un mensaje en polaco en el que indicaban que Polonia había tomado la radio e iniciaba el ataque contra Alemania. Y para otorgar mayor credibilidad al asunto dejaron varios cadáveres vestidos con uniformes polacos. Uno era el de Franciszek Honiok, un granjero católico alemán que había sido detenido unos días antes por la Gestapo y asesinado con una inyección letal. El resto eran detenidos del campo de Dachau, los cuales fueron asesinados con inyecciones letales y luego ametrallados con armas alemanas, con el objeto de justificar la toma al asalto alemana de la estación.

El montaje de este casus belli por parte de Alemania fue descubierto en los juicios de Núremberg, tras la confesión de Alfred Naujocks. En verdad nadie creyó en su día que Polonia fuera a atacar de esa forma a Alemania, razón por la cual no se le dio ninguna verosimilitud ni a este ni a la veintena de incidentes fronterizos (provocados por Alemania) que se produjeron en los momentos anteriores al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Ahora bien, de haber ganado Alemania ni duden que hoy los libros de historia hablarían de Gleiwitz como la causa del inicio de la Segunda Guerra Mundial.
 
Aspecto actual de la famosa torre
La invasión de Finlandia: la Operación Mainila (1939)

Uno de los puntos del acuerdo secreto entre Alemania y la Unión Soviética consistía en que los germanos dejarían vía libre a los soviéticos para anexionarse las Repúblicas Bálticas (estonio, Letonia y Lituania) y Finlandia una vez iniciado el conflicto. Mientras que con las primeras no tuvieron mayor problema, con Finlandia la cosa se complicó. Necesitaban un casus belli que justificara su invasión y para ello pusieron a trabajar al mariscal Grigory Kulik. Este veterano de la Primera Guerra Mundial ideó un ataque de falsa bandera sobre la ciudad soviética de Mainila, situada al norte de San Petersburgo. El 26 de noviembre de 1939 siete disparos de artillería cayeron en Mainila. Fue la excusa para que la Unión Soviética iniciara la invasión de Finlandia el 30 de noviembre de 1939.

¿Cómo sabemos que fue un ataque de falsa bandera?

Los finlandeses siempre aseguraron que ellos no habían disparado. Y ello puede comprobarse por sus diarios de guerra, en los que constaba que las piezas de artillería se habían retirado para evitar posibles incidentes. Por su parte, los soviéticos, tras desmembrarse la URSS, reconocieron la evidencia. El 18 de mayo de 1994 Boris Yeltsin reconoció oficialmente, como Presidente de la federación Rusa, que la guerra contra Finlandia no había sido defensiva, sino una agresión injustificada por parte de la Unión Soviética. Un reconocimiento que les honra.


La masacre de Katyn (1940)

En septiembre de 1943 el nazi Goebbels escribió lo siguiente en su diario: “Lamentablemente hemos tenido que renunciar a Katyn. Los bolcheviques, sin duda, pronto “encontrarán” algún motivo para acusarnos de haber ejecutado a 12.000 oficiales polacos. Ese episodio es el que nos va a causar no pocos problemas en el futuro. Los soviéticos, sin duda, van a hacer cuanto sea posible tras descubrir las fosas comunes para luego echarnos la culpa a nosotros” (Joseph Goebbels. The Goebbels Diaries, 1942-1943, Doubleday, Nueva york, 2003).

Eran unas palabras premonitorias, pues, a día de hoy, aún son muchos historiadores y periodistas afines a Rusia los que sostienen que la Matanza de Katyn fue realizada por los alemanes. No obstante, este suceso fue una nueva muestra de operación bajo falsa bandera; otra creación de un casus belli con el que ocultar las verdaderas responsabilidades soviéticas en esta matanza y no enturbiar las relaciones con sus entonces aliados, Reino unido y los EEUU.

Los alemanes descubrieron las fosas de Katyn mientras se retiraban del frente ruso, en abril de 1943. Tras excavar las fosas hallaron unos 4.000 militares polacos ejecutados con un tiro en la cabeza. Todos eran oficiales del ejército polaco.

Tras el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Alemania y la Unión Soviética se repartieron Polonia y planearon eliminar a la intelligentsia polaca y al estamento militar. Los alemanes cometieron sus crímenes con los grupos de matanza denominados Einsatzgruppen, mientras que los rusos hicieron lo propio con la reclusión en campos y el asesinato en masa, siendo Katyn el ejemplo de ello.

Stalin y Beria fueron los que ordenaron llevar a cabo la metódica masacre de oficiales polacos, según puede comprobarse en sendos documentos históricos. Los prisioneros eran conducidos a un búmker en el bosque de Katyn. Allí, se les interrogaba y luego, en una habitación pintada de rojo e insonorizada, se les ejecutaba de un disparo en la cabeza. El cuerpo se sacaba por una puerta trasera con el objeto de que el siguiente prisionero no sospechara nada antes de entrar. Los cuerpos eran trasladados a una fosa común en un camión.

Vasily Blojin, oficial de NKVD (policía secreta soviética) y ejecutor del plan, se vanagloriaba de haber ejecutado en persona a 7000 prisioneros polacos en 28 días. En total, según las estimaciones indicadas por Eric Frattini, en Katyn murieron “8000 prisioneros de guerra, 6000 policías, un almirante, dos generales, 24 coroneles, 79 tenientes coroneles, 258 mayores, 654 capitanes, 17 capitanes navales, 3420 oficiales no comisionados, siete capellanes, tres granjeros, un príncipe, 43 oficiales, 85 soldados, 131 refugiados, 20 profesores universitarios, varios cientos de abogados, ingenieros y profesores, más de cien periodistas y escritores, y cerca de 200 pilotos, incluyendo a la famosa piloto Janina Lewandowska”.

Para depurar responsabilidades los soviéticos ejecutaron a los prisioneros polacos con la pistola alemana Walther 25 ACP modelo 2, aunque el alto ritmo de ejecuciones, una cada tres minutos (según indicó Vladimir Abarinov en su obra The Murderers of Katyn) hizo que algunos verdugos descuidaran las órdenes y utilizaran su arma reglamentaria, una R Nagant M1895.

No es la única razón por la que sabemos que fueron los soviéticos los que perpetraron esta matanza. Además de por los documentos oficiales conservados (muchos de ellos aún clasificados por los rusos), sabemos de las presiones realizadas al gobierno polaco en el exilio, durante la Segunda Guerra Mundial, para que dejase de airear la cuestión. En este sentido, tanto los EEUU como Reino Unido prefirieron no perder a un aliado antes que asumir la realidad.

En un telegrama de Franklin D. Roosevelt a Stalin tranquilizaba a los soviéticos de la siguiente manera: “Estamos interesados solo en el asunto de Katyn si se muestra la complicidad alemana”. Igualmente, Churchill escribió lo siguiente a su homólogo estadounidense: “Nos hemos visto obligados a frenar a los polacos para que no saquen a la luz pública el asunto, a desalentar cualquier intento del público o la prensa de investigar a fondo esta fea historia. [...] De hecho, hemos utilizado el buen nombre de Inglaterra para, como hicieron los asesinos con los pinos, cubrir la matanza”. Nada de ello hubiera sido necesario de tener clara la autoría alemana en estos crímenes.
 
Fosa común encontrada en Katyn.
Los EEUU entran en la Segunda Guerra Mundial: El ataque a Pearl Harbor (1941)

En el año 1941 la Segunda Guerra Mundial discurría por unos derroteros que hacían temer el triunfo final nazi sobre sus enemigos. En abril Grecia se rendía ante los alemanes, al igual que hicieran los yugoslavos. En mayo Londres era bombardeada intensamente y a finales de junio Hitler lanzó su Operación Barbarroja con el objetivo de invadir la Unión Soviética. Su inicial avance incontestable hizo que Gran Bretaña y la Unión soviética firmaran un pacto de Asistencia Militar en julio.

Roosevelt, presidente de los EEUU, tenía muy claro el bando que escoger, pues en agosto de ese año había firmado la Carta del Atlántico con Churchill, en la que, entre otras cosas, se indicaba el restablecimiento de la paz tras la derrota de la tiranía nazi. Ahora bien, no todo el pueblo de los EEUU estaba a favor de entrar en la guerra y muchos simpatizaban con el régimen nazi (mucho más que con los soviéticos).

Roosevelt necesitaba una justificación para entrar en la guerra que arrastrara a toda la opinión pública estadounidense de manera uniforme e inequívoca. Y así quedó claro en la reunión del gabinete de guerra de Roosevelt el 25 de noviembre de 1941, en el cual se abordó la manera en la que “Japón disparara primero”. Las bases del plan, para entonces, estaban muy adelantadas.

Roosevelt estaba siguiendo el memorando realizado en 1940 por el teniente A. McCollum, cuyo objetivo era estrangular la economía japonesa y obligarles a atacar primero. Por su parte, los japoneses, empeñados en expandirse por Asia, mantenían el apoyo al Eje y la firme resolución de conquistar para no verse estrangulados económicamente. Especialmente acuciante era la dependencia de petróleo, el cual provenía en casi un 90% de los EEUU. Por ello, cuando los EEUU realizaron un embargo comercial a Japón como respuesta de la conquista de Indochina, en julio de 1940, la suerte estaba echada para ambos países. Los siguientes movimientos diplomáticos entre ambos países nada pudieron hacer para cambiar la decisión de ir a la guerra.

¿Se aprovechó Roosevelt del ataque japonés a Pearl Harbor para justificar su entrada en la Segunda Guerra Mundial? Sin duda, la documentación actual que tenemos hoy día nos permite afirmar que Roosevelt permitió que los japoneses atacaran Pearl Harbor para tener el casus belli necesario con el que entrar de forma justificada en la guerra.

Ya sabemos que el gabinete estadounidense, en 1941, deseaba un ataque japonés. De forma expresa la Casa Blanca indicó que “Los EEUU desean que Japón cometa la primera acción manifiesta”, según recuerda el teniente general Walter Short.

Pearl Harbor era el objetivo más sencillo para los japoneses y los EEUU lo sabían. Franz Knox, secretario de Marina, fue el primero que lo advirtió en una carta enviada el 24 de enero de 1941 a Henry Stimson, secretario de Guerra: “En la eventualidad de una guerra con el Japón, es muy posible que las hostilidades se inicien con un ataque repentino contra la escuadra o contra la base naval de Pearl Harbor”. No fue el único que indicó la debilidad de esa base aquel año y que era el objetivo principal en caso de guerra contra Japón.

Pero fuera de los informes puntuales, lo que nos lleva a pensar en la complicidad de Roosevelt en la inacción naval estadounidense son las órdenes dadas los días previos al ataque. 

El teniente A. McCollum aseguró que, alertados por el movimiento de la flota japonesa en el Pacífico desde el 4 de diciembre, se intentó poner en estado de alarma a la flota de Pearl Harbor, pero esos mensajes nunca llegaron a su destino debido a la opinión contraria de los almirantes superiores. Varios mensajes de la flota japonesa fueron interceptados por los estadounidenses los días previos al ataque, desechándose sin prestarles mayor credibilidad. Y la plana mayor estadounidense de Hawái fue apartada por Washington de las órdenes transmitidas en los días previos al ataque. Incluso Husband Kimmel, que movió su flota para buscar a la japonesa, fue obligado a regresar desde la plana mayor.

El ataque japonés contra Pearl Harbor tuvo un impacto militar muy limitado pues los barcos hundidos eran una chatarra obsoleta (acorazados). Ningún portaaviones, la nueva arma de guerra naval definitiva, fue hundido por no encontrarse allí, y los depósitos de combustible tampoco sufrieron el menor daño. Tal como indicó el vicealmirante Chūichi Hara, “el presidente Roosevelt debió de habernos condecorado”. Aquel 7 de diciembre de 1941 Japón le dio la excusa necesaria a los EEUU para entrar en la Segunda guerra Mundial y, posteriormente, convertirse en la nueva potencia mundial dominante.

El USS California se hunde en Pearl Harbor




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