domingo, 5 de mayo de 2019

Las armas químicas y biológicas fueron creadas en la historia contemporánea


Cuando hablamos del uso, por parte de los ejércitos, de armas químicas y biológicas, hoy en día pensamos en productos modernos de elaboración científica. Nuestra mente se dirige hacia acontecimientos recientes como el ataque a la ciudad de Duma (Siria) con el agente nervioso sarín en abril de 2018, o algo anterior, la masacre de Halabja, en donde las tropas iraquíes lanzaron en aviones diversas armas químicas en el contexto de su guerra contra Irán (marzo de 1988), como gas mostaza, sarín, tabun…

Si intentamos retrotraernos un poco más atrás en la historia de las armas químicas la parada principal es la Primera Guerra Mundial, lugar en el que se inició el uso masivo de agentes químicos contra los ejércitos enemigos. Al contrario de lo que se suele pensar, el uso de gas mostaza, gases lacrimógenos o el uso de fosgeno apenas supuso un 3% de bajas mortales, aunque el temor provenía de las numerosas bajas no letales que provocaba.

En esta primera guerra mundial también tuvieron un importante protagonismo los lanzallamas. Un arma que podemos considerar también biológica, pues aprovecha un elemento de la Naturaleza, modificándolo, para vencer al enemigo.

Hoy en día nos movemos ante el temor de ataques con virus, bacterias y toxinas creadas en sofisticados laboratorios, capaces de atacar nuestros puntos débiles y crear una destrucción tan masiva como incontrolada.

Pero, ¿acaso los antiguos no tenían los mismos temores que nosotros respecto a las armas biológicas? En el siguiente post veremos que sí.


Toda la información que vais a leer a continuación proviene, en su mayor parte, del maravilloso libro Fuego griego, flechas envenenadas y escorpiones: Guerra química y bacteriológica en la antigüedad (Adrienne Mayor. Desperta Ferro, 2018). Se trata de una obra pionera en su género y que hará las delicias a todos aquellos interesados en este aspecto tan concreto de la historia militar antigua.

Tal como indica la autora de esta obra “entendemos  por  guerra  química  el  empleo  militar  de  gases  venenosos y materiales incendiarios, incluidos los elementos abrasivos, cegadores  y  asfixiantes  y  los  venenos  minerales.  Las  armas  biológicas,  por  su  parte,  son  aquellas  basadas  en  organismos  vivos  y  abarcan  las  bacterias infecciosas, los virus, los parásitos y las esporas, agentes todos ellos que pueden multiplicarse en el interior del cuerpo del individuo infectado  para  incrementar  sus  efectos  y  tornarse  contagiosos.  El  uso  hostil de toxinas vegetales y sustancias venenosas derivadas de anima-les, insectos, reptiles, anfibios y criaturas marinas constituye asimismo otra categoría de armas biológicas y otro tanto sucede con los insectos y  demás  animales  empleados  con  fines  bélicos.  El  arsenal  bioquímico  comprende también sustancias y ondas nocivas o incapacitantes creadas gracias a la biología, a la química o a la física para actuar sobre el cuerpo humano,  tales  como  fármacos,  bombas  fétidas,  luces,  ondas  sonoras,  electroshocks,  rayos  calóricos  y  demás  armas  similares”. En esta amplia definición vamos a ver que en la Antigüedad se utilizaron, de manera bastante habitual, armas biológicas con el objeto de vencer al enemigo. Veremos precedentes de armas modernas como el napalm o la táctica de propagar enfermedades de manera consciente.

Para una persona profana las armas biológicas de la antigüedad que se le vienen a la mente son, básicamente, tres: el uso de flechas envenenadas, la costumbre medieval de lanzar cadáveres infectados al interior de las ciudades sitiadas para propagar enfermedades y el fuego griego utilizado por Bizancio. Como comprobaremos a continuación, eso es solamente la punta del iceberg.

¿Cómo surgieron las armas biológicas?

El historiador Peter Krentz creo que supo dar con la clave: “A medida que los combates se volvieron cada vez más destructivos una nueva y nostálgica ideología de la guerra comenzó a desarrollarse”. En efecto, en los largos asedios, contra enemigos que les superaban ampliamente en número o armamento, o en las guerras de exterminio, en donde toda la población era el enemigo, el ideal de guerra justa dejaría paso al empleo de estas tácticas de dudosa ética. No es casualidad que reaparecieran con inusitada eficacia en la Primera Guerra Mundial, caracterizada por infinitas trincheras que impedían el avance efectivo de las tropas.

¿Qué consideración tenían las armas biológicas en la Antigüedad?

Como en la actualidad, el uso de este tipo de armas generaba una fuerte controversia. Los autores clásicos describían a los que las usaban con duras palabras, desaprobando su utilización. Tal vez uno de los testimonios más elocuentes sea el de Tucídides sobre la Guerra del Peloponeso: “La victoria ganada mediante la traición” se equiparaba a una “inteligencia superior” y “la mayoría de la gente se apresta a llamar inteligencia a lo que no es sino mera vileza”. No obstante, su uso fue generalizado y pasado el tiempo encontramos la siguiente opinión de un militar romano llamado Vegecio: “Es  preferible  someter al enemigo mediante el hambre, el saqueo y el terror que en un combate abierto, pues en el campo de batalla la fortuna suele tener más peso que el coraje”. Escrito en el año 390 d.C., el Imperio Romano se veía superado por múltiples frentes y cualquier método de defensa se consideraba válido.

Por tanto, a pesar de los problemas éticos que suponía el uso de este tipo de armas, su frecuencia en los campos de batalla nos indica que eran utilizadas con más frecuencia de la que podríamos imaginar.

¿Cuándo surgieron las armas biológicas?

No podemos asegurar nada al respecto, pero la inclusión de armas biológicas en los principales mitos griegos nos informa de que ya debían existir desde mucho antes de las crónicas históricas. Pues los mitos no dejan de ser explicaciones sobre sucesos reales.

Para los griegos, el inventor de las armas biológicas fue el famoso Hércules. En su enfrentamiento con la Hidra, al vencer a la serpiente de múltiples cabezas, decidió rociar las puntas de sus flechas con la sangre venenosa del animal, lo que supuso tener un arma de mortal eficacia contra sus enemigos.

Hércules luchando contra la hidra. Zurbarán (1634). Museo del Prado. Madrid.

Ahora bien, su uso desencadenaría circunstancias impredecibles imposibles de controlar que afectarían a los amigos del héroe e incluso a él mismo. No en vano, Hércules morirá debido a ese mismo veneno. Y la poética descripción de su muerte que nos ofrece, por ejemplo, Ovidio, con unos efectos abrasadores son muy similares a los que tiene el veneno de serpiente (víbora dipsas). Por tanto, podemos inferir que los griegos utilizaban veneno de serpiente para hacer sus flechas más mortíferas, pues la descripción del mal que provocaban recuerda de manera exacta al de una picadura de serpiente.

No sólo Hércules utilizó flechas envenenadas, sino que en la mitología griega tenemos numerosas referencias. Sus flechas envenenadas fueron entregadas a Filoctetes, héroe aqueo de la Guerra de Troya que dio muerte al troyano Paris. El “príncipe de la hermosa figura”, causante de la guerra entre troyanos y aqueos por el rapto de Helena, a su vez, había matado a Aquiles con una flecha envenenada del dios Apolo, la cual impactó en su único punto débil, el talón.

Aquiles herido en el talón por Paris. C.A. Gumery (1850).

Al igual que Hércules, el uso de estas armas de potencial daño termina generando un mal similar al que desata esta fuerza de la naturaleza. Paris murió por el mismo veneno. Y Filoctetes, que sufrió un accidente con una punta de flecha envenenada, aunque no murió sufriría grandes penurias.

Otro héroe mitológico que utilizó armas biológicas fue Odiseo (el famoso Ulises romano). Apodado el astuto, podemos considerarlo el primero que utilizó toxinas vegetales venenosas para untar sus flechas y hacerlas más mortíferas. Para ello fue a la región de Éfira, a por plantas venenosas como el acónito, el eléboro negro o la belladona. No se libraría de la maldición nuestro querido héroe, pues moriría por la púa venenosa de un pez raya.

Pero no todo podemos encuadrarlo en los mitos, sino que también tenemos pruebas históricas sobre el uso de armas biológicas en las fuentes escritas.

¿Qué fuentes históricas nos hablan de flechas envenenadas?

Numerosos autores antiguos nos describen guerreros y pueblos que utilizaban flechas envenenadas en sus enfrentamientos bélicos con el objeto de atemorizar a sus enemigos y causar un daño mayor. Debemos pensar que cualquier arquero, por escasa que fuera su destreza, aumentaba considerablemente su eficacia de tiro si envenenaba sus flechas, pues cualquier rasguño lograba hacer caer a un oponente e insuflar un terrible pavor al resto que le acompañaban.

En las crónicas y relatos de los escritores grecorromanos encontramos que numerosos pueblos utilizaban veneno de serpiente en sus flechas, sin duda la ponzoña más letal y peligrosa de todas. Galos, Dacios, Dálmatas, Sármatas, Armenios, Partos o Indios son solo algunos de ellos.

 Los escitas, un pueblo bárbaro de Asia Central, eran temidos por los griegos por el uso de sus temibles flechas envenenadas con su temible scythicon, una receta que contenía veneno de víbora, sangre humana, estiércol y restos de víboras descompuestas. La muerte ante un impacto de estas flechas estaba asegurada, en la mayor parte de los casos, en menos de una hora. En el improbable caso de sobrevivir, la herida era incapacitante, pues nunca dejaba de supurar.

Otros expertos en venenos eran los habitantes de la India, algo a lo que tuvo que enfrentarse Alejandro Magno en su expedición tras la conquista de Persia. Diodoro de Sicilia informó que en su ataque a la ciudad de Harmatelia (actual Mansura, Pakistán), en el 326 a.C., las huestes de Alejandro Magno sufrieron notables bajas debido a que los defensores usaban armas con veneno. Su descripción de los efectos del veneno de víbora es espeluznante: al entumecimiento inicial le seguía fuertes dolores y violentas convulsiones que provocaban el vómito. La herida exudaba un líquido negro y comenzaba a extenderse una gangrena violácea que anunciaba una muerte horrible.

¿Qué otras armas biológicas utilizaron los ejércitos antiguos?

De manera general, numerosos pueblos utilizaron venenos naturales para hacer claudicar a sus enemigos, logrando utilizar la Naturaleza en su propio beneficio.

En los asedios a las ciudades un buen método para terminar con la resistencia es envenenar a los defensores de algún modo. Y la manera más sencilla es a través de algún bien necesario y escaso, como el agua. Tenemos como primer caso documentado la toma de la ciudad de Cirra en el año 590 a.C. Una coalición liderada por Atenas y Sición atacaron la ciudad y, ante la defensa a ultranza de sus habitantes, decidieron envenenar sus fuentes de agua con eléboro. Esta planta era uno de los venenos más famosos y la sobredosis de sus toxinas podía generar desde vómitos y diarreas severas hasta muerte por asfixia o paro cardiaco. La debilidad y muerte de los habitantes de Cirro los llevó a su derrota definitiva, siendo la ciudad destruida totalmente.

Años más tarde, en el 478 a.C., los atenienses envenenaron sus propias reservas de agua cuando tuvieron que huir de Atenas ante la inminente llegada de los persas de Jerjes, en una táctica de tierra quemada muy común a lo largo de la historia.

Esta táctica militar fue continuada por los romanos y muchos otros pueblos posteriormente. De los romanos tenemos el caso relatado por el historiador Floro, quién acusó a Manio Aquilio de haber sofocado una revuelta en Asia en el 129 a.C. utilizando el indigno recurso de envenenar las cisternas de agua de las ciudades rebeldes.

Otra manera de debilitar y aniquilar a un enemigo mediante armas biológicas era propagando una enfermedad. A todos nos viene a la cabeza la propagación de la peste negra por los mongoles, en su asedio a la ciudad genovesa de Cafa, lanzando cadáveres infectados al interior de los muros. Pero podemos retroceder mucho más tiempo hacia atrás para comprobar que esto mismo ya se utilizaba en la antigüedad.

El primer caso documentado se encuentra en unas tablillas cuneiformes que pertenecen a los hititas, civilización de Anatolia de la Edad del Bronce que tuvieron su máxima expansión entre los siglos XIV-XIII a.C. Según el texto, los hititas condujeron hacia territorio enemigo tanto animales como personas infectadas por algún tipo de enfermedad contagiosa. Su intención era inequívoca: “Que el país que los acepte se quede también con esta terrible plaga”.

Otro ejemplo lo tenemos en las doncellas venenosas, mujeres que podían provocar la muerte con un simple beso al estar infectadas o contener veneno. Tanto el rey indio Chandragupta como Alejandro Magno tuvieron que enfrentarse a estos regalos envenenados de sus enemigos

Un último caso más sofisticado lo tenemos en Roma. Dion Casio, historiador del siglo II d.C., relató dos epidemias propagadas intencionadamente de forma similar. La primera ocurrió en el reinado de Domiciano y la segunda durante el de Cómodo. En ambas los conspiradores utilizaron agujas bañadas con ponzoña para extender la enfermedad pinchando disimuladamente a las víctimas. El pánico desatado por estos rumores nos recuerda la histeria creada con los ataques de ántrax en los EEUU durante el año 2001. De nuevo tenemos la conexión del miedo junto al arma biológica, logrando un doble efecto desmoralizador (tanto en la víctima como en los que la rodean).

Otra arma biológica bastante elemental es el uso de animales. Y no me refiero a extraerles el veneno, sino entrenar animales para la batalla o, en el peor de los casos, lanzar animales salvajes contra el enemigo confiando que su instinto de ataque se active.

Entre los primeros, caben destacar los elefantes de guerra. Formidables guerreros a los que se enfrentaron las tropas de Alejandro Magno o los romanos en varias ocasiones (ante Pirro y Aníbal). En ambas ocasiones, el temor inicial que provocaron estos paquidermos fue resuelto con ingenio. Alejandro Magno calentó figuras de bronce al fuego y las colocó en la vanguardia, asustando a los elefantes que cargaron contra ellas creyendo que eran el enemigo. Más verídico parece el relato de los romanos que lograron dispersar a los elefantes de Pirro utilizando cerdos, pues su gruñido era insoportable para los elefantes.

Plato decorado con elefante de guerra. Museo Nacional Etrusco. Roma

En otras ocasiones, se elegían animales peligrosos y se lanzaban contra el enemigo con la confianza de diezmar sus filas. Fue el caso del envío de feroces osos contra los sitiadores romanos en el Ponto en el año 72 a.C. o en el catapultado de colmenas en los sitios, algo muy utilizado por los romanos. No obstante, el destino les devolvería esta táctica en el asedio romano a la ciudad de Hatra, en Mesopotamia, en el año 199 a.C. Allí los defensores arrojaron a los romanos vasijas precintadas llenas de escorpiones y chinches que diezmaron a los atacantes.

Por último, voy a mencionar el uso del fuego como arma de guerra. Las flechas incendiarias ya fueron utilizadas por el ejército asirio en el siglo IX a.C., tal como nos confirman numerosos relieves encontrados. Ahora bien, el fuego como arma necesitaba una mejora en cuanto a potencia y durabilidad. Y eso se consiguió con aditivos químicos que mejoraron ambos aspectos.

Gracias al uso de resinas vegetales (como la brea obtenida de las coníferas) los fuegos resisten al agua y arden vivamente; además, añadir azufre conduce a fuegos más potentes y que producen compuestos tan corrosivos como el ácido sulfúrico o tóxicos como el dióxido sulfúrico; la cal viva tiene la particularidad de potenciarse con el agua, por lo que fue utilizada para extender el fuego entre el enemigo asustado e incluso para encenderlo de manera sorprendente.

Estas mezclas bioquímicas fueron utilizadas en lanzallamas por los beocios (más información aquí) o en el arma romana denominada falárica. Pero si existió un arma definitiva que durante siglos atemorizó a todas las tropas ese fue el denominado fuego griego. Montado en sus barcos, era un arma totalmente destructiva que reducía a cenizas a los barcos enemigos. El fuego se expandía por el agua y abrasaba flotas enteras.

Fuego griego.  Codex Skylitzes Matritensis, Bibliteca Nacional de Madrid.

Los bizantinos no sólo lograron crear un compuesto destilado sumamente potente y estable para no incendiar sus propios barcos con algún accidente, sino que desarrollaron una bomba de sifón capaz de lanzar el fuego a una considerable distancia y quemar a los barcos enemigos antes de sufrir daño alguno. Muchos comparan aquel compuesto con el napalm actual, por su resistencia al agua, sus altas temperaturas y su pegajosidad. Pero en la mente de nuestros antepasados la sensación era como la de enfrentarse a un arma similar a una bomba atómica.

Como hemos podido comprobar, aunque hoy en día pensamos que el ser humano idea armas de guerra muy sofisticadas, nuestros antepasados, con sus medios mucho más limitados, crearon equivalentes muy similares. En la Antigüedad hubo miedo al contagio de enfermedades, al uso de venenos peligrosos, a la utilización de animales como arma de guerra o al empleo del fuego en las batallas, algo que tenía escasas contramedidas en la época. Respecto a las armas biológicas, parece que la tecnología avanzó mucho, pero las ideas y los miedos sobre ellas siguen siendo los mismos. Poco hemos avanzado en estos escasos tres milenios.

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