domingo, 28 de octubre de 2018

Halloween es una fiesta norteamericana

Se acerca Halloween y todos los niños se emocionan vistiéndose de todo tipo de monstruos fantásticos. Cuanto más miedo den mejor. Se reparten chucherías, se hacen fiestas en los colegios y todos vivimos el Día de Todos los Santos con un ambiente festivo que, en parte, nos aleja de la inmensidad moral que supone la muerte.

Algunos sectores de la sociedad no son muy proclives a celebrar Halloween, abduciendo que se trata de una fiesta extranjera ajena a las costumbres religiosas tradicionales en el país. Y es cierto que la versión actual de Halloween tiene un claro componente norteamericano. Ahora bien, si miramos su origen en el pasado descubriremos una tradición claramente europea.

Hoy vamos a descubrir unas cuantas historias perfectas para Halloween, aunque ambientadas en un pasado tan remoto que algunos se sorprenderán al descubrirlo. ¿Os animáis?


Lo primero que hay que indicar es el origen de la tradición de Halloween. Fueron irlandeses emigrantes a Norteamérica los que llevaron la festividad hacia 1840, aunque no logró tomar forma y fama hasta 1921. La internacionalidad de esta celebración se logró a partir de 1970.

En 1745 ya existe una celebración atestiguada con este nombre, cuya etiología remite a la lengua escocesa. Se trata de la forma acortada de la expresión inglesa All Hallows' Even, que significa víspera de todos los Santos. Y esta festividad ya era celebrada por los cristianos desde tiempos del Papa Gregorio III (731-741). Los cristianos realizaron una especie de sincretismo con una antigua festividad celta llamada Samhaim (final del verano), logrando así suplantarla y, con el tiempo, hacerla olvidar. No es la primera vez que ocultaron de esta forma cultos paganos arraigados en el pueblo (el 25 de diciembre es otra de estas fechas, por ejemplo).

Los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el Otro Mundo se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus (tanto benévolos como malévolos) pasar a través. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados mientras que los espíritus dañinos eran alejados. Se cree que el uso de trajes y máscaras se debe a la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos. Su propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maligno para evitar ser dañad. Los romanos, al conquistar a los celtas, incorporaron esta festividad a la suya (fiesta de la cosecha) y al final, el cristianismo, haría lo mismo con aquella.

Como vemos, nuestro concepto de Halloween no difiere en exceso del que tenían nuestros antepasados europeos. Tampoco lo son los personajes habituales que aparecen en los disfraces más queridos por los niños. Hombres lobo, brujas, fantasmas, zombis o casas encantadas no son ideas modernas provenientes del Romanticismo o la Edad Media. Al contrario, tienen su origen remoto en nuestra cultura grecolatina, en la que podemos encontrar diversos ejemplos de historias terroríficas con este tipo de personajes. A continuación os voy a dejar unos cuantos ejemplos para que podáis contárselos a vuestros hijos en estas fechas.

El mito de los hombres lobo comenzó en Grecia. Ovidio, en su famosa obra Metamorfosis, nos relata espléndidamente como Júpiter castigó al tirano de Arcadia, Licaón, por ser un mal anfitrión y dudar de su divinidad.

Grabado neerlandés, atribuido a Hendrick Goltzius, para una edición de 1589 de Las metamorfosis de Ovidio: Licaón transformado por Zeus.

Arcadia era la región de los licántropos en la Antigua Grecia y son múltiples los relatos de autores antiguos que se refieren a hombres lobos provenientes de aquella región. Como ejemplo de relato con este tipo de monstruo os dejo la historia relatada por Nicerote, la cual aparece en El Satiricón de Petronio. Me gusta porque aparecen símbolos que aún tenemos asociados a este monstruo, como por ejemplo la luna llena:

Encontrando la ocasión convenzo a un huésped nuestro para que me acompañe hasta el quinto miliario. Era un soldado fuerte como Orco. Nos marchamos más o menos con el canto del gallo. La luna lucía como a mediodía. Llegamos entre los sepulcros: mi hombre se puso a hacer sus necesidades junto a las estelas funerarias. Yo me senté canturreando y fui contando las estelas. Después miré a mi compañero: se había desnudado y había puesto sus vestidos junto al camino. Tenía el corazón en un puño y me quedé tieso como un muerto. Él meó alrededor de sus vestidos y de repente se convirtió en lobo. No penséis que estoy de broma, no mentiría por todo el oro del mundo. Pero como iba diciendo, después de que se convirtió en lobo empezó a aullar y escapó al bosque. Yo primero no sabía dónde estaba. Después me acerqué a recoger sus vestidos, pero se habían convertido en piedra. ¡Quién no se moriría de miedo sino yo! Sin embargo, desenvainé mi espada y seguí mi camino dando estocadas a las sombras hasta que llegué a casa de mi amiga. Entré como un fantasma, estaba al borde del colapso, el sudor me empapaba las ingles, tenía los ojos sin vida. Apenas pude recuperarme.
     Mi Melisa se asombró de que anduviese rondando tan tarde y me dijo:
     —Si hubieras venido antes, al menos nos habrías ayudado: un lobo entró en la casa y, como un carnicero, desangró a todos nuestros animales. Pero no se rio de nosotros. Aunque huyó, uno de nuestros esclavos le atravesó el cuello con una lanza.
     Después de oír eso, ya no pude pegar ojo y al amanecer huí a casa como posadero desplumado. Cuando llegué al sitio en el que los vestidos se habían convertido en piedra, no encontré nada excepto sangre. En cuanto llegué a casa mi soldado yacía en la cama como un buey y un médico curaba su cuello. Me di cuenta de que era un hombre lobo y a partir de entonces ya no pude comer un pedazo de pan en su compañía; antes hubiera dejado que me mataran”.

Los fantasmas y las casas encantadas son también un clásico en la Antigüedad. Desde el mismo momento en el que el ser humano concibe un mundo de ultratumba situado en un plano distinto al que vive a diario, la posibilidad de conexión entre los dos mundos se hace posible y temida. Para los griegos resultaba tan natural la conexión de los dioses del Olimpo con los humanos como los fantasmas del Hades.

Para los griegos, un fantasma podía aparecer por tres causas principalmente: no haber sido sepultado correctamente, haber muerto antes de tiempo o haber perecido de muerte violenta. Estas situaciones podían provocar que la sombra del difunto (el fantasma que bajaba al Hades) no tuviera descanso y perturbara la paz de los que aún vivían.

Y en la mayor parte de los casos el objetivo de la aparición era lograr un enterramiento digno, realizar algo que había quedado pendiente o vengarse de aquel que le había dado muerte injustamente.

Personalmente, el género que más me gusta, en este tipo de apariciones, es el que conjuga el fantasma y la casa embrujada, dos conceptos que los vemos repetidos, periódicamente, en las pantallas de cine actuales.

El caso más famoso de la Antigüedad sobre casas encantadas lo tenemos en una carta escrita por Plinio el Joven a su amigo Licinio Sura en el año 107 d.C. En él vamos a ver la existencia de un recurso que siguen utilizando los fantasmas actuales, el de arrastrar cadenas:

Había en Atenas una casa amplia y espaciosa pero de mala fama y maldita. En el silencio de la noche un sonido de hierro, y si prestases más atención, un estrépito de cadenas, resonaba primero más alejado y luego desde más cerca. A continuación aparecía un fantasma, un viejo consumido por la delgadez y la suciedad, de larga barba y cabello erizado. En los tobillos llevaba grilletes, en las manos cadenas que agitaba. A partir de entonces las noches eran siniestras y terribles para los habitantes, que velaban por miedo. A la vigilia seguía una enfermedad y después, con el terror que iba en aumento, venía la muerte; pues aunque la visión había desaparecido, el recuerdo del espectro se clavaba en los ojos y más duradero era el temor que su causa. Deshabitada a partir de entonces y condenada a la soledad, se abandonó la casa entera a aquel fantasma. Sin embargo se ponía a la venta por medio de carteles por si alguien deseaba comprarla o alquilarla, ignorante de una maldición tan grande.
Llega a Atenas el filósofo Atenodoro, lee el cartel y al oír el precio, ya que era sospechoso que fuese tan barata, se informa y entera de todo, y precisamente por eso la alquila. Cuando empezó a anochecer, manda que se le prepare un lecho en la parte anterior de la casa, pide las tablillas, el estilo, la luz, envía a los suyos a la parte más interior. Él concentra toda su mente, sus ojos y su mano en la acción de escribir para que la mente no invente que ha oído fantasmas o cree miedos sin sentido. Al principio, como era habitual, el silencio de la noche, después se golpea el hierro, las cadenas se mueven. Aquel no levanta los ojos, no deja el estilo, sino que fortalece su espíritu y lo opone a sus oídos. Entonces el fragor aumenta, avanza y se oye incluso en el umbral, ya dentro del umbral. Mira hacia atrás, observa y reconoce al fantasma del que le han hablado. Estaba plantado de pie y hacía un gesto con el dedo, similar al que hace el que llama. Este a su vez le hace una seña con la mano, haciéndole ver que espere un poco y vuelve de nuevo a la cera y el estilo. El fantasma hace ruido con las cadenas sobre la cabeza del que escribe. Mira hacia atrás de nuevo al fantasma, que seguía indicándole lo de antes, y sin demora coge la lumbre y le sigue. El fantasma andaba despacio hacia el patio de la casa, como cargado a causa de las cadenas. Después de que se desvió hacia el patio de la casa, desapareciendo de repente, abandona a su compañero. Este, al verse abandonado, coloca en el lugar una señal reuniendo hierbas y hojas.
Al día siguiente se presenta a los magistrados, aconseja que manden que se excave el lugar. Se encuentran huesos mezclados y rodeados de cadenas que el cuerpo, podrido por el tiempo y la tierra, había dejado desnudos y enlazados entre las cadenas. Una vez recogidos, son enterrados a expensas del estado. La casa quedó libre del fantasma una vez que sus restos fueron sepultados según el rito”.


Los zombis han logrado fama mundial en los primeros años de nuestro siglo debido a diversas películas, libros y series de televisión, siendo el ejemplo mítico la premiada The Walking Dead.

Su origen se suele remitir a época moderna, pues la primera vez que apareció esta palabra fue en la novela, de 1697, de Pierre-Corneille de Blessebois, Le Zombi du Grand Pérou (aunque en verdad no se tratara de un zombi en sentido estricto). También se relaciona con el culto vudú y con la situación de muchas personas en Haití en régimen de esclavitud.

Ahora bien, zombis, como cadáveres que pueden resucitar o volver a la vida, han existido en la literatura Grecolatina.

La más famosa de las historias de muertos vivientes de la Antigüedad la transmite Flegón de Trales, en el siglo II, en su Libro sobre los prodigios. En el relato nos cuenta como una joven murió repentinamente nada más celebrar su boda. Unos meses después, los padres alojaron en su casa a un apuesto joven llamado Mácates. Filinion, la hija muerta de los posaderos, deseosa de disfrutar del amor que le fue vedado por morir antes de tiempo, comienza a visitar al joven en su habitación y entablar una relación. Las sirvientas de la casa la reconocieron y avisaron a sus padres, los cuales no dieron crédito a tales confesiones hasta que lo vieron por sus propios ojos. Cuando una noche sorprendieron a la pareja la hija les recriminó su actitud de la siguiente manera: “Madre, padre, qué injustos habéis sido conmigo al ver con malos ojos que pasara tres noches con el huésped en la casa paterna sin hacer ningún mal. Ahora, por vuestra curiosidad, renovaréis vuestro luto desde el principio, mientras que yo retornaré al lugar establecido, pues no llegué hasta aquí sin la voluntad divina”.
En ese momento el cuerpo de su hija se posó inerte sobre la cama. Las autoridades que investigaron el caso abrieron la tumba de la joven y no sólo descubrieron que estaba vacía, sino que allí estaban un anillo y una copa que Mácates le había regalado a la muchacha el primer día que se conocieron.

Como curiosidad indicar que este relato inspiró a Goethe para escribir su balada Die Braut von Korinth (La novia de Corinto) en 1797.

Dejando a un lado este zombi romántico también existían zombis más sanguinarios, tales como los que solemos hoy día identificar con esta palabra. El mismo autor nos relata otro sórdido cuanto sobre ellos. Os dejo el extracto tal como lo comenta Fernando Lillo Redonet en el libro sobre el cual gira todo este artículo, Fantasmas, brujas y magos de Grecia y Roma:

En la región de Etolia un tal Polícrito había sido elegido magistrado a causa de la nobleza de sus antepasados. Mientras ocupaba el cargo, se casó con una mujer de Lócride con la que durmió tres noches falleciendo en la cuarta. La mujer permaneció viuda pero estaba embarazada y cuando dio a luz resultó que el niño tenía dos órganos genitales: el masculino y el femenino. Llenos de asombro, los parientes los llevaron al ágora y convocaron a especialistas que explicaran el prodigio. Unos decían que significaba que se produciría una separación entre los habitantes de Etolia y Lócride, otros querían deportar a la madre y al niño fuera del territorio y quemarlos.
Mientras debatían se les apareció Polícrito en medio de la asamblea llevando un atuendo negro. Los presentes querían huir, pero la aparición les dijo que tuvieran valor y escucharan lo que tenía que decirles. Les dijo que estaba muerto de cuerpo, pero que ahora estaba vivo porque no quería que quemaran a su hijo. Pidió que se lo entregaran sano y salvo y que lo hicieran rápido, puesto que los que dominaban el mundo infernal no le permitían prolongar mucho más su estancia entre los vivos. El pueblo deliberaba y parecía que no iba a acatar la petición del muerto viviente. Entonces Polícrito les dijo que si les acontecía alguna desgracia no le echaran a él la culpa. Acto seguido se apoderó del niño, lo desgarró en pedazos y lo devoró. Se armó un gran griterío y le arrojaron piedras, pero él era inmune a los golpes y continuó devorando al niño excepto la cabeza. Luego se volvió invisible. La cabeza del niño, que estaba en el suelo, emitió en forma de oráculo los acontecimientos venideros que eran muy desgraciados para los etolios.
Efectivamente, al año siguiente surgió una guerra entre etolios y acarnanios produciéndose una gran masacre en ambos bandos”.

Por último voy a tratar del tema de las brujas, un personaje muy asociado a Halloween.

Solemos identificar a las brujas con el medievo. Y no en vano, la palabra bruja data de finales del siglo XIII. No obstante, estos personajes también existían en la Antigüedad, siendo su nombre el de magas o hechiceras.

La hechicera más famosa de la Antigüedad es Circe, cuya historia aparece en la Odisea de Homero. Este personaje posee muchas de las características que hoy día asociamos a las brujas así como elementos que aparecerán en posteriores relatos de brujas.

Circe ofreciendo la copa a Odiseo (John William Waterhouse, 1891). Galería de Arte de Oldham.

Circe vive solitariamente en una isla y Ulises descubre su morada en medio de un bosque. Aunque aquí los hombres no son atraídos mediante un engaño a su guarida, como en Hansel y Gretel, pues dudan ni por un momento en descubrir quién vive allí (a pesar de que vienen de sufrir dos traumáticos episodios con el cíclope Polifemo y los gigantescos lestrigones antropófagos). Tan sólo podemos aventurar que el canto de Circe atrae a los hombres al llegar a la puerta de su morada.

Circe muestra sus artes de hechicera de diversos modos: posee amaestrados a la puerta de su guarida a fieros animales (lobos y leones) mediante brebajes mágicos; con una pócima, el uso de su varita mágica y el poder de sus palabras convirtió a los amigos de Ulises en animales (cerdos).

Ulises, ayudado por el dios Hermes, que le ofrece un antídoto a los brebajes de Circe, logra vencer a la hechicera, quién devuelve la forma humana a sus compañeros y aconseja a nuestro héroe en sus próximas aventuras.

Este cambio hacia la bondad una vez que es derrotada la hechicera no suele ser lo más habitual. El caso contrario, de una hechicera buena que se vuelve malvada lo tenemos recogido en la historia de Medea, sobrina de Circe.

Medea y Jasón (John William Waterhouse, 1907). Colección privada.

Tal como nos la describe Apolonio de Rodas en su obra Argonaúticas, Medea era una sacerdotisa de la diosa Hécate (divinidad  de la brujería) y posee todas las características típicas de las hechiceras grecorromanas: fabrica filtros con los que es capaz de apagar fuegos, detener los ríos y variar el curso de los astros y la sagrada luna, mueve a su antojo las nubes, alborota el mar, hace temblar los montes, los espíritus salen de sus sepulcros, las puertas se abren solas a su paso, busca por la noche plantas y cadáveres para realizar sus conjuros, lanza males de ojo (al gigante de bronce cretense Talos) y es capaz de volar, aunque en vez de una escoba utiliza un carro tirado por dragones.

Medea se enamoró perdidamente de Jasón y le ayudó en las múltiples pruebas que debía realizar el héroe griego. De hecho, en muchas de ellas fue la verdadera protagonista (al contrario de lo que mostraron las películas y series televisivas del siglo pasado). Al final de sus aventuras, cuando Jasón llegó a Corinto, se apartó de Medea y se casó con la hija del rey, llamada Glauce. La venganza de Medea, furiosa por el abandono y llena de celos fue brutal, tal como nos la cuenta Apolodoro:

Ellos llegaron a Corinto y vivieron felices durante diez años hasta que Créon, el rey de Corinto, prometió a su hija Glauce a Jasón y él, desdeñando a Medea, se casó con ella. Medea, invocando a los mismos dioses por los que Jasón había jurado y reprendiendo muchas veces la ingratitud de Jasón, envió a la novia un peplo impregnado de veneno. Cuando Glauce se lo puso, fue consumida por un fuego terrible junto con su padre, que había acudido a ayudarla. Mató a los hijos que había tenido con Jasón, Mérmero y Feres, y huyendo en un carro de dragones alados que le había dado el Sol, llegó a Atenas”.

Tesalia era la región de las brujas en la antigua Grecia y allí residían dos famosas brujas que aparecen en la literatura grecorromana. Erictho aparece en la obra Farsalia, de Marco Anneo Lucano, y logra predecir el futuro de la famosa batalla mediante un conjuro con el cual hace hablar a un muerto. Esta es la típica bruja, fea y delgada, que vive apartada en medio de un cementerio y sus cabellos tienen el aspecto de serpientes. Pamphile es otra bruja que habitaba en Tesalia y aparece descrita en la obra El asno de Oro, de Lucio Apuleyo. Esta malvada bruja evocaba a los espíritus muertos y se apoderaba de los jóvenes transformándolos en animales.

Por último, para terminar con estos personajes voy a ofreceros una descripción satírica de las brujas realizada por el poeta Horacio. Se encuentra en su Sátira 1,8:

Yo mismo he visto deambular a Canidia [nombre que remite a la vejez]con su manto negro recogido, los pies descalzos y el cabello suelto, dando aullidos con Sagana [proviene de la palabra latina Saga que significa bruja], de más edad. La palidez les hacía a ambas tener un aspecto horrible. Empezaron a escarbar la tierra con sus uñas y a despedazar a mordiscos una cordera negra[la evocación tradicional a los muertos no era tan brutal, sino que se cavaba y se sacrificaba al animal con una espada]. Vertieron la sangre en un hoyo para atraer a los espíritus de los muertos que responderían a sus preguntas. Había un muñeco de lana y otro de cera; mayor el de lana para someter con castigos al más pequeño. El de cera estaba en actitud suplicante, como si fuera a morir de modo servil. Una invocaba a Hécate, la otra a la cruel Tisífone [una de las Furias vengadoras cuyos cabellos estaban entrelazados con serpientes], y verías vagar a serpientes y perros infernales [clara asociación con Hécate, diosa de la brujería], y a la Luna esconderse colorada tras los grandes sepulcros para no ser testigo de esto. Si en algo miento, que mi cabeza se manche con las blancas cagadas de los cuervos y vengan, para mear y cagar sobre mí, Julio y el delicado Pediacia o el ladrón Vorano. ¿Para qué recordar cada detalle? Cómo las sombras, hablando con Sagana por turno, emitían un sonido triste y agudo y cómo escondieron furtivamente bajo tierra la barba de un lobo y el diente de una culebra de colores; cómo el fuego se avivó con la imagen de cera y cómo me horroricé con las voces y hechos de las dos Furias, aunque este testigo no se fue sin venganza. Abrí mis nalgas de madera de higuera y me tiré un pedo que sonó como una vejiga al estallar. Ellas corrieron hacia la ciudad y verías con gran risa y diversión cómo se cayeron los dientes de Canidia y la alta peluca de Sagana y las nocivas hierbas y las cintas encantadas de sus brazos”.

Si os han gustado todas estas historias os recomiendo encarecidamente ampliarlas con el libro de Fantasmas, brujas y magos de Grecia y Roma, de Fernando Lillo Redonet (Ed. Evohe, 2015).



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