domingo, 3 de abril de 2016

Nerón incendió Roma


Uno de los capítulos del libro Mis Mentiras Favoritas.Historia Antigua trata sobre la figura de Nerón. Para muchas personas este fue uno de los emperadores romanos más nefastos y depravados. Y muchas de las anécdotas más escabrosas de su vida son conocidas ampliamente por el gran público.

Ahora bien, distintos textos antiguos nos muestran una visión bastante diferente de lo que la historiografía tradicional nos ha querido mostrar de este personaje. Y no es el único al que el paso del tiempo ha distorsionado su biografía vital.

¿Creéis conocer a los principales personajes de la Historia Antigua?


Numerosos personajes famosos de la Historia Antigua han sido recreados en la actualidad de una forma bastante diferente a como realmente vivieron. Y ello se ha debido al hecho de que existe un gran vacío en las fuentes en las que nos basamos para recomponer sus figuras y vivencias. Si a ello sumamos que muchas fuentes son tremendamente subjetivas en sus relatos, la conclusión es una distorsión acusada de la mayoría de personajes históricos.

Actualmente, el mayor conocimiento de las fuentes antiguas, el estudio de fuentes secundarias para abordar la vida de diversos personajes y una más rigurosa crítica histórica han logrado acercarnos un poco más a la verdadera realidad de los personajes más famosos de la antigüedad.

Lamentablemente, este conocimiento académico pocas veces llega al gran público, pues es más interesante al ser humano releer una mentira conocida que asumir una verdad nueva e incómoda.

Si comenzamos nuestro repaso de las principales figuras históricas de forma cronológica, tal vez nuestra primera parada debería ser Alejandro Magno. Este personaje, admirado por muchos, fue considerado un joven borracho, cruel, vanidoso y alcohólico más próximo a un pirata que a un gran general. Tenéis aquí un artículo en el que me extiendo en esa otra imagen de Alejandro que nos legaron algunas fuentes históricas y que no es tan conocido.

Otra figura realmente ambivalente es la del primer emperador romano, Augusto. Si un profano lee su biografía, relatada de forma tradicional, tendrá una imagen global donde apenas existirán aspectos incomprensibles. Pero si excavamos un poco en las fuentes, resulta que nos encontramos con dos etapas muy distintas imposibles de conciliar de forma sencilla. Por un lado existe Octaviano, un personaje cruel en la batalla que tuvo que guerrear duramente para llegar al poder. Luego, logrado el mismo, aparece Augusto, un gran legislador, el mejor emperador de todos los que posteriormente vendrían.

Respecto a su principal contendiente por el trono, la historiografía ha modelado la imagen de un Marco Antonio holgazán, maravillado por la cultura egipcia (o por Cleopatra) y que habría impuesto una monarquía de corte oriental en Roma. En cambio, Augusto es el ejemplo de los valores tradicionales romanos. No obstante, los historiadores actuales, al comprobar fuentes secundarias a la historia oficial, están percatándose que, en su día, ambos contendientes al trono no eran tan diferentes. Y los papeles se hubieran cambiado, con toda seguridad, de haber sido Marco Antonio el vencedor.

Por otro lado, su labor legislativa y configuradora del Imperio nunca podremos averiguarla con certeza. La falta de fuentes sobre este período (una pena que se perdiera esta parte de la obra de Livio Ab urbe Condita) y el cambio que supuso llevar el ámbito de la política de la esfera pública a la privada en el Imperio (los cronistas ya no tienen acceso directo a la toma de decisiones) nos han condicionado enormemente a la hora de afrontar este período.

¿Cómo logró imponer un sistema de gobierno que atentaba la tradición republicana y no caer en el intento, tal como le pasó a Julio César? Los historiadores aún no pueden responder a esta pregunta. Pero sí se separan de las explicaciones tradicionales tan linealmente construidas. Augusto no realizó los cambios de forma brusca (no hubo un año donde cambió todo), tuvo que enfrentarse a una oposición notable y su construcción fue bastante imperfecta en lo que a la sucesión se refiere; esto último generaría los principales quebraderos de cabeza posteriores.

Otra figura maltratada por la tradición y que poco a poco se intenta lavar su mala imagen es la esposa de Augusto, Livia. Considerada una femme fatale, ha pasado a la historia como una asesina calculadora, experta en envenenar a todo aquél que se cruzara en su camino.

Si buscamos la primera mención sobre un posible envenenamiento la encontramos en la obra de Tácito, escrita casi 100 años después de fallecida Livia. En ella se recoge el rumor de que Livia pudo tener algo que ver con la muerte de Augusto. Parece ser que aceleró su inminente defunción con un veneno por temor a que eligiera como sucesor a otro candidato, en vez de a su hijo Tiberio. Pero, ¿es cierto este rumor?

A Livia se la culpabilizó de muchos crímenes, pero no tenemos pruebas definitorias de ellos. Es cierto que tales muertes favorecieron sus aspiraciones políticas pero, ¿podemos culpabilizarla simplemente por ser la beneficiaria de tales muertes? ¿Acaso el azar no influyó en algunas de ellas?

Ingres nos dejó esta magnífica obra de la familia imperial, con Livia en el centro

Sea inocente o culpable, el rumor lanzado por Tácito cobró un eco enorme con el paso de los siglos. Dion Casio se hizo eco de él y nos relató una historia bastante inverosímil sobre la muerte de Augusto. Pero serían Robert Graves y la serie de la BBC Yo Caludio, los que inmortalizarían la imagen de una Livia manipuladora, influyente en la política y envenenadora en serie sin escrúpulos. Una imagen que difícilmente podremos relegar pero que podría estar totalmente equivocada.

Más mitología rodea la figura de otra influyente mujer de la antigüedad, Cleopatra. Cualquier persona profana en historia conoce la Cleopatra mitificada: una mujer manipuladora que supo engatusar con sus encantos intelectuales y sexuales a los políticos más importantes de Roma.

La imagen de una reina sibarita que se baña en leche de burra es imposible de desterrar del ideario común, pero el estudio de diversas fuentes secundarias nos está abriendo la perspectiva sobre este personaje histórico. Hasta el punto de considerarla una reina que tuvo un papel muy secundario en las luchas por el poder de Roma. Si hacemos caso a Adrian Goldsworthy Cleopatra nunca ejerció una influencia vital en Roma y pertenecía a una dinastía esplendorosa que en el siglo I a.C. era una sombra de lo que un día representó.

Si estudiamos las fuentes con profundidad, sobre Cleopatra no sabemos casi nada. Por no saber, ignoramos hasta cuando nació. Algunos habréis leído que nació en el 69 a.C. pero esta fecha se basa en la obra de Plutarco. Y resulta que Plutarco nos comentó que reinó junto a Marco Antonio más de 14 años, algo que sabemos imposible (9 a lo sumo). Por tanto, ¿nos fiamos de una fecha y obviamos la otra?

La vida de Cleopatra tiene tantos vacíos documentales que resulta imposible realizar una biografía al uso sobre ella. No sabemos quién era su madre, ignoramos todo lo referente a su infancia, tenemos vacíos sobre su etapa de gobierno durante muchos años… Nuestro desconocimiento es tal que cualquier historiador de este periodo histórico no se mojará sobre Cesarión, el supuesto hijo que tuvo Cleopatra con Julio César. Ni podemos confirmar esta paternidad ni sabemos cuando nació exactamente.

Casi todo lo que sabemos de Cleopatra nos viene dado por fuentes provenientes de sus enemigos. Augusto fomentó la imagen de una déspota oriental que intentó, mediante malas artes, introducir en Roma la decadencia de su corte. Algo que contrastaba con su persona, defensora de los valores austeros tradicionales romanos.

Pero esta imagen, extendida y ampliada por autores tan universales como William Shakespeare, contrasta con lo que las fuentes secundarias y arqueológicas nos cuentan. En ellas vemos a una reina apreciada por el pueblo, benefactora y heroína. Y Alejandría, la sede de su corte, era la joya del Mediterráneo, una ciudad cosmopolita, foco cultural y tan deslumbrante que la Roma de la época parecería un poblacho de tres al cuarto.

Por último vamos a tratar sobre los emperadores romanos. Y concretamente sobre aquellos que tienen peor fama. Seguro que conocéis algunos de los detalles más escabrosos de la vida de Tiberio, Calígula o Nerón. Ciertamente, las anécdotas transmitidas por la obra de Suetonio han tenido una gran difusión a lo largo de los siglos. La difamación siempre la tiene. Difama que algo queda, ¿verdad?

Pero  los últimos estudios sobre estos personajes apuntan a cierta injusticia histórica. Poco a poco, según se estudian nuevas fuentes secundarias, descubrimos aspectos nuevos que contrastan poderosamente con la visión de la historiografía tradicional. Por ejemplo, si Nerón fue tan mal gobernante, ¿porqué tuvo tan buena fama entre el pueblo? ¿Por qué algunos sucesores pretendieron recuperar su legado? ¿Por qué se mantuvo el rumor de su supervivencia durante tanto tiempo?

Una teoría interesante que explica el hecho de que unos emperadores pasaran a la posteridad como unos monstruos y otros fueran buenos gobernantes es la expuesta por Winterling. Para este investigador, el sistema de gobierno impuesto por Augusto se basaba en un pacto algo hipócrita: el emperador ejercía su poder como si no lo ostentara y la aristocracia actuaba en el Senado como si tuviera un poder que ya no poseía realmente. En este juego de poder, manejar el doble lenguaje y tener suficiente “mano izquierda” fueron cualidades que salvaron la cabeza a los emperadores más prudentes y avispados. Pero todos aquellos que no se plegaron a este juego tuvieron peor fortuna, siendo los que peor fama tienen hoy día.

Esta fama proviene de las fuentes que se han conservado. Y resulta que, en su totalidad, son fuentes próximas a la aristocracia. Es lógico, por tanto, que todos aquellos emperadores que se enfrentaron directamente con la élite senatorial no tuvieran demasiada buena prensa.

Con la hipótesis de Winterling podemos explicar satisfactoriamente los reinados de Calígula y Nerón, por poner sólo dos ejemplos.  El primero se enfrentó con el lenguaje ambiguo de la corte, castigando la adulación hipócrita. Pero, de paso, humilló a la aristocracia en numerosas ocasiones. El famoso episodio del caballo, propuesto para convertirse en cónsul, se puede interpretar de otra forma bajo este punto de vista. No se trataría de la excentricidad de un loco sino, más bien, de una forma de humillar las ambiciones aristocráticas.

En los últimos años se está viendo una matización de la imagen tradicional de Calígula. Debemos alejarnos de la visión tradicional de un loco demente y asimilar la figura de un gobernante extravagante, caprichoso y tendente a la humillación de los demás. Un autócrata sí, pero no un monstruo asesino.

De Nerón podríamos decir casi lo mismo. Las fuentes tradicionales se recrean en sus innumerables atrocidades, si bien, en otras fuentes secundarias, vislumbramos la imagen favorable de un buen gobernante. Champlin estudió en profundidad esta figura y llegó a la conclusión de que muchas de sus acciones se han malinterpretado o tergiversado. 

Aunque algunas de sus conclusiones son juicios de valor personales que no llego a compartir, la visión global que aporta sobre el reinado de Nerón nos vuelve a poner sobre el camino de lo difícil que resulta recrear la imagen de Nerón cuando sólo disponemos, como fuentes principales, de escritores enemigos del emperador.

Un capítulo entero de Mis Mentiras Favoritas. Historia Antigua está dedicado a desmentir la imagen tradicional de Nerón, por lo que no me extenderé mucho más en este personaje.

Por último, para dar el remate final al tema de los emperadores, quería finalizar comentando las similitudes entre Nerón, el monstruo, y Adriano, uno de los emperadores que tuvo muy buena prensa tras su muerte.

Ambos fueron grandes devotos de la cultura griega, algo mal visto por los aristócratas tradicionales romanos. Si Nerón viajó por Grecia participando en diversos concursos y festivales, Adriano presumía de tener un joven amante griego. También ambos eran unos arquitectos megalómanos. La Domus Aurea neroniana era un palacio modesto comparado con la Villa de Adriano en Tívoli, el palacio romano más grande de todos los tiempos. Adriano, además, sentía especial pasión por la caza, sólo superada por su gusto por viajar. Se puede decir que se trató de un emperador ausente de Roma, quién gustaba más cazar que guerrear.

Y, por último, sabemos que sus relaciones con los senadores no fueron del todo amistosas. Su negativa a desempeñar el consulado de forma regular y su reforma de la administración, aupando a funcionarios tecnócratas, fueron motivos suficientes para enfadar a la aristocracia tradicional. ¿Por qué entonces murió plácidamente en su cama?

Una explicación plausible sería que, al contrario que Nerón o Calígula, Adriano supo contener los odios aristocráticos por la vía de la no humillación: “Tú llámame dios oficialmente, que eso no lo creemos ni tú ni yo”. “Tú aprueba esta medida y haz como que se te ocurrió a ti”…  ¡El eterno juego de la hipocresía política!.

La conclusión final que podemos sacar de todo esto, como muy bien indica Mary Beard, es la siguiente: “La mayoría de los emperadores romanos no fueron destronados porque o bien eran demonios, o bien fueran demonizados; eran demonizados porque eran derrocados”.

FUENTES:

Barret, A.: Livia: primera dama de la Roma imperial. Espasa Calpe. 2004.
Beard, M.: La herencia viva de los clásicos. Crítica. 2013.
Champlin, E.: Nerón. Turner. 2006.
Everitt, A.: Augusto, el primer emperador. Ariel. 2008.
Winterling, A.: Calígula. Herder. 2006.

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