domingo, 11 de agosto de 2019

En España conocemos a todos nuestros inventores


España siempre fue una nación de inventores. Pero si preguntamos a alguien sobre algún inventor famoso no vamos a encontrar muchos compatriotas en la lista.

Y ello se debe a que, en muchas ocasiones, los inventos de los españoles sólo fueron un eslabón más en la cadena que llevó al invento final que conocemos hoy en día. No obstante, conocer la importancia de sus descubrimientos y recordar su importancia en la historia nunca viene mal ¿Os interesa conocer a algunos de estos increíbles personajes?


Todos conocemos la historia mitológica de Ícaro. El hijo del famoso arquitecto Dédalo, constructor del laberinto de Creta, estaba atrapado junto a su padre en la isla gobernad por el rey Minos. Deseando escapar, Dédalo construyó unas alas de cera y escapó junto a su hijo de la isla. Pero mientras el padre llegó a Sicilia, su hijo Ícaro, desoyendo los consejos de su progenitor, voló tan alto que el sol derritió la cera de sus alas y murió en la caída.

Ahora bien, aunque el deseo de volar siempre estuvo presente en el ser humano, ¿quién fue el primero que lo logró con éxito? Tenemos que esperar al siglo IX y dirigirnos a lo que entonces se denominaba Al Ándalus.

De la malagueña ciudad de Ronda provenía un inventor prolijo llamado Abu l-Qāsim Abbās ibn Firnās (latinizado como  Armen Firman). Este andalusí de origen bereber realizó numerosas aportaciones a la ciencia, como su clepsidra (reloj de agua) llamada Al-Maqata-Maqata o su esfera armilar para representar el cosmos. Pero por lo que se le admira en el mundo es por ser la primera persona que, utilizando la ciencia, intentó volar.

Su primer intento lo realizó en el año 852, lanzándose desde una torre de Córdoba con una lona que amortiguara su caída. El experimento, a pesar de unas leves heridas, se puede considerar un éxito y muchos lo consideran el primer individuo que utilizó lo que hoy conocemos como un paracaídas.

Sus ganas de volar no cesaron con el tiempo y en el año 857, cuando contaba con 65 años, realizó otro experimento más peligroso. Construyó un planeador con una estructura de madera y dos alas a las que recubrió de plumas. Subió a lo alto de la colina de la Ruzafa y se lanzó al vacío con su artilugio. En esta ocasión el vuelo, ante la atenta mirada de muchos curiosos, duró unos cuantos segundos, tiempo suficiente como para sobrevolar parte de la ciudad. No obstante, el aterrizaje fue muy malo, fracturándose ambas piernas y dañándose la espalda.

Maqueta de Ibn Firnas en el Museo del aire de Madrid

Su mente analítica descubrió el error que había cometido (le faltaba añadir una cola a su invento), pero su avanzada edad para la época le impidieron comprobar nuevamente su teoría. No obstante, este admirable científico realizó una proeza increíble que ha quedado oculta en nuestro país debido a nuestra cultura cristiana y a la aparición, siglos después, de la genial mente de Leonardo da Vinci, quién creó un prototipo muy similar.

La invención de la máquina de vapor fue el punto de apoyo necesario para realizar la Revolución Industrial. En los libros de historia, muy influenciados por la historiografía inglesa, aparecerá como precursor de tal ingenio Thomas Savery, quién en el año 1698 realizó la primera patente de un motor capaz de elevar agua por medio del fuego. Luego, su amigo Thomas Newcomen, construiría una máquina de vapor a partir de aquella máquina. No obstante, el mérito se lo llevaría el escocés James Watt, quién diseñó la máquina de vapor que tendría una verdadera utilidad práctica en multitud de sectores.

Pero algo antes de que aquellos británicos comenzaran su carrera de descubrimientos fue un español, en el año 1606, quién patentó por primera vez una máquina de vapor. Se llamaba Jerónimo de Ayanz y Beaumont y fue un inventor navarro que sirvió en la corte de Felipe III. La máquina de vapor de este inventor fue utilizada con éxito para el desagüe de las minas de plata de Guadalcanal, lo que nos indica que no fue sólo un objeto teórico, sino también práctico.

A este increíble personaje lo conocí por otro invento importante: el del traje de buzo. Aunque la teoría del invento se atribuye a Leonardo da Vinci, fue Jerónimo de Ayanz y Beaumont quién realizó un traje de buzo con el que realizó una primera inmersión en el río Pisuerga (Valladolid, España). El propio Felipe III acudió al acontecimiento con toda su corte y vio la prueba en su galera real. El inventor español se sumergió a tres metros de profundidad y estuvo allí una hora para probar la eficacia de su invención. En Valladolid se realizó en un puente la siguiente inscripción para recordar tan meritorio suceso.

Homenaje en el río Pisuerga, a su paso por Valladolid, a Jerónimo de Ayanz

Y del traje de buzo pasamos al submarino. Este invento no es tan desconocido para el gran público, pues en todas las escuelas se enseñaba que su inventor era Isaac Peral. No obstante, debemos realizar una precisión importante: nuestro compatriota no fue el inventor del primer vehículo sumergible, sino del primer submarino militar útil.

Los primeros que se sumergieron, con una especie de campana, fueron un par de griegos en época del emperador Carlos V en el río Tajo, hacia el siglo XVI. No obstante, se suele considerar como el primer sumergible de la historia al ideado por el holandés Cornelius Jacobszoon Drebbel en 1620. Y eso, a pesar, de que se propulsaba con remos.

Los sumergibles, hasta entonces, no tenían gran utilidad salvo la de la observación subacuática. Ahora bien, las posibilidades militares eran evidentes y varios científicos se pusieron manos a la obra para crear un arma submarina. Cosme García fue el primer español en patentar un submarino en España en 1860 (Ictíneo II), pero sería el submarino de Peral, en 1888, el que se llevara toda la fama al contener un tubo lanza torpedos en la proa. Fue probado con éxito dos años después, aunque posteriormente la Armada no continuó su proyecto e Isaac Peral cayó en el olvido. Hoy en día, en su Cartagena natal, se le recuerda con un museo monográfico de su invención.

Submarino de Isaac Peral. Cartagena, Murcia.

Uno de los aparatos que surcan hoy día nuestros cielos es el helicóptero. Invención atribuida al eslovaco Jan Bahyl, la fama la obtuvo Igor Sikorsky al inventar un aparato totalmente controlable en vuelo y que se fabricó en cadena a partir de 1942. No obstante, pocas personas conocen que fue gracias a la invención del autogiro por el español Juan de la Cierva, que se pudo llegar al helicóptero. Por tanto, fue este invento algo desconocido lo que supuso el paso definitivo para crear los helicópteros que conocemos hoy en día.

El invento del autogiro surgió ante la necesidad de eliminar la falta de sustentación por el peligro de la pérdida de velocidad que tenían los aeroplanos en el momento del aterrizaje. El sistema que ideó de la Cierva era un sistema sustentador giratorio con unas alas que se movían de manera independiente al aparato. Es decir, el aparato volaba con un motor que accionaba una hélice al frente y las alas superiores autogiraban con el avance horizontal. Tras unos primeros prototipos fallidos, en 1923 se realizó el primer vuelo del autogiro con éxito en Getafe. Aunque este aparato se terminaría abandonando, su importancia radica en ser un paso fundamental a la hora de poder idear los modernos helicópteros gracias a sus aspas articuladas.

Autogiro C-19 de la Cierva. Museo del aire, Madrid.

Ya hemos visto inventos de españoles para surcar los cielos o sumergirse en las profundidades del agua. Ahora trataremos algo todavía más sorprendente, la posibilidad de realizar un paseo espacial. Hoy día, al ver un astronauta con su traje espacial, pensamos en que tanto los Estados Unidos como los soviéticos de la extinta URSS fueron los pioneros de este logro. Pero resulta que existió un español llamado Emilio Herrera Linares que fue el inventor de la escafandra estratonáutica, el precursor de los modernos trajes espaciales.

La escafandra estratonáutica era un traje diseñado para realizar vuelos estratosféricos, esa capa de la atmósfera entre la troposfera (por donde surcan los aviones) y la mesosfera (más allá de la capa de ozono). El prototipo se considera el primer traje presurizado funcional de la historia y poseía pliegues metálicos para las articulaciones y un casco con tres tipos de vidrios.

Creado en 1935, se pretendía probar con un globo aerostático al año siguiente. Pero el inicio de la Guerra Civil Española supuso cancelar tales pruebas.

Herrera Linares partió al exilio y allí fue contactado por los estadounidenses, que deseaban que prosiguiera sus investigaciones en su país para desarrollar un traje espacial. La NASA se basaría en los estudios llevados a cabo por nuestro compatriota para desarrollar los modernos trajes espaciales de los astronautas de las misiones Apollo, algo que fue reconocido por Neil Amstrong, entregando una de las rocas lunares que trajo a uno de sus colaboradores Manuel Casajust Rodríguez, empleado en la NASA.

Comparativa traje de Herrera Linares y un modelo actual. Museo Lunar, Fresnedilla, Madrid.

Por último, una anécdota curiosa que nos informa del personaje en cuestión. Cuando se estaba organizando el alunizaje desde los EEUU, la NASA le puso un cheque en blanco al español para que trabajara con ellos, pero este sólo puso una condición: que la bandera española ondeara junto a la estadounidense en la Luna, algo a lo que se negaron. Herrera no se unió al proyecto y cuentan que dijo lo siguiente: “Los americanos son como niños, creen que con el dinero lo pueden comprar todo”. Genio y figura hasta la sepultura.

Hasta aquí nuestra pequeña reseña de hoy. Indicar que no son los únicos inventores españoles olvidados o desconocidos por el gran público, pero descubrir al resto os lo dejo a vosotros.

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