jueves, 15 de febrero de 2018

España fue la culpable del hundimiento del Maine

Hoy vamos a comentar una de las maneras más ruines que tienen los Estados de lograr sus objetivos estratégico-militares. Me refiero a las operaciones denominadas de Falsa bandera.

Y como ejemplo vamos a detenernos en una de las más famosas que cometieron los EEUU contra nuestro país a finales del siglo XIX. Ocurrió el 15 de febrero de 1898, hace exactamente 120 años. ¿Os interesa el tema?


Podemos definir un ataque de falsa bandera como “una operación política, de inteligencia o bélica haciendo creer que ha sido otro el que la ha cometido, cuando esa acción te beneficia a ti”. Las palabras no son mías sino del escritor Eric Frattini, quién en el año 2017 publicó el interesante libro Manipulando la historia. Una obra dedicada a diversas acciones de este tipo. Por supuesto, uno de los temas está dedicado a la acción de la que hoy se cumplen 120 años.

El término “operación de falsa bandera” es de origen militar y se refiere a cuando se izaban banderas de un país diferente para confundir al enemigo. Seguro que a muchos os vienen a la cabeza esas películas de piratas en las que no izaban la bandera negra de la calavera hasta el último momento.

Lo más difícil a la hora de descubrir una operación de este tipo es encontrar pruebas que demuestren tal acto. Podemos sospechar de numerosos indicios, pero pruebas que nos los confirmen son complicadas de encontrar. Entre otras cosas por estar realizadas en secreto por grupos especialistas muy reducidos. Sólo la desclasificación de documentos, el arrepentimiento de alguno de los protagonistas o la labor de otros grupos de inteligencia pueden sacar a la luz este tipo de operaciones.

Estas operaciones suelen tener un objetivo básico: influir en la opinión pública lo suficiente como para apoyar una determinada acción política o militar. En general entrar en una guerra o aprobar leyes de rechazo popular.

Hoy día está muy de moda hablar sobre los ataques de falsa bandera cibernéticos y/o terroristas. En este último sentido cobran especial interés las palabras de Josef Stalin: “La forma más fácil de obtener el control de una población es llevar a cabo actos de terrorismo. La población reclamará la imposición de leyes restrictivas si su seguridad personal se ve amenazada”.

También Hermann Göring era de la misma opinión: “por supuesto, la gente no quiere guerras […]. Pero, al fin y al cabo, son los líderes del país los que determinan la política, y todo se limita siempre a una simple cuestión de arrastrar a la gente adonde quieres […]. Es fácil. Todo lo que tienes que hacer es decirles que están siendo atacados y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por poner al Estado en peligro. Funciona de la misma manera en cualquier país”.

Pero dejemos a un lado la teoría y analicemos el caso de falsa bandera más famoso que afectó a nuestro país en la historia reciente: el caso del hundimiento del Maine.

En los primeros meses del año 1898 la situación internacional en España estaba llegando a un punto de inflexión definitivo. Aquel año España perdería sus colonias de ultramar (Cuba y Filipinas), lo que más que un problema económico se convertiría en un problema político y cultural de primer orden. De hecho, muchos historiadores piensan que fue la crisis de aquel año la que provocó la caída de España en una espiral de negatividad que desembocó en la Guerra Civil de 1936.

A inicios de 1898 en Cuba se estaba librando una lucha independentista entre esclavos, terratenientes y criollos contra propietarios, comerciantes y españoles. Un conflicto plural en el que los diferentes agentes se entrelazaban de manera diversa.

Los EEUU, en un contexto imperialista y por la cercanía a la isla, decidieron intervenir a favor de la independencia cubana de España. Y ante los supuestos abusos cometidos por los españoles en el conflicto respondieron enviando, el 25 de enero de 1898, al acorazado USS Maine a Cuba. Con la excusa de defender los intereses estadounidenses en la isla, los EEUU estaban presionando a las autoridades españolas de manera evidente, al saltarse todas las normas diplomáticas.
 
El acorazado Maine entrando en el puerto cubano de La Habana
La opinión pública estadounidense estaba a favor de los disidentes cubanos debido a la campaña periodística orquestada por los magnates William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer. El caso paradigmático de esta corriente de opinión lo logró Hearst con el caso de Evangelina Cisneros, la cual convirtió en “la Juana de Arco del Caribe”. El montaje realizado para su sorprendente rescate de prisión fue desmontado por Willis J. Abbot, periodista que trabajó con Hearst en aquella época.

No obstante, España dio motivos suficientes a la prensa para explotar la crisis humanitaria que se estaba produciendo en la isla. El mantenimiento soterrado de la esclavitud en la isla, la corrupción evidente de la administración española y los brutales métodos empleados por el general Weyler con los insurrectos cubanos deberían haber bastado para crear una corriente de opinión favorable sin tener que recurrir a mentiras y montajes de diversa índole.

Los militares estadounidenses del Maine fueron recibidos, no obstante, de forma correcta por las autoridades españolas. Pero esta cordialidad llegó a su fin el 15 de febrero de 1898. A las 21:40 h se escuchó una tremenda explosión en el puerto. El acorazado Maine estaba incendiado en la zona de proa. A pesar de los esfuerzos del personal del puerto, el barco se hundió con 252 personas a bordo. Más tarde fallecerían 14 personas más debido a las heridas, por lo que el número total de víctimas ascendió a 266. Una cifra muy elevada teniendo en cuenta que el total de la tripulación era de 392 personas. Sólo se salvaron el 32% de las personas embarcadas.
 
Restos del acorazado Maine en La Habana
A pesar de encontrarse en aguas con jurisdicción española, los estadounidenses impidieron inicialmente examinar los restos del navío, al considerarlo territorio norteamericano. Ello no impidió que se pudiera sacar una primera conclusión de la explosión: debido al agujero del casco del Maine, en el cual las planchas de acero estaban dobladas hacia el exterior, se concluyó que la explosión se había debido a algún accidente ocurrido en el interior del acorazado.

Por supuesto, esta no fue la conclusión que tuvieron las autoridades estadounidenses. En el informe que la administración McKinley ordenó a una comisión naval se concluyó lo siguiente (21 de marzo de 1898): la causa del hundimiento se debió a la explosión de una mina situada debajo de la parte inferior dela nave y colocada alrededor de la cuadrícula 18 del casco. También descartaban la posible explosión interna de la santabárbara (almacén de munición) por no haberse producido jamás una combustión espontánea del carbón almacenado.

Sorprendentemente esta conclusión oficial coincidía, punto por punto, con la versión que apareció, dos días después de la explosión del acorazado, en el New York Journal. La edición de ese periódico titulaba a toda plana “La destrucción del acorazado Maine fue obra del enemigo“, “Los oficiales de la Marina piensan que el Maine fue destruido por una mina española”. Iba acompañado de un dibujo del barco explotando sobre unas minas conectadas por cable con las fortalezas de La Habana. Tal era el entusiasmo con el que Hearst defendió el comienzo de este conflicto que se le bautizaría como The Hearst War. Paradigmático, en este sentido, fue la contestación que le dio Hearst al corresponsal F. Remington cuando le pedía volver a casa ante la quietud existente en la isla: “Quédese ahí. Usted mande los dibujos, la guerra la pongo yo”.

Hasta tal punto llegaría la presión periodística que los medios criticaron al Secretario de Estado John D. Long por descartar la responsabilidad española en el hundimiento. Una mentira repetida durante meses y una adecuada presión a las debilidades del presidente terminaron llevando a todos por el camino de la confrontación directa.

España no podía hacer  otra cosa que defender su honor de la mejor manera posible. El presidente Práxedes Mateo Sagasta ordenó una investigación profunda a los ingenieros Del Peral y De Salas, los cuales concluyeron que la causa de la explosión había sido la combustión espontánea del carbón para alimentar las calderas, el cual se encontraba separado del depósito de municiones por una fina mampara. La posibilidad de una explosión por una mina se descartó por varios motivos: ausencia columna de agua, ausencia cables eléctricos (única manera de estallar una mina con el mar en calma), ausencia peces muertos, imposibilidad explosión almacén de munición tras impactar una mina. Como vemos, un informe totalmente opuesto al estadounidense.

El presidente de los EEUU William McKinley hizo públicas las conclusiones del informe estadounidense el 11 de abril de 1898. Y, aunque señaló expresamente que “no habían sido capaces de averiguar quién había sido el responsable” de la explosión, se acusó a los españoles debido al contexto existente en la isla.

Este informe decidió la estrategia a seguir por parte del Congreso norteamericano, quién el 20 de abril aprobó una resolución en la que se exigía la retirada de las fuerzas armadas españolas en Cuba y se permitía al presidente hacer uso de la fuerza militar para mediar en este conflicto. El 25 de abril se establecía el estado de guerra entre EEUU y España. Una guerra desigual en la que España apenas aguantó tres meses y terminó transfiriendo a los EEUU, en el armisticio de paz (Acuerdos de París) firmado el 10 de diciembre de aquel mismo año, el control de Cuba, Puerto Rico, Guam y Filipinas.

¿Cuáles fueron los puntos oscuros que envuelven este suceso?

En primer lugar debemos hacer notar que en la comisión de investigación ordenada por los EEUU no participaron expertos ni ingenieros navales. Algunos de ellos eran de la opinión de que la explosión se produjo tal como indicaba el informe de la comisión española. Pero estas voces discordantes, entre las que se encontraban George W. Melville (ingeniero jefe de la Armada estadounidense) o Philip R. Alger (experto en explosivos que dio su opinión en el Washington Evening Star) ni pudieron declarar ni se les tomó en cuenta.

Igualmente, la comisión ocultó un hecho crucial. Entre 1894 y 1908 se habían registrado más de una veintena de incendios de los depósitos de carbón en buques estadounidenses debido a combustión espontánea. Esta combustión espontánea estaba favorecida por el tipo de carbón utilizado, carbón bituminoso (con alta reflectancia y alto contenido volátil), como por altos porcentajes de humedad ambiental. Ambas circunstancias se daban en el caso del Maine.

Las verdaderas intenciones intervencionistas de los EEUU en la isla estaban claras para los políticos españoles. Algunos días antes del incidente del Maine, el gobierno de los EEUU había enviado al gobierno español una carta en los siguientes términos: “El ejército norteamericano intervendrá́ en la isla si España no accede a vender Cuba a los Estados Unidos por trescientos millones de dólares. Para facilitar la operación, se ofrece además un millón de dólares para los negociadores que medien en dicho acuerdo” (THOMAS, Hugh. Cuba: Or, The Pursuit of Freedom, London, Eyre & Spottiswoode, 1971, pág. 367).

No era la primera ocasión en la que se pretendía comprar la isla a los españoles. Ofertas similares, públicas y privadas, fueron enviadas, desde 1839, en sucesivas ocasiones, aumentando la cuantía de la cantidad ofertada desde los 100 millones de dólares. Ofrecimientos similares ocurrieron en 1847, 1854, 1858, 1861, 1869 y 1897.


¿Existen otros estudios posteriores sobre el hundimiento del Maine?

En 1974 el almirante Hyman Rickover, junto a un equipo de expertos, examinó todos los documentos existentes sobre este suceso, concluyendo que, “sin lugar a dudas” la explosión no se había debido a una mina exterior, sino que había sido provocada desde el interior.

Posteriormente, un estudio realizado por Lewis Gould en 1982 llegó a la conclusión de que la ventilación inadecuada en el interior del Maine provocó un incendio en las carboneras y la posterior explosión en las inmediaciones de los depósitos de munición del barco.

Asimismo, el historiador John L. Offner, en su tesis doctoral sobre la guerra hispano-americana, publicada en 1992, señala que, desde 1895 hasta 1898, otros trece buques estadounidenses habían sufrido incendios asociados a la combustión espontánea del carbón en sus depósitos.

En 1998, la National Geographic Society encargó un estudio a la Advanced Marine Enterprises (AME) para analizar las causas del hundimiento. Los estudios de transferencia de calor indicaron que, durante las cuatro horas desde el comienzo del incendio, en el depósito principal de carbón, “podría haberse elevado la temperatura de la caldera más cercana a la pólvora (que se encontraba a solo cuatro pulgadas de distancia de una placa de acero de poco espesor) hasta superar los 645 grados, es decir, lo suficiente para encender la pólvora y provocar una reacción en cadena en las estancias adyacentes”. La AME no encontró datos concluyentes que pudieran defender la hipótesis de una mina como causante de la explosión, pero si encontró argumentos que podían sustentar esta teoría al haber encontrado algunas planchas dobladas hacia adentro. En realidad existía una gran controversia entre los investigadores que participaron en este estudio.

En 2001, Dana Wegner, que había trabajado con el almirante Hyman G. Rickover en la investigación de 1974, declaró a Edward Marolda, historiador del Centro Histórico Naval de Washington, que “se habían estudiado todos los documentos pertinentes, incluidos los planos del buque y los informes de riesgo semanales del Maine (de 1912), del ingeniero jefe del proyecto, William Fergusson. Estos informes incluían numerosas fotografías con los números de cuadernas y tracas de las partes correspondientes del pecio. Dos expertos en demoliciones navales y explosiones fueron incluidos en el equipo. Por lo que se observaba en las fotografías, no había ninguna evidencia plausible de penetración desde el exterior, por lo que la explosión tuvo lugar en el interior del buque”.

Como vemos, todos los estudios recientes coinciden en concluir que la explosión del Maine se debió a un accidente en el depósito de combustible de carbón. Y, aunque no fue provocado directamente por los EEUU para tener una excusa con la que intervenir en Cuba, si se aprovechó en ese sentido, creando una opinión pública favorable mediante el uso de la prensa amarilla. Este fue el recurso con el que los EEUU movieron la opinión pública de su población hasta apoyar la intervención armada. Por tanto, no realizaron un ataque de falsa bandera (en sentido estricto) pero aprovecharon las consecuencias del accidente del mismo modo.

Al igual que hemos descartado la autoría española, también debemos excluir a los EEUU de haber realizado una operación de falsa bandera a propósito. Esta hipótesis ha sido defendida por figuras vinculadas al comunismo, tales como el economista Mikhail Khazin o las autoridades cubanas. Que un terrorista español o uno estadounidense hiciera estallar un artefacto en el Maine que provocara su hundimiento son teorías más próximas a la conspiranoia que a la realidad. Y en todo punto indemostrables.

Concluyamos con dos frases memorables que tienen mucho que ver con este tema. Una es del dramaturgo griego Esquilo de Eleusis, la cual dice que “en la guerra, la primera víctima es la verdad”. La otra del estratega chino Sun Tzu, “toda guerra está basada en la decepción”.

La mente humana es manipulable y tiende a ver lo que desea ver. De ahí la facilidad de que le calan algunos mensajes, simples pero insistentes, que logran despejar ciertas dudas incómodas. En el caso del Maine fue el siguiente: “¡Recuerden el Maine! ¡Al diablo con España!”.




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