domingo, 16 de abril de 2017

La Serie Vikingos muestro hechos históricos (IV)

En el anterior post que realicé comentando los primeros 10 capítulos de la cuarta temporada de Vikingos mostraba mi sorpresa sobre algunos aspectos escasamente históricos en los que estaba derivando la serie.

Ahora, tras haber visto la segunda mitad de esta cuarta temporada debo indicar que mis temores se han confirmado soberanamente. Lo que empezó siendo una serie con un gran componente histórico sobre la vida de los vikingos se ha convertido, gracias al éxito de su audiencia, en un formato de ficción con escasos retazos históricos. Paradójico y desilusionante. ¿Te apetece leer el análisis de la segunda parte de la cuarta temporada de Vikings?


¡¡¡¡¡Atención Spoilers!!!!!

Uno de los aciertos que comentaba en el post anterior era el exquisito trato que se daba a los personajes y a su experiencia vital. La evolución verídica de los personajes era, en mi opinión, la esencia de la serie. Era uno de los aspectos que más me gustaban de la serie. Es un aspecto que ha desaparecido.

Si en el post anterior manifestaba mi pesar por mostrarnos a un Ragnar drogadicto, ahora el sinsentido se amplió al resto de los personajes principales. Ninguno (o casi ninguno) se comporta como un vikingo del siglo IX, sino que parecen ser personas del siglo XXI trasplantadas al pasado. Vamos a los casos concretos.

Puedo entender que Ragnar Lothbrok quiera ser el dueño de su destino. Me parecía acertado su coqueteo con la religión cristiana y ese choque de cultura y religión (no olvidemos que los vikingos terminaron cristianizándose). Ahora bien, llegar a pensar que un vikingo del siglo IX se vuelve ateo es faltar a toda realidad histórica.

La conversación alcoholizada entre Ragnar y el rey Ecbert resultó tan innecesaria como engreída (históricamente hablando) y muestra más el sentir de una persona actual que la de unos antepasados medievales. Del rey Ecbert mejor ni hablo, pues es una sombra decrépita de lo que fue, tanto física como simbólicamente.

Ambos, los archienemigos en los que se basaron las primeras temporadas, no obstante, coinciden en algo. Son capaces de elegir su destino final. Ragnar en el pozo de serpientes al que le lanzó el rey Aela (coincidente con lo que indican las sagas nórdicas) y el rey Ecbert en los baños de su palacio, en el lugar en el que tantos sucesos importantes ocurrieron.



Me parece correcto que Lagertha desee recuperar Kattegat, pero, ¿debía hacerlo de esa forma?; es decir, asesinando por la espalda a Aslaug tras darle el beneplácito de marcharse en paz. ¿Tan poco vale la palabra de esta valerosa vikinga? Con todo, no es el peor caso.

Rollo, nuestro vikingo convertido en conde franco tiene morriña al ver a sus amigos volver en sus drakkars. ¿Acaso en la Alta Edad Media los nobles no tenían ocasiones de ejercitarse en el arte de la guerra? Resulta, cuanto menos curioso, esa llamada al saqueo y la guerra. Máxime, cuando se trata de unirse a aquellos vikingos a los que derrotó.

Podemos aceptar pulpo como animal de compañía. Pero, ¿luego vuelve a casa y ya está? ¿Quién en su sano juicio arriesga su noble posición por una aventura de saqueo (al alcance de sus medios cuando quisiera) y luego se reintegra nuevamente en la corte franca? Incomprensible para este humilde mortal.

El loco Flocki, con sus actitudes incomprensibles en cuanto a la religión, y el temible Ivar, el deshuesado, son los dos personajes más logrados, históricamente hablando. Y eso dice muy poco de una serie con tanto potencial y personajes tan sumamente carismáticos.

Personalmente tenía muchas esperanzas en esta temporada, pues estaba previsto el ataque vikingo a la Península Ibérica. Esperaba ansioso ver en la pantalla los ataques por sorpresa a la cornisa norte, a Lisboa y, como no, a Sevilla tras remontar el Guadalquivir. Esperaba, iluso, que los guionistas, tan fieles a las sagas nórdicas, tomaran como base para la serie los Annales Bertiniani o la Crónica Rotense. Me equivoqué. Nada de esto tuvieron en cuenta. Rollo, indicando que en la Península Ibérica vivían musulmanes, ya nos advertía del futuro estropicio que se gestaba.

Con la mosca ya detrás de la oreja vemos un plan de ataque sacado de una tarde de fumeteo con droga de calidad. Obviamos la navegación vikinga por la costa (de cabotaje se denomina) y dejamos a nuestros vikingos en mar abierto sufriendo las penurias del desabastecimiento. Y cuando la tripulación anda más enfadada que los que acompañaron a Colón, resulta que logran llegar a tierra y realizar su saqueo en Algeciras. No es broma, habéis leído bien. ¡Algeciras! Esa población enfrentada a Gibraltar, para que la mayor parte de las persona sepan de lo que hablamos. ¿El increíble viaje desde París se resume en “parece que nos hemos perdido” y vemos tierra en Algeciras?

Al sinsentido histórico de todo ello se une el incomprensible ataque vikingo. Llegan a la ciudad tranquilamente, atracan sus barcos en el mismo puerto con total impunidad y saquean a su antojo una ciudad portuaria medieval. ¿No existen soldados o algún vigía? Luego nos enteramos que estaban rezando en la mezquita. Claro, ya sabemos lo fieles que son los musulmanes. El rezo es lo primero, aunque los vikingos estén matando a la población y saqueando la ciudad. Nosotros rezamos y ya cuando terminemos veremos qué pasa. Matan a nuestro imán en pleno rezo y no se mueve nadie. Quietos como estatuas esperando convertirse en mártires por nuestra fe. Pero, ¿Qué demonios es esto? ¿Qué clase de visión tergiversada tienen en EEUU sobre los musulmanes, sobre la mentalidad medieval o sobre la Península Ibérica?

El ataque anterior me sirve de excusa para hablar de las batallas de esta temporada. Batallas por decir algo, pues resulta una burla para el espectador.

La derrota del rey Aela frente al gran ejército vikingo de los hijos de Ragnar se encuentra recogida en varios testimonios, como la Crónica Anglosajona. El Gran Ejército pagano (así se denominaba entonces) derrotó a Aela en noviembre de 866, en la ciudad de York. Las crónicas coinciden en afirmar que Aela murió en combate, pero era mucho mejor mostrar un castigo acorde al sufrido por Ragnar, haciendo más caso a las sagas nórdicas que describen tal suceso que a las crónicas inglesas. Es una elección más ficticia y, sin duda, más televisiva. Nada que objetar.

Lo más grave es comprobar los esmerados preparativos de Aela ante el inminente ataque vengativo de los vikingos. ¡Menos mal que estaba preparado!

Se presenta en el campo de combate ignorante del número de sus enemigos y sin haber previsto otro campo de batalla que el más favorable para una gran hueste vikinga. Gracias a los guionistas que la batalla fue obviada y pasamos directamente al castigo dado al rey de Northumbria.

Si esta no batalla fue pésima, la que enfrentó a los vikingos y al hijo del rey Ecbert, Aethelwulf, fue hilarante. Aethelwulf tuvo la buena idea de enviar a un espía para saber el número del ejército vikingo. Debió enviar al más analfabeto de sus soldados. En algo tan sencillo como contar barcos y multiplicar por 30 le ofrece una cifra con un margen de error de un millar. ¡Un millar! Eso, en la Edad Media, es no decir nada.

Dejando a un lado estos alucinantes detalles, la batalla fue irrisoria. Creo que intentaron llevar a cabo algo similar a lo que las crónicas nos cuentan sobre la batalla de York. Los vikingos engañaron a sus enemigos haciendo creer que huían y les rodearon. El mayor componente numérico vikingo hizo el resto. Ahora bien, la forma de plasmarlo en la pantalla fue nefasta e hilarante. Una broma pesada.

En el Medievo las mayores bajas en las batallas se producían cuando un ejército era derrotado y huía de la batalla desordenadamente. Pensar que Aethelwulf sería capaz de escapar, al igual que muchos de sus soldados, es imposible en un contexto de guerra total de conquista.



Luego, pensar que unos vikingos aceptan un documento de cesión de tierras de un rey al que han abandonado sus vasallos es tan irrisorio como si hubiera salido a la luz un documento de compraventa de terrenos en Irak firmado por Sadam Hussein en el contexto de la invasión estadounidense.    

El espectáculo, no obstante, no decae. Para compensar la pérdida de personajes, que en esta temporada ha sido notable, a las figuras de Björn o Ivar se va a contraponer la del obispo Heahmund, un clérigo que en el minuto en el cual nos lo presentan oficia un entierro y rompe su voto de castidad fornicando con la viuda. ¿De verdad era necesario mostrar así al obispo?


Lo voy a dejar, pues no quiero continuar escribiendo sobre esta serie que, a pesar de todo, es una serie de ficción notable para la media de lo que se emite.

Esta cuarta temporada, como habréis comprobado por mis palabras, no ha llegado a colmar mis expectativas. Expectativas históricas, que son por las que empecé a ver la serie. Y, por ello, por alejarse de la historia y convertirse en un producto de ficción, creo que no merece la pena continuar escribiendo sobre ella. Al igual que Juego de Tronos, por  indicar una serie de ficción medieval, Vikingos se ha convertido en un producto de ficción que no necesita un post de carácter histórico. Mucho debe cambiar la serie para que vuelva a escribir sobre ella.

Hace tiempo leí que el guionista de la serie, Michael Hirst no pretendía realizar un producto de historia real, aunque se basaba para la creación en los datos históricos. Según sus palabras, “el que sea absolutamente preciso desde un punto histórico no es lo más importante. Estamos contando una historia, y lo que más me interesa es que suene auténtica”. Siento indicar que en esta cuarta temporada el acierto de las anteriores se ha diluido.

Podemos hacer la vista gorda y permitir tomar la licencia de mezclar historia con leyenda. Podemos hacer la vista gorda y permitir que Ragnar una aventuras de diversos vikingos y etapas históricas. Pero lo que hemos visto en esta cuarta temporada dista mucho de “sonar real”.

Mucho debe cambiar la serie para que vuelva a darle la oportunidad de aburrirme otros 20 capítulos. Son más de 800 minutos de mi tiempo que no creo merezca la pena perder otra vez.

Ragnar ha muerto. Y con él, el gran atractivo de la serie. Ragnar representaba muchas cosas y nadie está a su altura para suplir esa magia que desprendía en la pantalla. Sin Ragnar todo se resume en saqueo, muerte y venganza repetidos hasta la saciedad. Entramos en un bucle, el cual durará lo que desee la audiencia. Pero, para mí, la serie acabó con Ragnar.

Ragnar siempre supo trascender de la leyenda y de la historia. La frase que se atribuye a Ragnar a la hora de morir es la siguiente, recogida en el poema Krákumal: “La ira de mis jóvenes hijos crecerá, al escuchar cómo murió su padre”.   

Sin duda, aunque poética, no es comparable a la escuchada en la serie:
Como gruñirán los cerditos cuando escuchen cómo el viejo jabalí sufrió”.

¡Qué gran serie de ficción estamos perdiendo! ¡Qué gran serie histórico-legendaria hemos perdido!



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