domingo, 6 de noviembre de 2016

Aníbal fue el culpable del inicio de la Segunda Guerra Púnica


Hoy vamos a tratar un tema peliagudo: la doctrina política del ius in bello, que significa el “derecho de guerra”. Es decir, cuando un país no tiene más opción que enfrentarse a un estado contrario por medio de las armas. En ese caso, el derecho internacional regula una serie de posibilidades que pueden justificar el inicio de las confrontaciones.

Aunque podáis pensar que este es un tema que no nos afecta en la actualidad, lo cierto es que todo inicio de una guerra está justificado por un motivo concreto, el llamado casus belli, es decir, el “motivo de guerra”. Y los estados guardan mucho cuidado de justificar todas sus acciones para hacerse parecer inocentes y obligados a luchar. Si en un pasado se debía justificar el comienzo de una guerra ante los nobles o las clases privilegiadas, ahora deben hacerlo ante la poderosa opinión pública.

Por supuesto, en la mayoría de ocasiones, los casus belli tomados como excusa para el inicio de hostilidades no son sino meras pantallas para ocultar los verdaderos intereses. ¿Y saben quién inició todo esto? Pues tenemos un magnífico ejemplo en la historia antigua y, en concreto, en la guerra entre Roma y Cartago. ¿Queréis descubrirlo?


Cuando antes comentaba la fabricación de falsos casus belli para justificar el inicio de guerras a muchas personas se les vendría a la mente la invasión de Irak en el año 2003. La coalición de fuerzas que invadió el país (entre las que estaba España) tomó como casus belli la existencia de armas de destrucción masiva. El hecho, infundado y luego demostrado como falso, permitió un ataque que los EEUU llevaban muchos años preparando.

Pero no sólo con mentiras se justifica una guerra. También se puede iniciar abduciendo la defensa ante un ataque del enemigo. De nuevo los EEUU están en la mente de todos, pues sobre el ataque a las torres gemelas aún se cierne la duda de la responsabilidad de los servicios de seguridad estadounidenses; en efecto, a pesar del paso de los años, muchos siguen pensando que el ataque pudo llevarse a cabo sólo por la pasividad de las fuerzas de seguridad estadounidenses, logrando con el ataque la justificación moral para realizar la invasión de Afganistán en 2011.

Pues bien, aunque pensemos que los EEUU son originales presentando razones para justificar sus acciones bélicas, los romanos del siglo III a.C. ya utilizaban ampliamente estas medidas de confusión. Y un claro ejemplo lo tenemos en el tratamiento que tuvo el casus belli que llevó al inicio de la llamada Segunda Guerra Púnica (218 a.C.-201 a.C.).

Imagen Busto de Aníbal. Ilustración de Mommsen's “Römische Geschichte” page 265, Hannibal.
Cuando pensamos en Aníbal, el mejor general y estratega que tuvo la ciudad de Cartago, la imagen que tenemos de él ha sufrido la deformación de las fuentes antiguas. Unas fuentes que son romanas, por lo que podemos imaginar la gran subjetividad que contienen. Para el gran público Aníbal es el gran enemigo de Roma. Ese malvado púnico que a punto estuvo de derrotar a los buenos romanos. Seguro que en la consideración general que hoy día se tiene de Aníbal han pesado mucho un par de documentos.





Por un lado, el historiador romano Tito Livio nos los describió como un gran general y el mejor de todos los soldados. Pero, a la vez, nos legó una opinión muy desfavorable que ha tenido gran éxito:

Las virtudes tan pronunciadas de este hombre se contrapesaban con defectos muy graves: una crueldad inhumana, una perfidia peor que púnica, una falta absoluta de franqueza y de honestidad, ningún temor a los dioses, ningún respeto por lo jurado, ningún escrúpulo religioso. Con estas virtudes y vicios innatos militó durante tres años bajo el mando de Asdrúbal, sin descuidar nada de lo que debiera hacer o ver quien iba a ser un gran general

Lo anterior se complementa perfectamente con este supuesto relato de su vida que escribió Cornelio Nepote:

Mi padre Amílcar, cuando yo era apenas un niño de nueve años, al salir de Cartago rumbo a Hispania sacrificó varias víctimas a Júpiter Óptimo Máximo. Fue entonces que me preguntó si quería acompañarlo a la guerra. Yo le respondí que sí, que lo haría con gusto, y mi padre me contestó: ‘Muy bien, vendrás conmigo si me juras lo que te pido’. Luego me llevó junto al altar de los sacrificios y ordenó dejarnos solos. Y tras ponerse la mano sobre sí, me hizo jurar que jamás firmaría una paz con Roma. Ese juramento lo he venido conservando desde entonces, y nadie puede dudar que lo seguiré cumpliendo en el futuro”.

Ambos textos nos inducen a pensar que Aníbal no respetaba ningún pacto y que tenía un odio innato hacia los romanos. En este sentido, si leemos a Polibio culpando al cartaginés del inicio de la Segunda Guerra Púnica nos parecerá hasta lógica la conclusión romana de ir a la guerra. Pero las cosas no son lo que parecen, ni tampoco debemos creer lo que nos cuentan las fuentes romanas, pues al fin y al cabo lo único que hacen es justificar la guerra en base a las mismas mentiras de siempre: “el otro tuvo la culpa” y “nosotros no queríamos pero fuimos atacados”.

Las fuentes romanas justificaron el inicio de hostilidades con Cartago, por segunda vez en su historia, debido a la toma de la ciudad ibérica de Sagunto. Sagunto se convirtió en el casus belli de la guerra y los historiadores romanos se preocuparon mucho de justificar la decisión romana de iniciar las hostilidades.

Para entender la importancia de Sagunto debemos contextualizar los hechos. Cartago, tras perder la Primera Guerra Púnica, se había visto privada de sus bases comerciales en Sicilia y Cerdeña y, además, fue penalizada con el pago de una fuerte indemnización de guerra. Para afrontarla y recuperar parte de su gloria pasada, Cartago puso sus ojos en la Península Ibérica, famosa por su riqueza minera.

Los romanos, posteriormente, defendieron la postura de que Cartago se expansionó por la península con el objetivo de tomarse una revancha militar. Pero en una embajada enviada por Roma a Amílcar en el año 231 a.C, éste les explicó los verdaderos motivos de la expansión: pagar las deudas contraídas por Roma a causa de las indemnizaciones de guerra. En ningún caso las acciones cartaginesas fueron antirromanas, por lo que no podemos defender la idea romana tan difundida con posterioridad a los hechos.

A partir del año 237 a.C. Amílcar Barca inició la conquista del territorio, sometiendo a las poblaciones indígenas mediante el uso de su superior fuerza militar, llegando en ocasiones a realizar brutales ejemplos de sometimiento: Istolacio e Indortes, dos cabecillas al frente de una coalición indígena fueron ejemplos claros de ello. Más tarde, su sucesor en el mando, Asdrúbal, inició una política de acercamiento distinta, utilizando la diplomacia y desposando a una princesa íbera. Esta nueva actitud cartaginesa lograría asentar más firmemente el poderío cartaginés en la península.

Roma no podía en aquel momento dirigir su mirada hacia la Península Ibérica por estar comprometida con otros problemas, en concreto, la sublevación de los galos. Roma temía que si galos y cartagineses se encontraban podían formar una alianza contra ellos. Por esta razón, Roma quiso pactar con los cartagineses la existencia de un límite para su expansión. De esta forma frenaban el posible contacto con los galos, y dejaban un margen de expansión en la península para momentos posteriores. Cartago, por su parte, también ganaba mucho con el tratado, pues la delimitación de unas áreas de influencia muy concretas les dejaba las manos libres para consolidar su imperio al sur del Ebro sin ninguna injerencia romana.

El río Ebro fue el límite marcado para dividir las dos zonas de influencia de las dos potencias del mediterráneo, sellándose hacia el año 226 a.C. el conocido como Tratado del Ebro (226 a.C.).

Este tratado revestiría gran importancia en el futuro, pues los romanos abdujeron que Aníbal lo había quebrantado, razón por la cual el inicio de hostilidades contra ellos estaba más que justificada.

Tenemos diversas copias del tratado, lo que nos brinda la ocasión de descubrir como los historiadores romanos justificaron, mediante falsos datos, el inicio de la guerra.

Polibio indicó, repetidamente, la única cláusula que hoy día los historiadores dan por verídica: “que los cartagineses no atravesaran el río Ebro en son de guerra”. No obstante, el orgullo romano le hizo obviar, la misma cláusula involucrando a los romanos en los mismos términos. Tenemos que tener en cuenta que este pacto se hizo en igualdad de condiciones entre ambos bandos.

Apiano indica, literalmente, la cláusula que refería Polibio, pero añade otra bastante sospechosa: “que los saguntinos y los demás griegos de España fueran libres y autónomos”. Esta cláusula también fue recogida, más o menos en los mismos términos, por Livio y por Zonaras. ¿Por qué desconfiar de estas fuentes?

Lo primero que debemos anotar es el error de Apiano al considerar Sagunto como una ciudad griega, cuando en realidad era una ciudad ibérica.

Además de lo anterior, hay que indicar que no existía ninguna razón en el año 226 a.C. para que Roma incluyera una excepción al acuerdo de no atravesar el Ebro. Sagunto no era ningún enclave importante desde el punto de vista estratégico o militar, ni tenía ningún estrecho lazo con Roma. De hecho, el acalorado debate en el Senado romano tras la caída de Sagunto y la posibilidad intervención de Roma es muy elocuente al respecto. De existir acuerdo formal el debate no se habría producido. De existir un acuerdo formal, Roma no podría haber dejado a su suerte a Sagunto durante un asedio tan largo (8 meses). Es cierto que Roma tuvo que lidiar con problemas en Iliria mientras el sitio a Sagunto se producía, pero ese problema terminó antes de que Aníbal tomara al asalto la ciudad. ¿Cómo pudo Roma pasar por alto una alianza y no enviar apoyo militar si realmente existía un acuerdo con Sagunto? Su honor hubiera quedado en entredicho.

Por otro lado, Polibio aseguró que los culpables del inicio de la guerra fueron los cartagineses al no respetar el pacto que Roma tenía con Sagunto. Para ello nos legó diferentes excusas, desde que Sagunto estaba al norte del Ebro hasta que existía un acuerdo explícito de protección a los saguntinos. Esta última excusa fue utilizada, como hemos visto, por el resto de historiadores. Pero no es posible creer tal cosa, pues la demarcación de un límite en el río Ebro separaba dos zonas de influencia distintas. El realizar acuerdos en la esfera de influencia del contrario suponía romper el tratado.

Si Roma pactó posteriormente con Sagunto fueron ellos los causantes últimos del inicio hostilidades. ¿Existía un pacto anterior al tratado entre Roma y Sagunto? Resulta poco probable, pues debemos recordar que esta ciudad no era una colonia griega. Tampoco Roma estaba interesada en la península ibérica antes del tratado (Dion Casio 12, 48). Sólo intereses comerciales, como socia de Marsella (aliada romana), justificarían una alianza con Sagunto, pero dada la necesidad romana de firmar un tratado con Cartago (y evitar el contacto con los galos) estos fines se antojan muy secundarios y prescindibles.

De haber existido algún tipo de acuerdo informal entre Roma y Sagunto, éste quedó como papel mojado al firmarse el Tratado del Ebro y delimitar claramente las zonas de influencia de cada estado. Al igual que ocurrió en la Guerra Fría, las zonas de influencia entre ambos estados debían ser respetadas escrupulosamente si no se deseaba crear un conflicto.

Por tanto, la confusión existente en las fuentes sobre el contenido y obligaciones del Tratado del Ebro debemos enmarcarlo en el contexto de culpabilizar a Cartago, y en concreto a Aníbal, como auténticos causantes del inicio de las hostilidades. Todo se reduce al intento de justificar la entrada en la guerra de Roma.

¿Qué pudo pasar en realidad?

Cartago debe pagar indemnizaciones a Roma por su derrota y ve en la expansión por la península ibérica una ocasión única para recuperar su poderío. Roma, en aquellos momentos, no puede frenar el ascenso cartaginés y decide frenarlo mediante un tratado ventajoso para Cartago, dejándole grandes posibilidades de expansión hasta el Ebro.

Posteriormente al tratado, la ciudad de Sagunto decidió aliarse con Roma, a pesar de estar en la zona de influencia cartaginesa. Roma, ya libre de otros compromisos y preocupada por el poderío creciente de Cartago, ve con buenos ojos colocar una punta de lanza en terreno enemigo (algo similar a los misiles soviéticos en Cuba). Aunque no fue nada formal, la sola posibilidad de un acuerdo era una provocación para la guerra. Sagunto, por su parte, se alió con Roma debido a motivos puramente económicos: mantenía buenas relaciones comerciales con Marsella y Ampurias (aliadas de Roma) y deseaban arrebatar a sus vecinos turboletas las minas de hierro para expandir su influencia en la zona.

Aníbal podía tolerar cierta relación informal de Sagunto con Roma. De hecho, en su campaña de expansión del año 220 a.C. evitó expresamente molestar a Sagunto. Pero cuando Sagunto, confiando en su poderoso protector, se dedicó al ataque de los pueblos vecinos, aliados de Cartago, Aníbal no pudo pasar por alto tal osadía. En juego estaba su capacidad de control en su área de influencia.

Aníbal tuvo que recibir una embajada romana en el 219 a.C., la cual pidió el respeto a Sagunto. Este mensaje llevaba soterrada la amenaza de guerra, pues tal petición entraba en claro conflicto con el Tratado del Ebro. En el momento que Aníbal emprendió el asedio y toma de Sagunto sabía que la declaración de guerra no tardaría en llegar. Ésta llegó a Cartago en forma de ultimátum inadmisible: Roma exigía la entrega de Aníbal para ser castigado.

Roma decidió sacrificar a Sagunto para tener un hecho consumado que no permitiera la vuelta a tras de los indecisos. Existía una facción dentro de Roma que deseaba expandirse por el Mediterráneo y veían a Cartago como un rival que sólo con las armas podría ser vencido. Eliminar a Cartago era su obsesión y supieron mover los hilos para mostrar un callejón sin salida al resto de senadores. Por tanto, fue esta facción de la nobleza romana, en concreto los Cornelios Escipiones, la que llevó a Roma a la confrontación directa con Cartago. Ambas potencias, dado su imperialismo, estaban abocadas a chocar tarde o temprano en su interés por dominar el Mediterráneo.
Luego los romanos, como vencedores, a la hora de reescribir la historia, no tuvieron reparo en mentir para justificar su intervención como una guerra justa.

Un ataque a un aliado como pretexto para una intervención. La ruptura de un acuerdo firmado anteriormente como el casus belli que obliga a la declaración de guerra. Muchos estaréis pensando en el ataque a las Torres Gemelas, en los intereses de la familia Bush en Oriente Medio y en la acusación de existencia de armas de destrucción masiva en Irak (lo que suponía una ruptura de los pactos internacionales contraídos por Irak). Como vemos, aunque la historia nunca se repite exactamente, el ser humano es capaz de seguir cometiendo los mismos errores por mucho tiempo que transcurra. Pero esto, ¡ya es otra historia!


Fuentes:

Gonzalez Wagner, C.: “Los Bárquidas en Iberia”. La Aventura de la Historia. Nº 11. Septiembre 1999.

Penedés, A.: “Sagunto”. Historia National Geographic. Nº 131. Noviembre 2014.

Sancho Royo, A.: En torno al Tratado del Ebro entre Roma y Asdrúbal. Habis, ISSN 0210-7694, Nº 7, 1976, Págs. 75-110

Vázquez Hoys, A.M.: Historia de Roma. UNED. 2002.





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