sábado, 8 de agosto de 2015

No envié mis naves a luchar contra los elementos



El 8 de agosto de 1588 tuvo lugar la Batalla de Gravelinas, donde los ingleses, supuestamente, derrotaron a la Armada Invencible enviada por Felipe II de España.

Sobre este episodio histórico, tan plagado de mentiras, tienes todo un capítulo dedicado en exclusiva en el libro de Mis Mentiras Favoritas. Como complemento, hoy analizaremos la frase del título, presuntamente atribuida a Felipe II.


En el tomo XIV de la Historia General de España, escrita por Modesto Lafuente, podemos leer el siguiente comentario, supuestamente realizado por Felipe II al recibir la noticia de la derrota de su armada:

Yo envié mis naves a luchar contra los hombres, no contra las tempestades. Doy gracias a Dios de que me haya dejado recursos para soportar tal pérdida: y no creo importe mucho que nos hayan cortado las ramas con tal de que quede el árbol de donde han salido y puedan salir otras”.

Como el párrafo era demasiado largo, la cultura popular lo acortó y se quedó únicamente con la primera frase, que en la forma que todos conocemos se expresa de la siguiente manera: “No envié mis naves a luchar contra los elementos”.

Dejando para un análisis posterior la falsedad de la cita reproducida por Modesto Lafuente, el hecho de acortar tal párrafo induce dos errores que aún persisten en el ideario colectivo: el pensamiento de que sólo existiera una armada enviada por Felipe II contra Inglaterra, y que la causa última de la derrota fuera una tormenta.

Lafuente, con la frase que pone en la boca de Felipe II, pretende hacer un resumen de lo acontecido en este episodio histórico; y quería dejar claras dos cosas. Por un lado, la resignación cristiana del monarca ante los designios divinos, algo que cuadraba muy bien con la consideración casi beata de este monarca. Por otro lado, la existencia de otras armadas enviadas contra Inglaterra en los años posteriores. Lafuente conocía la existencia de otras empresas parecidas en 1596 y 1597 y deseaba dejarlo por escrito.

El acortamiento de la frase de Lafuente no es inocente y tenía como objetivo volver a reescribir la historia (lo que no deja de ser paradójico al tomar de base una interpretación inventada de ella). De la resignación cristiana pasamos a la explicación de la derrota por motivos impredecibles e incontrolables. El hecho que fuera una tormenta y no los ingleses los que derrotaran a la Armada dejaba a salvo la honra española.

Pero, como dijimos, el acortamiento no es inocente. Se produjo en 1898, cuando España perdió sus últimas colonias. El hundimiento de la Armada evocaba el reciente hundimiento de la flota española en Cuba e intentaba que tanto uno como otro parecieran dignos y honrosos.

Modesto Lafuente es uno de los principales creadores de la Historia de España que todos hemos aprendido en los libros. El problema es que en muchos pasajes históricos por él relatados, como en este que tratamos, su imaginación romántica primaba por delante de la veracidad de las fuentes.
En este caso, la frase que atribuye a Felipe II es totalmente falsa, pues en ningún momento la Armada Invencible fue derrotada por una tempestad. De hecho, tampoco podemos decir que fuera derrotada en sentido estricto.

El problema para estudiar los hechos relativos a la Armada Invencible reside en la tergiversación histórica que sufrió por parte de los contendientes. Por un lado, en el bando español, se hizo poco hincapié en la derrota, como solía ser habitual en la antigüedad con este tipo de acontecimientos negativos. Y cuando se hizo alguna mención fue desafortunada, como hemos visto.

Por parte inglesa la cosa no fue mejor. De hecho, las tergiversaciones de la historiografía inglesa han sido las que más éxito han tenido y las que perduran, de manera insidiosa, en el imaginario común. Entre las muchas falsedades que inculcaron los ingleses destaca la propia denominación de la Armada como Invencible. Este apodo fue esgrimido por los ingleses, a modo de burla, a posteriori. En España la armada fue denominada “Grande y Felicìsima armada”.

También seguían la costumbre, común en tiempos antiguos, de magnificar al rival vencido para hacer mayor su victoria. Relativo a esto está la falsa idea de la abrumante superioridad numérica de la armada española respecto a la inglesa (cuando en realidad apenas existían diferencias), o la repetida idea de que el combate fue una lucha entre los navíos ingleses rápidos y con cañones de largo alcance y los pesados navíos españoles fabricados para la lucha al abordaje. En este sentido se intentaba colocar esta batalla como una fecha clave en la evolución de los combates navales, siendo muestra de la derrota de las tácticas antiguas (representadas por la flota española) respecto a las novedades navales utilizadas por los ingleses. Hoy día, nadie sostiene tal cosa. Cada armada tenía sus armas para combatir a la contraria y ambas eran formidables enemigos. Víctor San Juan resume perfectamente los conceptos que abordamos:

Los barcos ingleses se mostraron más ágiles y maniobreros que los españoles, y su artillería, de mejor calidad, pero los galeones de la Armada Invencible fueron sólidos e imbatibles, estuvieron muy bien defendidos y nadie se atrevió a desafiarles a corta distancia salvo breves periodos de tiempo. Con el escaso porcentaje de acierto de la primitiva artillería de la época, la conclusión de los españoles fue que merecía la pena perseverar en la construcción de sólidos galeones, sobre todo, teniendo en cuenta que eran mucho mejores al abordaje, técnica que no hubo lugar a poner en práctica dadas las elusivas tácticas inglesas”.

La mentira más burda e importante que crearon los ingleses respecto a este episodio fue considerarlo como una batalla al uso. Primero tergiversaron el choque equiparándolo a Lepanto, auténtica batalla naval entre los colosos mediterráneos. Luego se erigieron vencedores de la batalla, a la que añadieron un desigual número de fuerzas.

Derrota de la armada invencible.  (1796) Philippe-Jacques de Loutherbourg


Lo cierto fue que no hubo tal batalla. La armada española no fue concebida para enfrentarse a la inglesa, no al menos del mismo modo que se concibió el combate de Lepanto contra los turcos. En cambio, la armada española tenía el objetivo de llegar sana y salva hasta los puertos de Calais o Gravelinas, donde embarcarían a las tropas de Flandes con el objetivo de transportarlas hasta Inglaterra.

Y el objetivo de la armada se cumplió, pues con apenas bajas llegaron a Calais sin que la armada inglesa, fabricada para frenarla, obtuviera los más mínimos resultados. La misión, no obstante, fracasó, debido a que no se pudieron embarcar a los Tercios de Flandes. Los holandeses habían ocupado todos los puertos de gran calado e impedían el traslado de tropas en barcazas. Dada la imposibilidad de embarcar a las tropas españolas, la misión no tenía sentido que continuase.

Fue tras la confirmación de la imposibilidad de embarcar las tropas cuando los ingleses se lo jugaron todo a una carta y realizaron el ataque final. La Armada española se dispersó y tuvo que volver a España bordeando las Islas Británicas. Fue en ese viaje de regreso tortuoso donde se hundieron varios barcos debido al mal tiempo. No obstante, su número no fue tan elevado como se piensa, cifrándolo José Luis Casado Soto en 35 navíos.

Por tanto, no hubo batalla al uso. No existió un enfrentamiento directo entre dos armadas dispuestas para tal fin. Hubo una armada cuyo objetivo era llegar a un punto de Flandes y otra cuya misión era evitar que llegara. La española cumplió su objetivo y la inglesa no pudo evitarlo. Luego, arrinconados en las proximidades de Gravelinas, existió un choque directo entre las armadas y los ingleses lograron dispersar a la armada española, pero ésta no sufrió bajas importantes. Su misión había fracasado antes de este desesperado ataque inglés.

La armada española hubiera triunfado si los Tercios de Flandes hubieran dominado algún puerto y hubieran podido embarcar. Y, por supuesto, fue la resistencia de los holandeses más que el buen hacer inglés lo que dio al traste tal operación. Las tormentas y otras inclemencias del tiempo no tuvieron nada que ver en el desenlace final de la operación y su incidencia en el conjunto de la flota, en el camino de vuelta, fue anecdótica. Existió una tormenta menor al final del enfrentamiento entre las armadas en Gravelinas, pero más que un problema fue una ventaja para los navíos españoles, pues les sacó más rápidamente de un enfrentamiento directo en el que no tenían nada que ganar.

Conocida desde hace tiempo la historia real de los acontecimientos, resulta chocante que en el imaginario común aún persistan las mentiras divulgadas inicialmente por la historiografía inglesa. Centrándonos en la española, que es la que más nos compete, debemos indicar que el hecho de atribuir una derrota a una tormenta inesperada es un cliché literario utilizado de forma repetitiva a lo largo de la historia.

En efecto, si analizamos diversos episodios de la antigüedad veremos casos parecidos. Son particularmente notorios los casos griegos y chinos. En la historia contada por los griegos antiguos, hasta en tres ocasiones una tormenta hundió a la flota persa. En el caso de los chinos, las referencias a episodios parecidos son aún más numerosas.

Los historiadores han llegado a la conclusión de que cuantos más episodios similares se repiten en la historia más probable es que sean relatos inventados. Puesto que existe una máxima muy clara: “la Historia nunca se repite”.

¿Porqué persisten estos errores en nuestra historia?. La verdad es que no persisten. Han sido superados hace mucho tiempo. El problema es que la historia popular está tan asentada que es muy difícil sustituirla o cambiarla. El canón histórico creado en los siglos anteriores sobre nuestra historia fue tan perfectamente ideado y enseñado que hoy día los críticos a la costumbre son tomados por falsos visionarios entre los profanos. Puesto que al público general le agrada mucho más creer un orden histórico fijo, aunque sea falso, que adentrarse en el mundo de la incertidumbre histórica. Es más sencillo que nos cuenten la historia como un relato novelístico, con sus anécdotas conocidas, que mostrarnos la cruda realidad de fluctuación de la historia pasada.

En este sentido, nuestra historia como país fue construida por un reducido número de historiadores. Ximénez de Rada ideó la historia de Castilla. Alfonso X ideó la historia de España. Juan de Mariana en el siglo XVI, Modesto Lafuente en el siglo XIX y Menéndez Pidal en el siglo XX la fueron actualizando y continuando, eliminando sistemáticamente todos los datos que no cuadraran con el relato histórico creado.

Ya a finales del siglo XX y en este siglo XXI los historiadores están revisando la historia tradicional y revisando sus puntos más conflictivos. La tarea no es sencilla, pues se enfrentan a dos poderosas fuerzas contrapuestas. Por un lado, el Estado Español, garante de la historia tradicional, no permite que las divergencias comprometan la esencia del país que llamamos España. Por otro lado, los estados autonómicos con identidades diferenciadas utilizan la historia como arma política para negar el discurso tradicional, pues negando la esencia española piensan que fortifican sus idiosincrasias localistas. Y para ello, no dudan en tergiversar aún más plausiblemente, el discurso histórico.

Valga como muestra lo siguiente. En el discurso histórico catalán los nacionalistas catalanes defienden que Felipe V les anuló sus libertades propias de una nación independiente. Por ello sus antepasados lucharon en la guerra de la independencia contra el centralismo que deseaba imponer el monarca francés. Y, por ello, su grito de guerra era ¡Muerte al Borbón!

Ese grito lo utilizan ahora para enfrentarse a la monarquía actual, en un anacronismo tan retrógrado como falsario. Pues lo que no cuentan los nacionalistas catalanes es que la frase está sibilinamente acortada, como le pasó al párrafo de Modesto Lafuente. Los catalanes se unieron al otro rival que pugnaba por lograr el trono español tras la muerte de Carlos II. Y la frase de marras era ¡Muerte al Borbón! ¡Arriba el Austria!

Por último, para terminar con el capítulo sobre la Armada Invencible, debo anotar que sabemos a ciencia cierta lo que dijo Felipe II tras enterarse del desastre de su armada. Lo dejó por escrito en una carta remitida a los obispos españoles, el 13 de octubre, para informarles de lo acontecido. Tras las explicaciones pertinentes concluye:

Debemos loar a Dios por cuanto Él ha querido que ocurriera así. Ahora le doy las gracias por la clemencia demostrada. Durante las tormentas que la Armada tuvo que soportar [en el viaje de vuelta], ésta hubiera podido correr peor suerte”.

Su opinión nos cuadra perfectamente con el pensamiento de la época. La victoria o derrota se atribuye a la Providencia divina y nuestro rey Felipe II da gracias por no tener mayores pérdidas de forma resignada. Nada indica que la tormenta fuera la causa de la derrota, como piensan la mayoría de las personas profanas en el tema.

De hecho, los ingleses también atribuyeron inicialmente su victoria a la Providencia Divina. En las monedas acuñadas para conmemorar tal empresa podíamos leer: “Flavit Jehovah et Dissipati Sunt” (Jehová sopló y los dispersó). No se trata de la explicación de la victoria inglesa sino de una metáfora, donde la fuerza del viento católico no puede derrumbar a la Iglesia anglicana, algo evidente si damos la vuelta a la moneda y vemos el dibujo que contiene.

No obstante, la tentación de atribuir la victoria a Drake, una vez mitificada su figura, era demasiado tentadora para dejarla pasar y por ello posteriormente se cambió el discurso, haciendo a este pirata el protagonista de la victoria inglesa. Un protagonismo realmente curioso, pues en 1589 una armada inglesa, capitaneada por Francis Drake y enviada a España para vengar el ataque del año pasado, fracasó estrepitosamente.

Supongo que estas son las ironías que encierra la historia. De otro modo, su estudio no sería tan interesante y apasionante.

FUENTES:

Lafuente, M.: Historia General de España. Tomo XIV. Universidad de Michigan. 2007.

Luján, N.: Cuento de cuentos: origen y aventura de ciertas palabras y frases proverbiales. Barcelona. Folio.1993.

Lynch, J.: Los Austrias. Barcelona. Crítica. 2000.

Murado, M.A.: La invención del pasado. Barcelona. Debate. 2013.

La Armada Invencible (1588). http://www.mgar.net/var/armada.htm





 

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