domingo, 2 de octubre de 2016

Los antiguos romanos tenían una buena higiene bucal



Hace unos días visité al dentista para realizarme una revisión rutinaria y me sorprendió enormemente que me hablara de un tema histórico. Él ignoraba que yo soy historiador, por lo que debió ser muy embarazoso encontrarse con alguien que le llevara la contraria.

El dentista me indicaba que la salud bucal de los antiguos romanos había sido excelente. Limpiaban sus dientes con mondadientes y fueron los primeros en inventar una pasta de dientes tal como la conocemos hoy día.
Sin duda ambas afirmaciones son ciertas, pero ello no implica que la población usara tales medidas higiénicas regularmente.

¿Quieres saber lo que las fuentes documentales y arqueológicas nos dicen al respecto?

En numerosas páginas de internet podréis encontrar diversos remedios utilizados por los romanos para combatir el mal olor bucal (halitosis) y mantener una dentadura saludable.

Toda esa información, con ser verídica, sólo nos muestra una cara de la moneda. Es similar a lo que ocurre con las casas romanas. Cualquier profano las identifica rápidamente con esas casas grandiosas de atrio, peristilo y dos pisos de habitaciones. Algún avispado también evocará las torres de viviendas (insulae) similares a nuestra edificaciones actuales. Pero a casi nadie se le ocurrirá pensar en las casas de una sola habitación, o en las entreplantas. Y estas últimas eran, en verdad, las casas de los millones de personas que habitaban el mundo romano de la antigüedad.

El mondadientes es un artilugio que debió ser utilizado por la humanidad desde sus más tiernos comienzos. Pues existen pocas cosas tan molestas como tener un resto de comida entre los dientes. Los romanos, por supuesto, utilizaron este tipo de artilugio de escasa tecnología y tenemos un ejemplo de su utilización en la obra del poeta Marcial, Epigramas, XIV 22: “el de lentisco es mejor, pero si no tienes un palillo de madera, una pluma puede escamondar tus dientes”.

Otra opinión al respecto la tenemos en la obra de Plinio el joven, quién nos indica que él usaba como mondadientes la púa del puercoespín y evitaba el cañón de la pluma de buitre, por producir mal aliento.

Y el lentisco indicado por Marcial no sólo era utilizado para tal fin. De este arbusto resinoso los romanos también obtenían una goma aromática, el mástique, que era masticada para combatir el mal aliento.

Respecto a la pasta de dientes, sabemos que otras culturas del Próximo Oriente, como los egipcios, utilizaban mezclas de productos que se aplicaban a los dientes a modo de dentífrico. Uno de los usados por los romanos se componía de conchas quemadas y trituradas (abrasivo) junto a una mezcla de miel, vino y plantas aromáticas.

Dioscórides Anazarbeo, médico militar en tiempos de Nerón, recomendaba limpiar los dientes con regularidad utilizando una pasta dental inventada por el médico Escribonius Largus, la cual incluía cristales machacados, vinagre, miel y sal.

Y también conocemos el uso de orina para evitar caries o blanquear los dientes. Muy apreciada para estos fines era la de Hispania, según deducimos del un poema de Cayo Valerio Catulo:

 “en el país de Celtiberia,                                                                                          lo que cada hombre mea, lo acostumbra utilizar para cepillar
sus dientes y sus rojas encías, cada mañana,
de modo que el hecho de que tus dientes están tan pulidos
solo muestra que estás más lleno de pis.”

Otro remedio utilizado por los romanos y reflejado por Marcial es el de las pastillas perfumadas, las cuales se utilizaban para mitigar la halitosis. En Epigramas I, 87 leemos: Para no apestar, Fescenia, al mucho vino de ayer, te tragas, refinada tú, pastillas perfumadas. Tal desayuno te cubre los dientes, pero no es impedimento cuando un eructo te sale del fondo de las tripas

Cuando las piezas dentales se encontraban en mal estado, los romanos también podían recurrir al uso de dentaduras postizas. Nuevamente, Marcial nos sirve un testimonio inigualable. Epigramas V, 43: “Tais tiene los dientes negros; Lecania, blancos. ¿Cuál es la razón? Ésta los tiene comprados, aquélla naturales.”

Escoger principalmente la obra de Marcial no es una casualidad. Este autor satírico recogió en sus epigramas numerosas citas referentes al mal aliento que poseían los romanos. Aunque existen varias citas os dejo las que me parecieron más graciosas:

¿Te admiras de que le huela mal la oreja a Mario? La culpa es tuya: le cuchicheas, Néstor, al oído.” (III, 28).

“Una tarta llevada un rato en torno de los convidados a la hora de los postres quemaba cruelmente las manos por su excesivo calor; pero la glotonería de Sabidio ardía más aún. En seguida, pues, sopló sobre ella tres o cuatro veces con todas sus fuerzas. La tarta se templó un poco y dejó de abrasar los dedos; pero nadie pudo tocarla: ¡era pura mierda!” (III, 17).

Eso de no pasar tu copa a nadie, lo haces por humanidad, Hormo, no por soberbia” (II, 15). Se refiere a que su mal aliento envenenaba la bebida. Era costumbre romana pasar la copa en la que se bebía tras brindar.

A unos les das besos y a otros les das, Póstumo, la mano. Me dices: “¿Qué prefieres? Elige”. —Prefiero la mano” (II, 21). El poeta nos indica, irónicamente, que teme el mal aliento de Póstumo.

Era un perfume lo que hasta hace un momento contenía este pequeño frasco de ónice; después de haberlo olido Pápilo, fijaos, es garum” (II, 94). Comparar el aliento de Pápilo con la salsa elaborada con pescado putrefacto nos da una idea del mal aliento del susodicho.

Tradicionalmente se había considerado la obra de Marcial, en cuanto a las citas sobre los malos olores bucales, como una licencia poética. Pero algunosos estudios arqueológicos recientes nos han hecho replantearnos tal consideración.

Pompeya, una de las antiguas ciudades romanas sepultadas por la erupción del Vesubio, es la protagonista del primer estudio al que me voy a referir. Bueno, en concreto, los verdaderos protagonistas son los cadáveres de sus habitantes, los cuales no fueron todos reducidos a cenizas (como se suele pensar).

Las conclusiones del estudio minucioso de Estelle Lazer sobre los huesos pompeyanos, lo que fue la base de su tesis doctoral, son esclarecedoras en este sentido.

Esta investigadora, en su obra Resurrecting Pompeii, nos ofrece varios puntos de vista novedosos que contradicen muchos de los pensamientos comúnmente aceptados sobre Pompeya.  

En lo que respecta a la salud dental de los antiguos romanos, Lazer descubrió que numerosas dentaduras presentaban un desgaste considerable, consecuencia de los restos de arena presente en el pan (provenientes de la piedra de molino utilizada para moler el trigo). También halló ejemplares afectados de caries y otros con grandes acumulaciones de placa, lo que suponemos generaría halitosis. También en su estudio se muestran casos de enfermedades en las encías y abscesos provocados por dientes con caries.

Por tanto, la arqueología parece haber demostrado que la salud bucal de los antiguos romanos (extrapolando los datos de Pompeya) no era tan buena como muchos investigadores dedujeron de la lectura de ciertas fuentes literarias.

Y lo anterior es lógico si tenemos en cuenta que el Imperio romano estaba formado, en su mayor parte, por población analfabeta. Los textos literarios eran escritos por y para una élite sumamente reducida, por lo que la muestra abundante de remedios caseros para combatir la halitosis o las enfermedades bucales debía estar en manos de una minoría muy acusada. De todos ellos, pocos serían los que los usarían regularmente, teniendo en cuenta las satíricas frases de Marcial.

Los datos anteriores parecen estar en consonancia con una segunda investigación más reciente. En ella se estudió la salud dental de un esqueleto perteneciente al sitio arqueológico de Dalheim (Alemania), cuya antigüedad rondaría el año 1100 a.C.
Fue realizada por las Universidades de Zurich, de Copenhague y de York y se trató, concretamente, de un estudio microbiológico de los cálculos dentales, los cuales aparecen en las piezas óseas debido a la mineralización de la placa bacteriana.

Placa dental fosilizada de un hombre medieval del sitio arqueológico de Dalheim, Alemania.


Según sus resultados, los antiguos alemanes medievales tenían unas cavidades bucales llenas de patógenos, lo que les provocaría frecuentes caries y enfermedades en las encías.

Por tanto, podemos concluir que, de forma general, la salud bucal de los romanos (y de sus descendientes medievales) dejaba mucho que desear.

Y si pudiéramos viajar en el tiempo y hablar con un romano cara a cara, lo primero que detectaríamos no sería su “refinado” latín, sino su aliento a garum abofeteándonos la nariz.

FUENTES:

Lazer, E.:  Resurrecting Pompeii. Routledge. 2009.

Marcial: Epigramas. Tenéis el texto completo aquí.

Warinner C, Rodrigues JFM, Vyas R, Trachsel C, Shved N, Grossmann J, Radini A, Hancock Y, Tito RY, Fiddyment S, Speller C, Hendy J, Charlton S, Luder HU, Salazar-Garcia DC, Eppler E, Seiler R, Hansen LH, Samaniego Castruita JA, Barkow-Oesterreicher S, Teoh KY, Kelstrup CD, Olsen JV, Nanni P, Kawai T, Willerslev E, von Mering C, Lewis Jr CM, Collins MJ, Gilbert MTP, Ruhli F, Cappellini E. “Pathogens and host immunity in the ancient human oral cavity”. Nat Genet 2014. doi:10.1038/ng.2906.


El mejor dentífrico de la antigua Roma era de Hispania. En la red: http://historiasdelahistoria.com/2012/12/16/el-mejor-dentifrico-de-la-antigua-roma-era-de-hispania

La higiene dental en las civilizaciones antiguas. En la red: http://saludescultura.com/higiene_dental.html



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