domingo, 18 de enero de 2015

La Tizona de el Cid se conserva en el Museo de Burgos



El 18 de enero de 2003 se declaró Bien de Interés Cultural (BIC) a la espada denominada Tizona, una de las cuales portó Rodrigo Díaz de Vivar, más conocido por su apodo, el Cid.

El BIC es una figura jurídica cuyo objetivo principal es proteger el patrimonio histórico español. En concreto, puede ser declarado un BIC cualquier objeto mueble e inmueble que pueda tener un interés artístico, histórico, arqueológico, científico, así como lugares con valores históricos o artísticos, tales como yacimientos arqueológicos o entornos naturales.

En esencia, este tipo de legislación permite poder conservar y proteger nuestro patrimonio histórico cultural. Además, un objeto catalogado como BIC pasa a ser de “domino público”, lo que significa que la administración es responsable de su conservación y protección.

Para que un objeto sea declarado un BIC necesita cumplir una serie se requisitos. Entre ellos se debe encuadrar en una de estas categorías: tener un valor histórico, artístico, tipológico, urbanístico, paisajístico o de identidad.

El problema de la Tizona es que no la podemos encuadrar en ninguna categoría, pues es una falsificación. ¿Qué gobierno declararía como BIC a una falsificación? Descubramos porqué Spain is different.


Existen ciertos nombres que nos han grabado a fuego en la escuela: ¿El caballo de Don Quijote? Rocinante. ¿El caballo de Alejandro Magno? Bucéfalo. ¿La espada del Rey Arturo? Excalibur. ¿La espada de el Cid? Tizona.

Los aprendemos como los números y las letras, sin preguntarnos muchas veces cual es la historia que esconden. Y en el caso que nos ocupa, puesto que se trata de un personaje histórico real, deducimos que se trata de un objeto de existencia real. Si encima vamos al Museo de Burgos y la vemos expuesta con todos los honores en una de las vitrinas principales, pues nuestra confianza en el objeto es máxima.

Tal vez, algún interesado en la Edad Media que conozca el armamento cristiano del siglo XI pueda desconfiar del aspecto de esta espada. Tipológicamente no se parece a las espadas que aparecen en los libros especializados sobre el tema.

Pero la explicación al respecto no puede ser más fácil; la empuñadura fue sustituida en los siglos anteriores. Respecto a la hoja, tenemos la inscripción de la misma “IO SOI TIZONA Q[ue] FUE FECHA [='fui hecha'] EN LA ERA DE MIL E QVARENTA [=año 1002]” y el estudio llevado a cabo por el profesor Criado en la Universidad Complutense de Madrid, cuyas conclusiones indican que fue forjada en el siglo XI.

Por último, esta espada es un BIC, por el que la Junta de Castilla y León pagó en el año 2007 1,6 millones de euros para poder exponerla en su museo burgalés junto a otros objetos relacionados con el personaje.

Todo lo anterior son pruebas suficientes que nos inducen a considerar esta espada como real. En ello nos amparamos en estudios científicos y en la supervisión gubernamental. Pero, ¿son suficientes estos órganos gubernamentales para garantizarnos que nuestro dinero está bien invertido?

Porque el problema de todo este asunto, al final, es una cuestión monetaria. Yo estoy encantado de que con el dinero de mis impuestos se mantenga y conserve desde la Cueva de Altamira a la Catedral de Burgos. Pero no estoy dispuesto a que con mi dinero se mantenga un objeto más falso que una moneda de 3 euros.

A pesar de todas las contramedidas impuestas por el gobierno, la comunidad científica conoce dos cosas ciertas sobre la Tizona: Resulta muy improbable que sea una espada del siglo XI y más aún, que sea la espada de el Cid.

A muchas personas les sorprenderá la afirmación anterior, pero no es mía. Este hecho se conoce desde hace varios años. Al igual que existen varias espadas nombradas como la Tizona de el Cid, o que no es la única espada que se puso en manos de el Cid. Descubramos un poco la intrahistoria de las espadas de Rodrigo Díaz de Vivar.

Según podemos leer en el Cantar de Mío Cid, nuestro héroe castellano tenía dos espadas cuya importancia hizo que tuvieran nombre propio. Una era la llamada Colada, cuya aparición está en la serie 58 del cantar:

Vençido a esta batalla el que en buena hora nasco;
al comde don Remont a preso le a tomado
hi gañó a Colada que más vale de mill marcos.”.

La Tizona, llamada Tizón hasta el siglo XVI, por su parte, aparece en la serie 118:

Mató a Búcar, al rey de allén el mar,
e ganó a Tizón que mill marcos d'oro val.
Vençió la batalla maravillosa e grant.
Aquís ondró mio Çid e quantos con elle están.

Las siguientes menciones de las armas las tenemos en la parte del cantar donde Rodrigo les entrega las espadas a los Infantes de Carrión en el momento de desposar a sus hijas. Luego, éstos, deben devolvérselas por la afrenta del robledal de Corpes, acabando en manos del sobrino de Rodrigo Pedro Bermúdez y de Martín Antolínez, encargados ambos de vengar la afrenta ante los infantes de Carrión.

La fuente del cantar no podemos tomarla como muy fidedigna por varios motivos. El más poderoso de todos es la composición del mismo cantar. Se trata de una obra narrativa que cuenta las gestas llevadas a cabo por un héroe épico. Y aunque el personaje es real, la mayoría de sus hazañas son totalmente inventadas. Se puede equiparar a los cantares épicos franceses, pero en este caso, al no existir elementos sobrenaturales en los hechos narrados, la confusión en su interpretación nos puede llevar a tomar como ciertos pasajes creados ficticiamente por el autor. Éste es anónimo y una de sus mayores destrezas fue mezclar realidad y ficción.

El Cantar del Mío Cid fue escrito hacia el año 1200. Es decir, más de un siglo después de morir el Cid. Su base principal es la historia oral, con todas las deformaciones que puede contener tras haber pasado por más de una generación de personas. A ello sumó información obtenida de la Historia Roderici y de documentos jurídicos para obtener datos sobre batallas reales o nombres de personajes. Con todo ello, teniendo una frágil base histórica, modificó, alteró e inventó hechos que pudieran casar mejor con la visión literaria que deseaba dar a la narración.

El Cid fue un personaje que existió realmente. Ello lo sabemos gracias a la Historia Roderici, al poema Carmen Campidoctoris y al mismo Cantar del Mío Cid. Además, en los documentos árabes de la época también encontramos referencias a este personaje, aunque lo tildan de kalb ala'du (perro enemigo), pues no le perdonaban la manera que tuvo de tomar Valencia.

Los historiadores se han preocupado durante años de analizar las fuentes y desentrañar lo que es la historia real del personaje de lo que fueron añadidos ficticios. Entre estos últimos los historiadores están seguros de que el juramento de Santa Gadea a Alfonso VI no existió, no tuvo el Cid que matar al padre de Jimena para obtener su mano, ni tampoco existieron los Infantes de Carrión ni la afrenta de Corpes.

En este sentido, nuestras espadas pueden estar en tela de juicio, pues forman parte importante de la parte de los Infantes de Carrión.

El único documento donde tenemos una referencia histórica a la Tizona es el documento Liber Feudorum, que dataría de la época de el Cid. Según nos cuenta este documento, Ramón Berenguer I, conde de Barcelona, entregó a Armengol I, conde de Urgel, una espada con ese nombre: Ipsam espadam cognominatan Tizonem. Pero este dato histórico no nos cuadra muy bien con el relato del Cantar, pues según leímos antes, el Cid le arrebató al conde de Barcelona don Remont (Berenguer Ramón II, el Fratricida) la espada llamada la Colada.

La Tizona, según los datos del Cantar, la obtuvo el Cid tras derrotar al rey Búcar de Marruecos. Pero los historiadores han confirmado la inexistencia de tal personaje realmente. Algunos lo identifican con Sir ibn Abu Bakr, un militar pariente del monarca almorávide Yusuf Ibn Texufin. Pero éste nunca lucho contra el Cid directamente, por lo que ni nuestro héroe castellano pudo matarle ni arrebatarle ninguna espada.

Por tanto, ante la falta de fuentes contemporáneas que nos confirmen la existencia de ambas espadas, los relatos de ellas insertos en el Cantar parecen mostrarnos más la invención literaria del autor que unos objetos reales.

Pero, aún así, existen físicamente hasta tres espadas que se identifican con las que aparecen en el Cantar de el Mío Cid, dos para la Tizona y una para la Colada. Dejando a un lado esta última, que merecería otro artículo exclusivo, vamos a centrarnos en las dos que dicen ser la Tizona.

Una se encuentra en la armería del Palacio Real. Parece ser que es la misma que aparecía en el inventario del Tesoro de los Reyes Católicos del Alcázar de Segovia, realizado en 1503. En la ficha descriptiva de esta pieza podemos leer: “una espada que se dize Tizona, que fue del Cid; tiene una canal por medio de amas partes, con unas letras doradas; tiene el puño e la cruz e la mançana de plata, e en ella castillos e leones de bulto [='en relieve'], e un leoncico dorado de cada parte de la cruz en medio; e tiene una vaina de cuero colorado, forrada de terciopelo verde”.

Tipológicamente, se trata de una típica espada medieval. Para los entendidos una tipo XII de la clasificación Oakeshott, con una hoja recta, de doble filo, terminada en punta y con acanaladura central. Tiene unos 85 cm de longitud y se usaba principalmente como elemento contundente de corte, aunque también podía servir para dar estocadas. La cronología de esta espada se sitúa a partir del siglo XII, por lo que resulta muy complicado que podamos equipararla con ninguna que utilizara el Cid, que vivió en el siglo anterior.

La otra Tizona, la expuesta en el Museo de Burgos, tiene su historia particular. Pertenecía al marqués de Falces, pues un antepasado suyo la obtuvo directamente del rey Fernando II de Aragón, el católico. Éste le regaló la espada al Condestable Mosén Pierres de Peralta (Pedro de Peralta y Ezpeleta), primer Conde de Santisteban de Lerín, Barón de Marcilla y abuelo del primer marqués de Falces. Parce ser que este personaje obtuvo la espada en cuestión como premio a unas buenas negociaciones. Pudo ser por llevar a buen término el matrimonio de Fernando con Isabel de Castilla o por la incorporación de Navarra.

A su vez, Fernando II de Aragón la había obtenido a través de una cadena iniciada con las hijas de el Cid, doña Elvira y doña Sol, casadas con nobles catalanes. Resultaría una historia creíble si no fuera porque el Cid no tuvo ninguna hija con esos nombres. Tuvo un hijo, Diego Rodríguez, que murió en la Batalla de Consuegra. Y de sus hijas poco sabemos. Se suele indicar que se llamaban María y Cristina. En relación con la Tizona, interesa el supuesto matrimonio entre María y el conde de Barcelona Ramón Berenguer III. También se la asoció en matrimonio a Pedro de Aragón, defendido este enlace por Ubieto, en 1973, en base a unos datos algo confusos de la Primera crónica general. En 2011, Alberto Montaner Frutos quitó toda fiabilidad a esa fuente histórica, en lo que al matrimonio se refiere, por lo que difícilmente podemos asegurar que existiera tal enlace. Como vemos, poco podemos afirmar como cierto sobre María.

Hasta hace muy pocos años la espada en cuestión permaneció en poder de los marqueses de Falces, conservada en el castillo palacio de Marcilla. Más tarde pasó al Museo del Ejército de Madrid, para terminar, como ya hemos dicho, en el Museo de Burgos.

La descripción de la espada era la siguiente: Con empuñadura de hierro totalmente negro, hoja de dos filos, delgada, tersa, y flexible.

Un análisis tipológico somero nos hace dudar de su autenticidad con sólo mirarla, pues la guarnición, “de pomo plano, con puño largo y cónico, forrado de alambre de hierro, arriaz curvo y patillas con pitones”, nos remite a unos modelos típicos de finales del siglo XV. No obstante, la guarnición podría haber sido un añadido posterior que se incorporó a la hoja con el objetivo de conservarla en mejores condiciones.

Respecto a la hoja, sus datos son los siguientes: tiene una longitud de 933 mm (785 mm de hoja) y un ancho máximo de 43 mm. Posee una acanaladura central de 336 mm, en donde aparecen grabadas dos leyendas. Por un lado podemos leer: “IO SOI TIZONA Q[ue] FUE FECHA ['fui hecha'] EN LA ERA DE MIL E QVARENTA [año 1002]”, mientras que por el otro leemos: “AVE MARIA GRATIA PLENA DOMINUS MECUM”.

Ya Menéndez Pidal, uno de los historiadores más devotos de la figura de el Cid, afirmó que la hoja debía ser falsa debido a la inscripción que portaba. Ello se debía a que la palabra Tizona no se usó hasta el siglo XIV, como sustitución de la palabra Tizón, utilizada en las fuentes antiguas. Además, la espada no podía ser contemporánea de el Cid debido a las dimensiones que tenía, mucho más pequeñas que las típicas usadas en época medieval. Por todo ello Pidal dató esta falsificación en el siglo XVI.

Y, en efecto, se trata de una falsificación. No es una espada cualquiera que se atribuyó a el Cid sin fundamento alguno. Se trata de una espada fabricada en el siglo XVI con la intención de recrear un objeto histórico. Para ello, el autor copió uno de los diseños de espada más antiguos que conocía. Lamentablemente, se quedó bastante corto en su copia.

La inscripción también tiene su intrahistoria. Se suele decir que data de la misma época de cuando se añadió la guarnición, pero ello no nos cuadra demasiado con el concepto de “era hispánica”. Hasta el siglo XIV, el calendario hispánico estaba adelantado 38 años respecto al utilizado en Europa. Por tanto, cuando leemos era de 1040, debemos entender que se trata del año 1002. Ahora bien, si la inscripción se hizo en el siglo XV o XVI el grabador debió confundirse al colocar la fecha. O las inscripciones son anteriores al añadido de la guarnición. ¿Podría ser la hoja verdaderamente la Tizona?

Para descubrir su verdadera antigüedad la Universidad Complutense realizó un estudio científico de la hoja. Un equipo de investigación de la Facultad de Ciencias Químicas, encabezado por Antonio Criado, concluyó que la hoja de la espada databa del siglo XI y que su construcción era peninsular, cordobesa para más exactitud.

El estudio nos indicaba también su método de fabricación: “Su núcleo es de un hierro extraordinario y que, a partir de él, el maestro herrero de la época lo horneó por encima de los 1.000 grados centígrados con algunos elementos carbónicos, quizá pieles de animales, vegetales y carbonato de bario. El resultado es una espada muy ligera (1.115 gramos), flexible y a la vez tenaz: se la puede doblar, pero cualquiera que intentara partirla lo encontraría casi imposible.”

No obstante, Criado nos ofrece una frase muy interesante: “Aunque nadie puede asegurar que el Cid empuñara esta espada, lo cierto es que la Tizona data de aquellos años. La debieron fraguar hacia el 1000 o el 1010, y el Campeador nació en torno al 1043.

Es decir, aunque se confirmaba la fecha, el científico tenía, al menos, la vergüenza torera de admitir que nadie podía asegurar que esa espada fuera la que decían ser.

La datación cronológica de la espada en época de el Cid dejaba abierta la puerta a la posible verosimilitud de que esta espada fuera la Tizona auténtica. Pero este estudio tuvo muy pronto un grave problema científico. Nadie pudo reproducir los resultados obtenidos por el equipo del profesor Criado.

Ante la propuesta de venta de la espada por su propietario al Estado, el Ministerio de Cultura pidió cuatro informes técnicos, realizados por el Patrimonio Nacional, el Museo Arqueológico, la Real Academia de la Historia y el experto historiador medievalista José Godoy (al frente del equipo del Museo de Armas de Ginebra). Ninguno de ellos pudo asegurar que esta espada hubiera pertenecido a el Cid. Es más, la espada, afirmaban categóricamente, no fue fabricada en el siglo XI, sino como pronto en el siglo XV o XVI. El Museo Arqueológico concluyó que se trataba de una “falsa reliquia”.

Aún así, por un objeto totalmente falso, la Junta de Castilla y León pagó 1,6 millones de Euros para adquirirla, pues según la consejera de Cultura de Castilla y León, la pieza tenía una “tradición histórica” que le daba un valor propio.

Como bien indicó al respecto Miguel-Anxo Murado, “la historia nacional es una fe que requiere de reliquias. Aunque los especialistas sabían la verdad, nadie expresaba sus dudas en los medios, por las mismas razones por las que los religiosos cultos de la Edad Media no expresaban las suyas sobre los huesos de los santos. Se entendía que era la forma, mala pero necesaria, de apuntalar un discurso (religioso en un caso, patriótico en el otro) entre personas que no leían”.

Por tanto, como conclusiones finales podemos decir lo siguiente sobre la Tizona expuesta en el Museo de Burgos:

-         La espada en cuestión no pudo ser esgrimida por el Cid en ningún caso, pues su fabricación es bastante posterior a la cronología de este personaje histórico. Diversos estudios científicos confirman la cronología moderna de la supuesta Tizona del Museo de Burgos.

-         Es evidente que el Cid debió luchar con numerosas espadas, algo lógico tratándose de un afamado guerrero. Y que preferiría seguir luchando con sus habituales que con las logradas como botín de guerra. Éstas, como es de suponer, serían regaladas o vendidas.

-         El hecho de ser un objeto que pasó por distintas manos a lo largo de la historia pone en duda su verdadero origen. Como muchas supuestas reliquias religiosas, las falsificaciones con objetivos económicos fueron muy habituales en la antigüedad.

-         La misma historicidad de la espada está puesta en duda, pues el Cantar del Mio Cid, único lugar donde aparece, no puede tomarse como una fuente histórica fiable. Debemos tener en cuenta que el autor confundió los nombres de las hijas de el Cid, por lo que respecto a las espadas es posible que confundiera la tipología o método de fabricación (espadas tizonas, espadas ginetas…) con un nombre propio. Por tanto, es más plausible pensar que las espadas de el Cid pertenecen más al ámbito de la leyenda que al de la realidad histórica.



Fuentes:

·        Murado, Miguel-Anxo: La invención del pasado: Verdad y ficción en la Historia de España. Debate.



·        Bien de Interés Cultural. http://es.wikipedia.org/wiki/Bien_de_Inter%C3%A9s_Cultural

·        La Tizona. http://es.wikipedia.org/wiki/Tizona

·        La "Tizona" gana su última batalla. http://elpais.com/diario/1998/03/19/madrid/890310270_850215.html


·        La Tizona: un 'falso histórico'. http://www.elsiglodeuropa.es/siglo/historico/2007/744/744Aguilar.html






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